No parece correcto hablar del extraordinario significado del levantamiento de La Demajagua sin hacer referencias a lo acontecido un día después, el 11 de octubre de 1868.

En esa fecha, en Palmas Altas (hoy territorio del municipio de Manzanillo) el iniciador de las gestas libertarias en Cuba, Carlos Manuel de Céspedes, termina de traspasar el futuro cuando redacta el decreto de emancipación de los esclavos que «se incorporan a la columna en marcha». Él y sus subordinados en la naciente guerra se dirigían hacia Yara, donde se produciría el primer combate contra la metrópoli española.

Ahora, al releer  ese documento, podemos interpretar que otros hacendados y propietarios, imitando al bayamés, soltaron las cadenas de sus esclavos y como compañeros los incorporaron a la lucha.

Por cierto, es preciso hoy  realizar un repaso crítico de ese primer choque, que desembocó en la derrota para el flamante Ejército Libertador. Ansiosos de dar un buen golpe, de sacudir aún más la nación, los revolucionarios se fueron hasta el mencionado poblado, al que llegaron de noche, después de conocer las extremas medidas de seguridad tomadas por los españoles en Manzanillo.

Estaban mojados por la lluvia, «transidos de frío y rendidos de fatigas», como escribiera el segundo de Céspedes, Bartolomé Masó, aunque pidiendo a gritos «cargar al machete sobre el enemigo» y quemar «sus atrincheramientos si fuera preciso».

Querían cumplir a toda costa lo que habían jurado un día antes en el ingenio La Demajagua, pero la inexperiencia y la falta de pertrechos los aniquilaba.

Así, sin organización ni un plan bien elaborado, atacaron el pueblo y fácilmente fueron repelidos con una balacera inmensa. Es entonces que se produce el hecho que completa la luz de aquel octubre magnánimo.

Eran cerca de 12: 00 de la noche, cuando se produce la retirada en estampida. No es cierto que la bisoña tropa fue aniquilada; en realidad solo tuvo dos bajas, pero la dispersión fue tal que cuando el Jefe de la Revolución ordenó agruparse  para emprender la marcha hacia otra dirección apenas se reunieron en torno a él ¡11 hombres!

Uno de ellos, goteando sudor y agua, dijo cabizbajo, con lógica para él: “Todo está perdido”. Céspedes, levantándose sobre su caballo, con un vigor que desbordaba sus 49 años, exclamó: «Aún quedan 12 hombres. Bastan para hacer la independencia de Cuba».

La frase devino entonces un símbolo de voluntad y resistencia ante las adversidades. No olvidemos que mucho tiempo después, en Cinco Palmas (1956), Fidel Castro dijo algo parecido cuando, luego de la derrota y dispersión de Alegría de Pío, se juntaron ocho hombres y siete fusiles.

Aquella expresión del Padre de la Patria se convirtió en un referente para todos los tiempos, en un emblema para aspirar siempre a la victoria de las mejores ideas.

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