Quisiera que este día pudiera no existir, no por el calendario, sino por lo que significa. Es de esos tantos días fatídicos del año que de seguro muchas personas borraran de a cuajo, porque recuerda cuanto atraso e irracionalidad pervive entre los humanos a pesar del decursar de los años y tanto avance científico y tecnológico.

Es doce de junio, día en que numerosos países y organizaciones se proyectan en contra de la explotación laboral infantil y yo me pregunto si fuera de mi isla esto no es pura hipocresía.

Leo viejos reportes, fotos que encuentro en internet, datan de fines del siglo XVIII  hasta  inicios del XX, cuando ya la fuerza laboral en el mundo capitalista la componían niños y niñas, hijos  de la clase obrera y comenzaba con la Revolución Socialista de Octubre, la lucha por acabar con este flagelo que troncha el desarrollo de los infantes.

 Se  sostenía y se sostiene en muchas latitudes, la opulencia de pocos a costa de la inocencia de millones de seres que van desde los cinco hasta los 15 años. Un informe de la ONU de 2008, reza que había entonces 223 millones de niños y niñas sometidos a largas jornadas de trabajo, fundamentalmente en las regiones de Asia y el Pacífico, África subsahariana, América Latina y el Caribe.

Me pregunto si habrá decrecido esta espeluznante cifra que contiene a más de la mitad en la categoría de trabajos peligrosos, manejando maquinarias pesadas, desempeñando funciones donde se compromete la salud, durante largas jornadas al igual que los adultos.

Ninguno de esos niños es cubano. Se lo puedo asegurar porque he recorrido buena parte de los rincones de esta isla, donde contrasta el pretendido ahogo exterior con un férreo bloqueo económico y comercial, con altos índices de salubridad, instrucción, educación y salud en general y en particular dedicados a la infancia, que hemos alcanzado en más de medio siglo de Revolución.

Me enorgullece pensar que las niñas y los niños cubanos sí aprenden a trabajar desde temprano, con sus libretas, cuadernos y libros porque su principal objetivo es estudiar y prepararse para la vida.

Porque aprenden a sembrar plantas medicinales, y a usarlas, a cultivar jardines y a amaestrar mascotas, porque contribuyen con el saneamiento de riveras y costas, ciudades y pueblos, y así ennoblecen el alma, parafraseando al maestro Martí.

Y porque ha de enseñárseles que del trabajo viene la riqueza, no porque produce bienes materiales en si mismo, sino porque se siente allá adentro una satisfacción enorme cuando se sabe que se ha hecho algo útil y bueno a la sociedad.

Por eso siento orgullo de vivir en mi Bayamo, en mi Cuba, donde niñas y niños dedican su tiempo libre al aprendizaje de hermosas tradiciones artesanales, comparten con abuelas, tías y madres inquietudes artísticas y representan a sus pueblos, escuelas y comunidades con objetos que salen de sus propias manos.

Las imágenes de las chicas que acompañan al proyecto Juana Moreno de artesanía comunitaria de Bayamo son más que elocuentes. También lo es la de los niños y niñas del municipio de Campechuela que aprenden a confeccionar adornos con recursos marinos y disfrutan desarrollando su imaginación y creatividad.

Ojalá este dolor que siento por este día en algún momento tenga fin. Pienso en los niños de tantos países de la América Latina condenados a trabajos agrícolas, en sembrados de plantas alucinógenas, otros sometidos a barbaries de temperaturas y estrés en las minas.

A los que se les ha tronchado el desarrollo intelectual, físico, psicológico, los privados de un pupitre y una pizarra o del elemental momento para el juego, tan necesario en la formación primigenia del ser humano, convirtiéndolos en seres sin futuro, sin aspiraciones ni esperanzas.

Los miles y miles sacados de sus hogares sedientos de paz que como carne de cañón van a la guerra. A las disputas con metralla entre paramilitares por el dominio de riquezas que los pequeños jamás disfrutarán y de la que salen mutilados sus cuerpos y sus mentes, si salen.

 A los otros millones que han sido victimas del tráfico humano, las niñas que trabajan en el servicio doméstico de países desarrollados, y en otros muchos oficios enmascaradores de la prostitución y la pornografía infantil, a los que han sido privados de sus órganos para que otros puedan seguir viviendo. Para ellos va mi pensamiento de esperanza este día.

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