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Foto: Danny Agil

Vivir en Bayamo es palpar el Macondo que se reinventa a cada paso. Su espíritu indómito le ha otorgado el título de ciudad inclaudicable y revolucionaria, condición que cada bayamés ha sabido defender hasta nuestros días.

Bayamo es término reiterativo en la Historia de Cuba, ocupa un lugar imperecedero en sus anaqueles desde las primeras hazañas del Cacique Hatuey en busca de su libertad, la lucha insurreccional gestada en esta tierra mambisa hasta ser el norte de un desembarco que en 1956 marcó un nuevo rumbo para la sociedad cubana.

Pero entre tantas gestas, el pueblo trasciende por un hecho singular que le hizo convertirse en la ciudad Antorcha: la quema de Bayamo, el 12 de enero de 1869. Ese acto marcaría un antes y un después en la otrora villa, de la cual hacía tres meses emanaba el sentimiento libertario.

A causa de las llamas y la destrucción de la ciudad prácticamente no sobrevivieron archivos públicos y privados. La historia del suceso ha sido reconstruida mayoritariamente por la tradición oral y los documentos españoles que describían la reconstrucción de la ciudad a partir de la década del 80. A estas importantes fuentes se suma el imaginario social, ese proceso que se genera en cada pueblo donde la historia se reconstruye a partir de las memorias de sus propios habitantes, legadas de generación a generación.

Bayamo es fiel muestra de la historia de las representaciones a la que hace alusión LeGoff en su tiempo. Un pueblo que tuvo que nacer de las cenizas cual ave Fénix, no tuvo otro camino que reconstruir su pasado sobre la base de interpretaciones que cada época y generación fue alimentando hasta la actualidad. En entrevista que le hiciera la reconocida historiadora cubana Ana Vera a Enrique Orlando Lacalle, primer historiador de Bayamo, este narraba que Bayamo es y no es, es un pueblo de leyendas.

El paso del tiempo sitúa en desventaja a aquellos investigadores que se inclinan por la reconstrucción de un suceso, aún más cuando han transcurrido hasta la fecha 148 años. Sin embargo, la búsqueda no cesa hasta aproximarnos a la verdad histórica. De ahí que escudriñar prensa de la época, leer y analizar entre líneas diarios y documentos españoles, la necesaria comparación con estudios historiográficos cubanos, indagar sobre las diversas versiones nacidas de la oralidad y comprender las diversas interpretaciones del hecho a través de las producciones artísticas se tornan imprescindibles para ofrecer una nueva mirada a la quema de Bayamo.

El combate de Saladillo: España a las puertas de Bayamo

Tras el alzamiento, el 10 de octubre de 1868, se muestra a un Bayamo estoico, entregado a la causa libertaria. Las huestes mambisas fueron recibidas por el pueblo bayamés con vítores. La alegría era visible en el rostro de mujeres y niños que sin plena conciencia de la magnitud del hecho recibían con júbilo a los libertadores. Antonio María Alcover, en su texto Bayamo: su toma, posesión e incendio (1902), pionero en ofrecer una valoración historiográfica del hecho afirmó:

“Jamás, nunca se vio un pueblo más entregado al santo culto de la libertad; más amante de la personalidad de la patria cubana; más dispuesto a sacrificarse presto en aras del supremo ideal de independencia, más regocijado y convencido de la victoria.”  (Alcover, 1902:20)

En 1860 recrudeció el estancamiento económico de la Isla, lo que trajo como consecuencia que el gobierno civil en 1862 implantara un recargo de un 12 por ciento sobre fincas urbanas y rústicas. En 1867 se emitió un impuesto directo sobre la renta del 10 por ciento, agobiado por el déficit presupuestario. Esta medida actuó como catalizadora de la conspiración que nació en Bayamo ante el dominio español.

Hacía 82 horas que el pueblo bayamés disfrutaba de una libertad sin par, que sería arrebatada tras el despojo de sus bienes y del hogar. Tras el alzamiento, las tropas insurrectas cubanas habían conseguido resistir los ataques españoles pero sufren una aplastante derrota en las cercanías del río Cauto, dejando así las puertas abiertas para una ocupación de la ciudad por parte de las tropas enemigas.

