Estatua de Fabio di Celmo en el Museo de Cera de Bayamo. / Foto: Rafael Martínez Arias

El muchacho del Copacabana es el apelativo con que la escritora Acela Cane Oman llama a Fabio di Celmo, joven italiano, asesinado en Cuba, hace 20 años este cuatro de septiembre. Justo el día y la razón por la que comienza en Granma la jornada Tenemos Memoria, para no olvidar jamás las agresiones de las que hemos sido blanco a lo largo de la Revolución.

Un aparato explosivo, colocado por un mercenario pagado por la Central de Inteligencia de los Estados Unidos de América (CIA) explota justo en el lobby del hotel Copacabana, en la tarde del 4 de septiembre de 1997, y una esquirla de vidrio cercena la vena yugular del joven Fabio, quitándole la vida casi de inmediato.

Para 1997 Fabio de 32 años, radicado en Canadá, visita la isla rebelde en numerosas oportunidades, donde atiende negocios de diseños de muebles e interiores para las instalaciones hoteleras. No podía ni sospechar que sería él mismo el blanco infortunado del odio imperialista justo en el Copacabana, el lugar que considera paradisíaco por el trato de la gente y donde se hospeda cada vez que viene a Cuba.

Apenas unos minutos antes de la explosión, mientras despedía a sus amigos italianos Francesca Angeli y Enrico Gallo, a quienes les organiza la luna de miel, la joven le comenta un mal presentimiento y Fabio interviene tranquilizando a ambos.

Solo Francesca con el sexto sentido femenino fue capaz de percibir el ambiente esotérico del lobby, y el desenlace los sorprendió a todos.

El 4 de septiembre de 1997 también detonaron bombas en los hoteles Chateau Miramar y Tritón de La Habana, con el propósito de atemorizar a los turistas y hacer declinar la economía.

Víctima del terrorismo contra el pueblo de Cuba, la familia de Fabio estará ligada por siempre a la isla caribeña. Una estatua a tamaño natural del joven se puede ver en el Museo de Cera de Bayamo, vestido con los atuendos del futbol, su deporte favorito, donados por el padre Giustino, amante como su hijo de este país, al que no han podido ahogar leyes restrictivas, ni sanciones comerciales, ni invasiones, ni guerras mediáticas.

Los di Celmo no se irán nunca de Bayamo por esos lazos indestructibles del afecto humano, y los que se tejen cuando se juntan muchos a caminar hombro con hombro por las mismas causas.

Giustino visitó varias veces la Ciudad Antorcha, se detuvo en el Museo de Cera antes y después de develada la estatua de su hijo menor. Con los ojos humedecidos aún por la inesperada muerte del hijo, y por la forma en que se fue, estrechó mucho mas los vínculos con el pueblo cubano, y se sumó a la campaña internacional para dar a conocer el férrero bloqueo a que está sometido.

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