Liderada por Fidel Castro, la guerra que traería la definitiva liberación de Cuba se reinició el 26 de julio de 1953, con ataques simultáneos a los cuarteles Guillermo Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, ambos en el oriente de la Isla.

La acción en la actual capital de la provincia de Granma, pretendía situar las avanzadas del levantamiento armado en las riberas del río Cauto, el más largo del país, e impedir que fuerzas acantonadas en Holguín y Manzanillo pudieran acudir a la capital oriental.

El plan en la Ciudad Monumento Nacional consistía en tomar el cuartel, la Estación de la Policía Nacional y la emisora de radio, asegurar la protección de los bancos y destruir puentes cercanos a la urbe.

Según recientes precisiones, participaron 20 jóvenes, dirigidos por Raúl Martínez Ararás (jefe del grupo), Antonio \»Ñico\» López, Gerardo Pérez-Puelles, Orlando Castro y Pedro Celestino Aguilera.

Falló el intento de sorprender al enemigo, debido a lo cual los atacantes se vieron obligados a enfrentar un superior volumen de fuego.

No existe precisión acerca del tiempo que duró el tiroteo, pero al considerar fracasada la acción, se dio orden de retirada y los revolucionarios comenzaron la dispersión.

Fue herido Pérez-Puelles y la tiranía asesinó a José Testa Zaragoza, Rafael Freyre Torres, Lázaro Hernández Arroyo, Pablo Agüero Guedes, Hugo Camejo Valdés, Pedro Véliz Hernández, Rolando San Román de las Llanas, Ángelo Guerra Díaz, Mario Martínez Ararás y Luciano González Camejo.

La mayor parte de los asaltantes salvó la vida con ayuda humanitaria y valiente de personas de Bayamo y otros lugares del hoy territorio de Granma.

Casi milagrosa resultó la historia de Andrés García Díaz, cuando criminales uniformados dejaron su cuerpo, creyéndolo muerto, junto a los cadáveres de Hugo Camejo y Pedro Véliz.

Por eso pudo alejarse del lugar, recibir ayuda y presentar un testimonio impactante en el juicio posterior a los hechos.

Como empresa militar, la acción del 26 de julio de 1953 fracasó, pero políticamente dejó un buen saldo, porque reinició la lucha armada como vía para conquistar la libertad, dio pie a la organización que encabezaría la contienda y sentó condiciones para la victoria.

Bayamo, la ciudad cuyos hijos lideraron en el siglo XIX el primer estallido independentista del país, volvía a ubicarse en la vanguardia de los deberes patrios.

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