Qué compleja tarea la de definirle un significado exacto y transparente a la palabra planteamiento.

Dicha así, sin ubicarla en contexto, con esa soledad y triste aislamiento que tienen los vocablos en los diccionarios, la empresa parece fácil; pero cuántas interpretaciones, expectativas, confusiones y dudas, afloran si la situamos en su más caliente caldo, digamos que en el más recurrente y popular de los contextos para este manoseado término: la rendición de cuenta del delegado del Poder Popular ante sus electores.

El tema no es casual, pues estamos en medio del cuarto y último de estos proceso dentro del mandato actual.

Una vez más suceden las reuniones en los barrios, el papelito repartido casa a casa, el cartel de convocatoria pegado al poste más popular de la cuadra, porque el bombillo allí no se ha fundido y es la sede nocturna del juego de dominó: Día 10 de mayo, 8:30 p.m., frente a la casa de Felo. ¡¡NO FALTES!!

Siempre ha sido así en cada momento anterior de este ejercicio democrático; pero el final del cartel, en mayúsculas y destacado, advierte una tendencia que es necesario observar y razonar, porque hay señales que también volverán.

¿Por qué nos están faltando tantos vecinos a estas reuniones? ¿Por qué los no pocos gestos de incredulidad y desconfianza? ¿Quién sabe cuánto interesa ese debate a los jóvenes? ¿Cuánto de lo planteado se respondió, o mejor aún, se resolvió? ¿Quién respondió o resolvió?

Ya he oído con suficiente frecuencia el parecer de muchos delegados de circunscripción, cuando califican ese careo tremendo de un hombre o una mujer frente al juicio crítico de un grupo de personas: “Es más difícil que dirigir un Ministerio”.

Pero el meollo, creo, no es la reunión en sí misma, ni su dramaturgia unas veces reposada, otras veces —las más— de tensiones in crescendo. El problema está en las causas que propician el ambiente: la atención que de verdad se da, entre proceso y proceso, a todo lo que la población plantea, y que muchas, muchísimas veces vestimos con los ropones incómodos de la formalidad y el desentendimiento.

De todos los planteamientos, los que más rápido y mejor se despejan son siempre los que resuelven las masas, allí mismo en el barrio. Con ellos la vecindad demuestra a cada rato su gran capacidad de actuar en colectivo y resolver varios problemas comunes: el patio enyerbado de Marisela, la música exagerada de Adonis, la poca atención al médico nuevo del consultorio, la basura arrojada fuera del contenedor…

Pero por regularidad, las insatisfacciones son mayoría porque también son más los reclamos a entidades administrativas, para que solucionen “problemas gordos” que ya no están al alcance de la voluntad del barrio, ni de las herramientas del plomero Paco, ni de la higienización masiva del domingo, ni en el buche de café o el refresco frío con que la vecina colindante premia a media mañana al doctor en la consulta.

¿Cuántas veces un salidero sobrevivió al período de una reunión a otra, o una fosa repleta, o el desabastecimiento de la cafetería por deficiente gestión, o el pan “malfacturado”, o el alumbrado defectuoso sin apenas una revisión… ni una respuesta? ¿Cuántas preguntas quedaron pendientes de respuestas?

Para esto el mecanismo está escrito, y el método legislado en un acuerdo explícito (6560) del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros. Pero, ¿qué pasa de verdad después, cuando la idea se convierte en planteamiento? Pasa a un acta, luego a un registro en la sede de la Asamblea del municipio, a la clasificación por tema, y finalmente a la entidad responsable. El elector no sabe esto, pero espera.

Allá, en la entidad, entre un montón de papeles, el planteamiento aguarda clasificar en los temas del próximo consejo de dirección, y evolucionar entonces a un acuerdo “para dar respuesta”. ¿La verdad?, no siempre lo logra espontáneamente, sin un corrientazo desde el Gobierno, y aún así, aprobada la respuesta, muchas veces no implica una solución, ni explica con argumentos convincentes los porqués.

De todo este entramado el elector ni se entera, y solo al delegado le exige una respuesta. En definitiva fue a quien se quejó, y aunque este perdió las suelas en el trámite, la gestión no dio frutos.

No puede haber equívocos en este ejercicio, pues aquí la práctica desborda a la teoría, y aunque el concepto es clarísimo —el delegado es un tramitador, no un solucionador—, el peso de las necesidades hace que los electores solo acepten la gestión de acuerdo al resultado.

Todos, absolutamente todos conocen las limitaciones de hoy, de recursos, de inversiones necesarias, y en torno a ellas hay respuestas que pueden convencer. Pero siempre, para ser creíbles, se necesitará un argumento que implique, cuando no una solución, al menos una proyección real y posible.

¿Cuándo serán mayoría los planteamientos sin solución inmediata que la entidad incluyó en la planificación económica del año siguiente? ¿Cuándo los directores romperán, con su participación o la de un miembro de su consejo, la formalidad de mandar a Juan de los Palotes a explicar en el barrio, con elementos que solo ellos pueden dar?

Tomar en serio este asunto puede ser afirmación poco científica, pero caracteriza sin ambages la postura de muchas administraciones que, con su actitud, hipotecan la imagen del delegado y todo lo que significa su ejercicio en la materialización del verdadero poder popular.

No hay exageración. Las escenas a veces rozan la burla, como pasó con aquel delegado conocido, que me contó el insólito episodio de un hombre de casco y uniforme gris que tocó a la puerta de su casa, para entregarle respuesta de un planteamiento recurrente.

Sus electores no pedían siquiera lámparas nuevas, sino la revisión del alumbrado de la comunidad, porque varias bombillas fallaban casi a la vez y podría provocarlo un corto, o la suciedad acumulada en el cristal.

“Vengo por la Eléctrica para informarle que el planteamiento no tiene solución, porque no disponemos de suficientes carros-cestas. Aquí está el papel, para que firme.”

La insólita sorpresa solo le permitió a mi amigo soltar un NO rotundo, categórico, que se estiró en un largo aturdimiento; porque en su lógica no cabía la imagen de aquel hombre de casco y uniforme, que montó al carro mascullando, tiró la puerta, y se perdió en la nube de polvo que sobre el terraplén levantó aquel flamante carro-cesta.

Comparte

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 4 =