Juan Vitalio Acuña «Vilo». / Foto de archivo. Tomada de JR

Dicen los que le conocieron desde niño que no había hambre o escases que le amargara el rostro. Cantando iba a recoger café desde los diez años en las lomas de Media Luna, donde su padre Jesús Acuña y su madre Lydia Núñez hicieron una familia de tres hijos en un bohío cobijado con guano, piso de tierra y paredes de yagua.

De la mocha, para el corte de caña, también supo temprano en la vida Juan Vitalio Acuña Núñez, nacido el 27 de enero de 1925. La escuela, por pobres, le fue esquiva, y el trabajo para ayudar a la familia era el único camino como el de miles de niños cubanos de aquella época.

Más, Vilo no se desanima, a cada cosa le encuentra las cosquillas, allá en la semilla de su alma sabe que un buen día algo hará cambiar ese estrecho trillo por donde camina.

Yo me voy, fueron las palabras que dijo a su padre, al saber que Fidel y un grupo de jóvenes como él desembarcó por Las Coloradas y en la Sierra Maestra fundaban un ejército rebelde.

La preocupación por la novia mayor relegó a un segundo plano el amor por su esposa e hijas, a sabiendas de que salvada la Patria, se salvaría también su familia, la pequeña y la grande donde caben todos los guajiros descalzos, los negros apartados, las mujeres humilladas, los jóvenes analfabetos y por ellos estaba dispuesto a pelear.

Conocedor de las lomas, bondadoso, sensible y por encima de todo disciplinado, fueron las cartas para ganarse la confianza del argentino al que todos respetan por la severidad de sus órdenes. Con el tiempo se haría uno de los más queridos colaboradores del Che.

Sobres sus hombros tuvo la responsabilidad de cargar heridos, por inhóspitos parajes serranos, ponerlos a salvo de las partidas del ejército de Batista que se ensaña con los débiles. Salvó a Camilo herido, a su tocayo Juan, el negro de Santiago de Cuba, con el que abrazaría el sueño fundador del III Frente Oriental.

En las caminatas interminables, sin alimentos, la picardía a flor de piel de Vilo anima a sus compañeros y hace más llevadero el ir y venir entre los crecientes peligros. La valentía y el orden le otorgan boletos para comenzar desde julio de 1957 a tener escaños entre los oficiales del Ejército Rebelde, desde teniente hasta Comandante en noviembre de 1958, sin que en su ánimo y fraterno intercambio con los compañeros se note el cambio.

Victorioso entró en la Caravana de pueblo que recorrió la isla en enero de 1959. Numerosas tareas asumió con el mismo humor, placer y responsabilidad a la par de que perfecciona la mala caligrafía y supera la orfandad cultural.

No es fácil inspirar confianza en el Che. Vilo lo sabe, un hombre exigente hasta con él mismo. Pero Juan Vitalio Acuña recibe el raro privilegio de vestir de nuevo el traje de guerrillero, esta vez en otras tierras de América.

Jaranero visita la casita de guano y yagua, allá en Purial de Vicana, asombra a los guajiros con el helicóptero, sonríe amplio como cuando de niño se llenaba las manos del oro rojo de las montañas, en su Media Luna natal, anuncia un trabajo nuevo, un viaje, sin dar más pistas. La gente lo espera, el Vilo regresará.

Nombrado jefe de la retaguardia en la guerrilla del Che en Bolivia, sometido a una férrea disciplina por su propia conciencia, desanda descalzo los agrestes parajes de las lomas. Los pies hinchados no le caben en las botas gastadas y no hay otro remedio que seguir andando.

El campesino boliviano Honorato Rojas guía a Joaquín (Vilo) por el vado de Puerto Mauricio y sus hombres por el vado de Puerto Mauricio. Vilo, ahora Joaquín, pensó mucho para tomar la decisión de abandonar la zona donde le había indicado el Che que permanecieran.

Son largas las sombras aquella tarde del 31 de agosto de 1967 en que Joaquín (Vilo Acuña) y sus compañeros se acercan al río Maisicuri.

Braulio (primer teniente Israel Reyes, veterano del Ejército Rebelde ) abre la marcha, cubano, igual que Alejandro (el comandante del Ejército Rebelde Gustavo Machín), luego Haydée Tamara Bunke Bíder(Tania) una preciosa y audaz mujer de origen argentino-alemana, los y los bolivianos Polo (Apolinar Aquino Quispe), descendiente del pueblo aymará, Moisés (Moisés Guevara) y Walter (Walter Arencibia), joven comunista y minero

También caminan delante de Joaquín (Vilo) el estudiante boliviano Ernesto (Freddy Maymura); el médico peruano apodado el Negro (Restituto José Cabrera Flores) caracterizado por el Che como hombre integro y profesional ejemplar.

Honorato Rojas se despide como Judas. Joaquín (Vilo) le agradece y corresponde con su amplia sonrisa la amabilidad demostrada. Por un momento recuerda las palabras del Che sobre el sujeto: es potencialmente peligroso. La bondad del guajiro cubano da un voto a su homólogo boliviano.

La tropa, ya de noche, ha llegado a un recodo del río Grande y comienzan a cruzarlo, Joaquín es el último en adentrarse en la corriente potente, es ancho el vado pero salvable, van confiados pocos minutos y de pronto los tiros desde el frente y la espalda.

Van cayendo uno a uno, Joaquín herido sale a enfrentar al enemigo emboscado en ambas márgenes, Honorato los ha traicionado al día siguiente el Che llegará a casa del campesino y la encontrará sola, sin imaginar lo que está sucediendo pocas horas antes del encuentro postergado con la retaguardia desde abril de 1957.

La playa es una mancha roja, Joaquín camina disparando pero las balas enemigas entran a su cuerpo por todos los flancos. Cae inmóvil. Resultó acertada la evaluación que hiciera el Che de Honorato, es peligroso, lo espera la ejecución del ejercito de liberación nacional por traidor.

José Castillo Chávez, Paco, uno de los cuatro hombres que custodiaba el grupo de Joaquín, nombrado de la ¨resaca¨ por su disposición a retirarse de la guerrilla, es el único sobreviviente de la emboscada. Cuenta cómo se ensañaron uno a uno con los combatientes dentro del agua, incluso los que aun heridos arrastró la corriente fueron perseguidos.

La radio ladraba la mala noticia desde el día siguiente, anotándole al ejército boliviano un combate triunfal. El Che lo escucha y no lo cree. No cree sin vida a uno de sus hombres de confianza, absoluta, de esos que dan el paso adelante sin dudar, de los que no dejan un herido detrás, ni rehúsan una tarea por difícil y dura.

Prefiere recordar de Vilo con la eterna sonrisa provocada por la jarana, el humor oportuno que hasta en el momento más crítico sabía distender el problema, principal características de las muchas loables en aquel hombre extraordinario. 

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