El combate de Saladillo constituyó el impulso para detonar en Bayamo una cruenta respuesta ante el régimen imperante. La tropa española avanzaba hacia las márgenes del río Cauto con indicaciones precisas de retomar la plaza del Bayamo colonial perdida el 17 de octubre de 1868. Liderada por Don Blas de Villate, Conde de Valmaseda, la columna contaba un cuerpo militar conformado por 2 500 hombres y vasto armamento para enfrentar a la columna mejor armada.

El combate de Saladillo fue una lucha irregular, pues las fuerzas al mando de Donato Mármol prescindían de municiones para hacer frente a la columna española. De acuerdo con la historiografía cubana, este hecho devino motivación para el pueblo bayamés en confirmar su posición independentista.

Ante el avance inminente de la columna al mando de Valmaseda, se agotaban las alternativas de los bayameses. Ausente Céspedes, quien se encontraba, a unas millas de Bayamo en su finca de Santa Rita y ausente Francisco Vicente Aguilera, muy pocos eran los revolucionarios que se encontraban en el pueblo. Perucho Figueredo permanecía en la ciudad con ínfimo número de soldados, además de las autoridades civiles.

Antes que la rendición, el fuego

Sobre las once de la noche las principales autoridades y regidores de la ciudad se dieron cita en la casa de ayuntamiento para decidir el futuro de la ciudad y los bayameses. Perucho presidió la reunión, en la cual expuso la imposibilidad de oponerse y hacer frente al enemigo que asechaba.

Según el historiador José Maceo Verdecia en su libro Bayamo ante aquella situación, y dominando la confusión de los patriotas, resonó la voz imperativa de Don Joaquín Acosta, gobernador de la ciudad:

-“¡Bayameses! Ante la desgracia que palpamos y los horrores que se avecinan, solo hay una resolución: ¡Prendámosle fuego al pueblo!” (Maceo, 1931:80)

La decisión estaba tomada, ardería la ciudad antes de entregarla nuevamente al enemigo. Pero ante tal desconcierto el pueblo estaba temeroso, perdían sus únicos bienes. El traslado a las fincas más cercanas fue azaroso, ancianos, mujeres y niños se expusieron a los peligros que suscita una lucha irregular, donde no todos los lugareños abrazaron la causa independentista y encontraron en aquel Bayamo incendiado el lugar para hacerse de riquezas.

De las 2000 familias que habitaban Bayamo en esa época, muchas se dirigieron a los campos para formar parte del Ejército Libertador, pero no todas corrieron con la misma suerte. Documentos de la época señalan que pobladores fueron víctimas del fuego al no separarse de sus pertenencias, otros sufrieron quemaduras considerables y fueron trasladados  hacia  el Hospital de Coléricos, cercano a la Caridad del Dátil. Esta inmueble pertenecía a Don Rafael Milanés.

La quema de Bayamo provocó una diáspora del pueblo bayamés. La mayoría de los hombres murieron en la guerra, unos incorporados al Ejército Libertador entregaron sus vidas por la causa independista y otros fueron víctimas de las opresiones a raíz de la Creciente de Valmaseda.

La destrucción de Bayamo a causa del incendio, el éxodo poblacional  que se produjo a raíz de este, así como el embargo de bienes a los infidentes, decretado por el gobierno español el 16 de abril de 1869, incidieron de manera decisiva en el ulterior desarrollo  socioeconómico de la jurisdicción. Quedaba varada en el tiempo una de las ciudades de mayor riqueza cultural, arquitectónica y económica del interior del país.

Hace 148 años de la quema de Bayamo, un  suceso que marcó pautas en el devenir histórico de la Isla. El 12 de enero de 1869 no debe ser bajo ningún concepto inestimado en los anaqueles de la historia patria. La quema de Bayamo debe entenderse como ese hecho dio lugar a un proceso de reconstrucción de la nueva memoria que toma como base el imaginario social para resignificar no solo sucesos aislados sino la historia como ente vivo y diverso.

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