Claudia y las flores

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Foto: Armando Conteras

De todas las poesías que leyó, se aprendió y recita, lo único que Claudia no entiende es por qué los poetas siempre ponen una sola flor en las manos de los niños que las regalan a Martí por las mañanas.

«Yo nunca me conformo», dice. «Mientras voy por los trillos, loma arriba y loma abajo, voy escogiendo flores de todos los colores y tamaños. Y cuando ya no me caben en las manos, voy cambiando las chiquiticas, o las más claras, o a las que se les secó el rocío».

Claudia llevó este lunes la primera poesía del nuevo curso escolar, esos versos de colores que van todos los días en la pucha de sus manos para el busto del Apóstol.

Empezó cuarto, su sonrisa es tan amplia como el amanecer de aquellas montañas orientales, y en la mañana de ayer sacó de su ramito una mariposa blanca para la muchacha –casi niña– que esperaba al grupito de pequeños en el portillo de almendros: «“Seño”, la extrañé».

Claudia conoce las piedras del camino entre la casa y la escuela, y la ruta serpenteante que saltará de una en una si llovió la noche anterior. Va feliz con los tenis rojos, del color de la falda, y feliz con la mochila de princesas que el papá también compró con los dineros de la última cosecha del café.

Este lunes de septiembre Claudia vino con mamá, que no se pierde nunca el primer día. Pero aclara que mañana viene sola. Total, la casita está cerca, a un par de subiditas y un «caña’o», y cuando cruza el arroyo siempre coincide con Guichín, y vienen juntos.

Dice que la escuelita se parece a su casa, que es del mismo tamaño, y con muchas cosas dentro; pero en su cuarto son juguetes, y en el aula cosas para aprender. «Igual. Allá mi hermana y yo tocamos a 12 juguetes por cabeza, y aquí, entre los seis pioneros, tocamos más o menos igual. Claro, todos quieren ser primeros en la computadora. Menos mal que el televisor sí es para todo el mundo a la misma vez».

Este lunes, en la Sierra Maestra, Claudia era feliz. Sonreía en la pequeña formación, sonreía cuando cantaron el Himno entre seis, sonreía cuando entró diciendo adiós a la mamá, y aún se le adivinaba la sonrisa ya sentada atendiendo, cerquita de la ventana.

Antes de entrar confesó que no se imaginaba el alboroto en esas plazas escolares de la ciudad, repletas de niños, que ponen en el televisor. Le preocupa que no alcancen los cachumbambés en el receso, pero que es bonito que todos tengan sus uniformes, igual que el de ella, y mochilas de princesas y carritos como la de ella, y lápices y libros y libretas nuevos parecidos a los de ella.

«De todos modos son bastantes», recalcó; que a lo mejor por eso, por ser tantos, no alcanzaban las flores para todos; que seguro los poetas eran de esa ciudad; que escriben así porque no tuvieron nunca, en el camino de su escuela, las flores que los niños de las lomas sí tienen para escoger, para hacer todos los días el ramito de colores que ella pone en el busto de Martí.

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