Muchos justifican que no dejan de fumar porque se estresan. Y me río mucho.

Yo también fui una víctima del tabaquismo.

Comencé muy joven, lejos de casa, sin supervisión constante sobre el asunto. Y me aficioné primero a los cigarrillos rubios… Luego en el devenir… También los fuertes.

Estuve más de 20 años prisionera de los cigarrillos. Prefería dejar de comer antes que pasar la noche sin los cigarrillos que me aseguraban el amanecer.

Gasté sumas considerables de dinero. El que tenía y el que no tenía. Nunca llegaba a fin de mes con menudo en la cartera y claro está si con una caja de cigarrillos cubanos, excelentes, hay que reconocerlo, pero igualmente nocivos como todos.

Solo me contenía la razón de un embarazo. Era un período de gracias de algo más de año y medio. Luego reiniciaba poco a poco, pero mi fino olfato de fumadora empedernida me hacía regresar a las tantas.

Sentada a la puerta de mi casa reconocía por el humo las marcas. Y casi no lo creerán, una promoción en contra del hábito de fumar, donde aparecía una gran caja de populares que aplastaba al fumador, era como si hubiera tocado el timbre de mis adicciones. Maquinalmente me levantaba, abría mi cartera y prendía al inquietante compañero.

Claro dejé de mirar la promoción, porque no me desalentaba.

Mi madre y mi padre me daban charlas constantes.

Delante de mi padre jamás fumé. Sin embargo con mi madre salté las barreras del respeto para asirme a la cajetilla que siempre me acompañó.

Mi pelo olía a tabaco, mi ropa también. Mis dedos tenía el leve velo de la nicotina. Y mi mesa de trabajo era puro fuego, con quemadoras de piezas encendidas y olvidadas.

Mis ceniceros se desbordaban, estaban por toda la casa, desgraciadamente contaminé a mis hijos con el mal gusto.

Sin embargo cada noche y cada amanecer había un pensamiento fijo. Me decía: Tengo que dejar de fumar. Lo había intentado varias veces, pero sucumbía.

Hace más de 10 años, un domingo de septiembre me levante del asiento desde donde miraba la televisión y lance lejos de mí el cigarrillo prendido. Fue a dar al centro de la vía.

Y dije, no fumaré más.

Desapareció esa misma noche mi caja de cigarrillos, lance los ceniceros y al siguiente día, cuando fui a mi trabajo, dije en tono serio que casi ninguno quiso creer: Dejé de fumar.

Todos rieron, me lanzaron humo a la cara, tentaron mi voluntad. Me dijeron que no era capaz de hacerlo. Sin embargo lo logre. Una razón me motivó siempre, era un compromiso con mi propia conciencia de que dañaba mi salud, que mi dinero no alcanzaba, que no olía a buen perfume y que mi aliento era un desastre.

Ahora al cabo del tiempo, más de 10 años sin fumar, les aseguro que nunca más he vuelto a prender un cigarrillo, que aún para ser sincera, reconozco los aromas que pasan, que detesto que alguien entre a un local con aire acondicionado oliendo a puro tabaco y que logré con el tiempo también alejar a mis hijos del mal hábito de fumar.

Ahorré y me comí en golosinas el dinero de los cigarrillos, aumente de peso, cambie mi vestuario, y me aficione a disfrutar de otras delicias quizás tan malas como el tabaco, pero socialmente mejores para el gusto de muchos.

Yo hoy estoy complacida con haber dejado el hábito de fumar. Lo disfruté, y caro lo pague. Ahora solo es cosa del pasado, que no volverá.

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