A los 110 años de edad, el cubano Antonio Rodríguez Cruz sube y baja escaleras en el hogar de ancianos Lidia Doce, de Bayamo, capital de la provincia de Granma; dice que no le falta nada, y cuenta historias singulares de un hombre de bien.

Nació en el reparto Ojeda, de  esta ciudad, el dos de mayo de 1905; vivió la mayor parte del tiempo en áreas rurales de los actuales municipios de Bayamo y Buey Arriba, y solamente tuvo un hijo, ya fallecido.

Está entre los más longevos de Cuba, donde los centenarios pasan de mil 500, liderados por Petronila Ernat Vázquez, quien vive en la provincia de Las Tunas y ya cumplió 113.

El secreto de la larga vida de Antonio ha sido, según explica, trabajar mucho, ayudar a los demás, y no preocuparse demasiado por el dinero u otros bienes materiales.

Desde pequeño regalaba, a niños pobres, ropas y zapatos recién comprados para él, recuerda feliz.

Agrega que, cuando tenía alrededor de 25 años, ganó un premio de mil pesos en la lotería nacional; juró dedicar la mitad a personas necesitadas, y así lo hizo.

Opina, sin rodeos, que el dinero es enemigo del ser humano, cuando se le concede excesiva importancia.

En realidad, señala, lo importante es la humanidad; porque el dinero se acaba, y hay veces que hasta te lleva a la tumba.

No olvida que, en Humilladero, comunidad rural de Bayamo, los vecinos reunieron 500 pesos y una granja pecuaria le regaló un cerdo de 80 libras, todo ello para festejar su centenario.

Lleva alrededor de una década en el hogar de ancianos Lidia Doce, cuyas escaleras anda y desanda, apoyado en un bastón.

Todavía no ha perdido la costumbre de hacer el bien, y por eso, dice tajante, aquí tiene lo que necesite.

Para algunos abuelos compra tabacos y cigarros, a otros les regala dulces y frutas, y no faltan los recorridos para ver cómo amanecieron los enfermos.

Mayelín Figueredo Vázquez, de 37 años, es licenciada en tecnologías de la salud, fue vecina de Antonio en la comunidad rural bayamesa de Humilladero, y con frecuencia lo visita en el hogar de ancianos.

 
 
 

Lo quiero como un abuelo, un padre y un amigo, afirma sonriente.

Cuando el hogar de ancianos lo autoriza a salir, una hermana mía lo viene a buscar, él se pasa todo el tiempo en mi casa, y el vecindario se moviliza pasa saludarlo, conversar, y regalarle los alimentos que le gustan, cuenta Mayelín.

Antonio piensa que el trabajo es fuente de vida, y no mata.

Cuando trabaja, relata, en vez tomar ron, cogía tres huevos de gallina criolla, hacía un ponche y ese era el desayuno.

Ahora, repite, no tiene problemas, y lo atienden tanto que cada día decide lo que desea comer.

Agradable de veras es la despedida de Antonio Rodríguez Cruz: “Almuerzo, bien, como bien, duermo bien, camino mucho; no tengo queja de nadie, todo el mundo me cuida, todo el mundo me quiere”.

 
Comparte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

11 − 7 =