He escrito en varias ocasiones sobre el reguetón, ese ritmo que fascina a tantos a lo largo de nuestra geografía. Cuando escribí por primera vez, hace 11 años, en el periódico Juventud Rebelde, se generaron reacciones encontradas.

Recuerdo que me llamaron “amarillista frustrado»  y “estancado en conocimientos” de música. Incluso, una muchacha expuso textualmente: “Aunque te duela, el pueblo se siente representado con la letra del reguetón”.

Tuve que escribir un segundo reportaje, en el cual aclaré que no estaba en totalmente contra del género, mucho menos a favor de la censura.

Desde entonces tal vez algunos modelos reguetoneros hayan evolucionado. Al menos creo escuchar menos letras vanas, como aquellas que decían: «Chupa pirulí», «A las mujeres les doy tendón, debajo de la cama les doy tendón», o «Tra, tra, tra» (400 veces tra), o « ¿Quiere que te lleve a Singapur? Si quiere que te lleve prueba mi yogur» y otras similares, dignas de olvido.

Vengo con esta historia porque a la vuelta de tanto tiempo creo que la preocupación no debe centrarse ya en si el género creció o menguó en calidad, o en si tiene 50 detractores y 5 000 defensores; creo que inquieta más el derrame exagerado del reguetón que prima en nuestra atmósfera, al punto que parece taparnos.

Si no comparte ese criterio, váyase a una plaza pública; de seguro escuchará un reguetón, luego otro, más tarde otro y finalmente, para refrescar, algo diferente: un reguentoncito. Pero lo más inquietante es que muchos temas reguetoneros se amplifican cinco o seis veces durante una misma noche, como si dentro del género tampoco existieran otras propuestas.

Un país tan musical como Cuba, lleno de muchas variedades sonoras, no debería parecer tan homogéneo y uniforme en sus celebraciones populares, tan colmado de lo mismo con lo mismo. Eso, sin comentar que hasta en ciertos cumpleaños infantiles el reguetón se ha convertido en golosina principal para festejar.

Cuando algo se repite hasta el hartazgo, sobreviene la monotonía, y la monotonía termina siendo hija de la mediocridad. Divulguemos el reguetón, cómo no, pero también la llamada salsa, las mezclas que existen hoy, los ritmos caribeños cercanos como el merengue, que aparentan olvidarse cada día más.

Si seguimos con ese paso de reiteración, ¿nos tapará el género definitivamente? ¿Sabremos bailar mañana otra cosa que no sea «esta cosa?». ¿Adónde irá a parar nuestra diversidad musical? ¿Cuál será nuestra singularidad culturalmente hablando? ¿Dejaremos que se sequen nuestro malecón y nuestro mar de sonidos?

 

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