El primer gran plan injerencista y subversivo de la CIA en la región

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Casi todas las versiones sobre el golpe de Estado de Batista el 10 de marzo de 1952 coinciden en señalar que en la medianoche del día 9, mientras el presidente Carlos Prío Socarrás dormía en su finca de La Chata, el artífice personal del fatídico cuartelazo salía desde su finca de Kukine en uno de los grandes automóviles Buick rumbo a la mayor fortaleza militar de Cuba, ubicada en el campamento de Columbia, en el municipio habanero de Marianao.

Esto se sabe, pero hay algunos detalles de aquella terrible humillación que son desconocidos por muchas personas, particularmente jóvenes, como el hecho de que el Presidente desalojado por la fuerza del poder en un dos por tres, se enteró del insólito asunto de manera casual y curiosa, para empezar por un simple ejemplo ignorado.

A las 2:45 del sorpresivo madrugonazo, la esposa del general Ruperto Cabrera, jefe del Estado Mayor del Ejército, llama a su hija y le dice que su padre acaba de ser arrestado a punta de pistola. La muchacha llama enseguida a su novio y él al Palacio Presidencial, desde donde se le da a Prío la tremenda noticia.

Este, más temprano que tarde, sin enviarle armas a la Federación Estudiantil Universitaria de la Universidad de La Habana, como le pidió el dirigente juvenil Álvaro Barba para combatir la asonada que hería a la Constitución y a los cubanos (pese a confesarle que ellos han mantenido una oposición a su régimen), fue a parar a la Embajada de México.

Qué había detrás del golpe

Numerosos antecedentes históricos condicionaron o fueron parte de las causas del golpe batistiano tristemente célebre, pero uno de los principales se resume en las contradicciones de Estados Unidos precisamente con el presidente Carlos Prío Socarrás.

En 1950, por el conflicto bélico con Corea, Estados Unidos pone en pie de guerra su industria militar y decide reactivar la producción de níquel en el noreste de Cuba, en las minas de Nicaro, paralizadas tras concluir la Segunda Guerra Mundial. Las plantas e instalaciones eran entonces propiedades estadounidenses y se convoca a una subasta para su arrendamiento y puesta en marcha.

Luego de la autoeliminación de una empresa holandesa, dos grandes monopolios de ese sector se ganaron el derecho a operar de inmediato esas minas: la poderosa American Smelting y la Freeport Sulphur, la primera con intereses de Rockefeller, Morgan y Guggenheim, y la segunda del National City Bank.

Prío y algunos de sus ministros formaron un «grupo cubano» para participar en el gran negocio y solicitaron por lo menos el 20 por ciento de la ganancia esperada, o de lo contrario impedirían la reapertura de las operaciones en Nicaro. Pero Estados Unidos rechazó la exigencia y les comunicó que ya tenían contratado el 50 por ciento con las dos firmas mencionadas y no aceptaban el ingreso de ningún otro socio y mucho menos de accionistas con apellidos de la Mayor de las Antillas.

No obstante, el Presidente de Cuba no se amilanó y se remitió a su homólogo de Norteamérica, Harry Truman, quien recibió en nombre del grupo de la Isla al embajador en La Habana, Robert Butler, quien, como era lógico pensar, pertenecía a la plantilla del «grupo cubano».

Seguramente el esfuerzo de Prío por enviar tropas cubanas a pelear en Corea, y el pacto militar firmado poco después con Estados Unidos, estuvieron vinculados a sus gestiones de alto nivel tratando de alcanzar alguna «migajita» en aquel negocio del níquel.

Tales tratos, supuestamente «secretos», dieron nuevos motivos a ciertos escándalos de la prensa, y en la revista Fortune de abril de 1952 —unas semanas después del golpe batistiano— se publicó un amplio reportaje sobre aquellas incidencias que rodearon a la reapertura de las minas de Nicaro.

El papel del Presidente de facto —consciente de lo que hacía— fue actuar como instrumento, dócil o no, de aquel deplorable plan anticubano y proimperialista, en realidad un desvergonzado desparpajo tropical. Su tarea era, ya en el poder, empezar a aplicar el programa económico del Gobierno, diseñado por los grupos financieros de Wall Street y por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) yanqui.

La sede diplomática norteamericana en La Habana se conectó enseguida con su Gobierno y acudió a la indiscutible experiencia en fraudes y maniobras bajo cuerda de todo tipo de dos personajes insoslayables de esta macabra historia: John y Allen Dulles, el primero a punto de ser el Secretario de Estado, y el segundo casi al ser nombrado Director de la CIA, ambos con enormes intereses en Wall Street a partir de una poderosa firma jurídico-financiera: la Sullivan Cromwell.

Entre ellos, con el visto bueno de la CIA, se cocinó sacar a Prío del home y poner de emergente a Batista, que tal vez no saldría presidente de nuevo y tenía muy buenas relaciones militares en la Isla. Al parecer dijeron que era el personaje ideal para el golpe de Estado y que solo tenían que hablar con él, con el apoyo de especialistas de las operaciones encubiertas y poner la pérfida maniobra en marcha.

Sobre cómo, cuándo y dónde la CIA y los hermanos Dulles llevaron a cabo sus contactos secretos con Fulgencio Batista para desatar aquel golpe bajo al pueblo cubano, que no se merecía semejante ultraje, no sabemos. Pero el diálogo tiene que haber tenido lugar y el ignominioso suceso continúa siendo hoy una sucia mancha en el expediente de nuestra historia.

Pero sí sabemos —a 68 años de la maldad aquella— que se organizó por la CIA, creada cinco años antes, con lo cual (según el libro consultado) esa agencia tenebrosa yanqui ejecutó sin ningún escrúpulo la primera, más importante y desgraciadamente exitosa operación injerencista y subversiva en América Latina y el Caribe hasta ese momento, pues otras fechorías aún peores vendrían después.

 

Fuente: Historia y testimonio de una época, Oscar Pino Santos. (En el que se habla de la forma en que se produjo el golpe y las manos de Wall Street y la CIA en este). Editorial Nuestro Tiempo, S.A., México, D.F., 1997, p.p. 139-146. Avenida Universidad 771-103 y 104. ISBN 968-427-206-5.

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