Estaba en la cola, cuando vi acercarse al hombre. Él enseñó un carné y se abrió paso entre la multitud, caminando con dificultad, mientras casi todos lo miramos con cierta compasión. Pero una vez que tuvo el cilindro lleno de gas licuado en sus hombros, pareció olvidarse de la dolencia y emprendió veloz retirada, mientras enseñaba una sonrisa.

La jugarreta de aquel ciudadano aconteció hace algunos años; entonces lucía fuera de lo común. Sin embargo, parece que el paso del reloj y las agitaciones de la vida moderna han abierto determinados “huecos” para que algunos pongan en boga, como el colado del principio, la filosofía de los pícaros.

Hoy, en el afán de burlar una hilera humana o de acceder rápido a algún servicio, se ha visto a más de una mujer decir y fingir que está embarazada, para luego, hecha la gracia, reírse de los demás.

Y se ha observado lo insólito: algunos que llevaron ex profeso al niño a una compra, como si fuera un tique con un número prioritario en la inocente mejilla. O algo peor: alguien que en medio de la muchedumbre, para evadir la fila, llegó a preguntar a un conocido: ¿Me prestas el niño? Y, en el colmo, ¡se lo prestaron!

Eso de la sociedad “más solidaria y justa” no puede convertirse en un cuento de caminos. En Cuba tienen la merecida prioridad aquellos a quienes la naturaleza o el azar cercenó, o los que andan con necesidades perentorias a cuestas. Y eso es bello y plausible.

Mas la prerrogativa se empaña y extravía cuando ciertos individuos se burlan con toda intención de sus circundantes; o cuando se exponen limitaciones y urgencias solo para realizar lo trabajoso y no para los placeres y delicias de la vida.

Hay, incluso, quienes lucharon un carné o un documento tan “sangreado” como una dieta pensando, a priori, en la prebenda.

No considero que existan fórmulas institucionales para atajar a los que llevan latente la psicología del hombre del principio de estas líneas. Deberíamos, en todo tiempo, seguir apostando por la sinceridad de los seres humanos. No hay otro remedio.

Pero también es deber denunciar la pillería, la cual tiene muchas otras formas dañinas, que no están ligadas solo a colas sino también a asuntos más trascendentales de la existencia y que pueden poner en peligro los sueños de una colectividad.

En todo caso, aquel del cilindro, si bien ganó un turno prioritario, también consiguió la desconfianza y el rechazo de algunos de sus semejantes, quienes a esta hora deben estar diciendo todavía aquella frase popular: “El pícaro y el villano la pagan tarde o temprano”.

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