Foto: Luis Carlos Palacios Leyva, La Demajagua
Foto: Luis Carlos Palacios Leyva, La Demajagua

Contaba con más de dos millones de escudos, grandes extensiones de tierra y otras riquezas incalculables y, sin embargo, en aquel año volcánico para Cuba (1868) se fue a la guerra.

No me refiero a otro que a Francisco Antonio Vicente Aguilera, aquel bayamés de finos modales, nacido el 23 de junio de 1821, poco estudiado por pasadas y actuales generaciones, que lo dejó todo para tratar de conquistar la espiritualidad de la nación.

Murió pobre y casi congelado por el frío de Nueva York, con los zapatos agujereados y con frustración en el alma por no poder retornar a Cuba.

A él debemos ir una y otra vez y no solo en la cercanía de sus “cumpleaños cerrados” porque fue, innegablemente, de los grandes.

CAUDAL INMENSO

Se ha escrito que Aguilera poseía más de tres millones de escudos y unas 10 mil caballerías, además de centenares de esclavos. Sumemos algunos comercios entre Bayamo y Manzanillo, varias casas, miles de cabezas de ganado, centenares de caballos de distintos tipos, una panadería, una confitería y otras propiedades dispersas por todo el valle del Cauto hasta el sur de Las Tunas.

Sin embargo, Ludín Fonseca, historiador de la ciudad de Bayamo y autor del libro “Francisco Vicente Aguilera. Proyecto modernizador en el valle del Cauto”, señala sobre las primeras cifras que el patriota poseía en realidad unos dos millones 700 000 pesos y 4136. 50 caballerías entre fincas, potreros, ingenios azucareros, un cafetal, haciendas y otras extensiones de tierra.

Sobre la cantidad de sus esclavos, la investigadora bayamesa Idelmis Mari apunta que aunque «ascendió a centenares no ocupaban un lugar preponderante en el monto de las propiedades pues los ingenios, rama donde eran mayormente empleados, laboraban 191 en Santa Gertrudis, 87 en Jucaibama y 14 en Santa Isabel».

Pero lo primero es reconocer su conducta de que pasma a muchos en estos tiempos modernos. No pasemos por alto que él tuvo 11 hijos -10 de ellos con la santiaguera Ana Kindelán Griñán, también acaudalada y con se había casado en 1848 – y que la guerra liberadora contra España implicaba dejar las comodidades, irse a la manigua y exponer a los suyos al monte o al exilio.

El Apóstol, José Martí, con su pluma llameante lo llamó en el periódico Patria, el 16 de abril de 1892, nada más y nada menos que como “el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república”.

Estas afirmación de alguien como el Maestro no es gratuita Aguilera, acaso en el pasaje más conocido de su vida y que lo inmortalizó como revolucionario, fue capaz de decir cuando le consultaron sobre la decisión de quemar la ciudad de Bayamo, donde estaban algunas de sus propiedades domésticas: “Nada tengo mientras no tenga patria”.

JEFE Y SOLDADO

En una época en la que eran comunes las divisiones, las pujas y las intrigas, muchos no pudieron entender otra de las decisiones de Aguilera: reconocer a Carlos Manuel de Céspedes como el líder de la Revolución.

Y es que Pancho Aguilera había sido en realidad el fundador y cabeza de la primera Junta Revolucionaria de Oriente, creada en agosto de 1867. Un año después los conspiradores revolucionarios de esta región de Cuba lo reconocen como el jefe máximo del movimiento.

Así, después del alzamiento de La Demajagua, algunos les van con chismes mal intencionados y le deslizan la posibilidad de que se haga cargo de la jefatura independentista.

Pero era obvio que al hacendado le interesaba más la redención de la nación que la jerarquía personal; por eso, al adelantarse súbitamente la fecha del levantamiento y al asumir Céspedes el liderazgo de la contienda, se puso al servicio del Iniciador desde su hacienda en Cabaniguán, en Las Tunas.

“Con una tropa compuesta por sus mayorales, empleados y esclavos, a los cuales les había concedido la libertad, marchó rumbo hacia Bayamo con el objetivo de reforzar a los cubanos en el ataque a esa ciudad, el 18 de octubre”, escribió al respecto el investigador Raúl Rodríguez La O.

Ese proceder con humildad le valió para que en ese propio mes Céspedes lo nombrara General de División. Tiempo después se le confieren por sus méritos el grado de Mayor General y luego los cargos de Lugarteniente General de Oriente, Secretario de Guerra y Vicepresidente de la República en Armas.

Con ese alto cargo partió a Estados Unidos en 1871, país en el que debía de zanjar las diferencias irreconciliables entre dos facciones de emigrados cubanos que decían apoyar la Revolución.

Tras la absurda deposición de Céspedes en 1873, Pancho Aguilera hubiera asumido la presidencia de la República; pero cuando le comunicaron esa posibilidad señaló que no retornaría a la patria hasta que no trajera una gran expedición de armas, algo por lo que luchó con su alma.

Los hechos lo prueban: en el primer semestre de 1875 salió hacia Cuba como líder de la expedición del vapor Charles Millar pero infinidad de problemas en la navegación hicieron retornar el barco a Nueva York.

Unos días después del fracaso de su “aventura” organizó un nuevo viaje en el vapor E.B. Warton. Así llegó el 9 de junio a Las Bahamas, desde donde pretendía vencer el tramo hasta Cuba en bote con otros expedicionarios; mas nuevamente la fatalidad sobrevino porque se extraviaron en la cayería del norte de Camagüey. Tomaron entonces una nave con destino a Las Bahamas.

Como si eso fuera poco en 1876 se alistó en otra expedición en el vapor Anna, pero una avería en la caldera antes de abordarlo lo hizo desistir de sus planes. No le quedaba mucho tiempo de vida porque menos de un años después, el 22 de febrero de 1877, falleció en Nueva York, víctima de un cáncer en la laringe.

UN MAUSOLEO

Los restos de Aguilera reposan en Bayamo desde 1910. Sin embargo, es tan compleja la historia sobre el traslado de sus restos mortales a la patria y los consiguientes enterramientos que bien valen otras líneas.

Incluso, fueron sustraídos del cementerio de San Juan para que no se trasladaran a la necrópolis santiaguera de Santa Ifigenia. Este capítulo y otros involucraron a miles de bayameses, defensores de su patricio y de la cuna de este hombre que fue bachiller en leyes y ocupó diversos cargos públicos antes de lanzarse a la manigua redentora.

En 1958 fue inaugurado el mausoleo en homenaje al mártir, en cuya base reposan sus restos. Cerca de él se levantan las figuras de otros bayameses ilustres por lo que el conjunto monumentario se llama Retablo de los Héroes.

Desde ese lugar parecen trepidar las palabras que le enviara a su compatriota José María Izaguirre: “El día que tengamos Patria no tocaremos las ruinas de nuestro viejo Bayamo, las conservaremos tal y como están, que nuestros descendientes vean de lo que eran capaces sus abuelos”.

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