Foto de archivo. / Autor: Rafel Martínez Arias

No hace mucha falta a estas alturas avivar la polémica surgida hace algún tiempo. No aportaría demasiado, a la vuelta de 504 años, probar con pelos y señales si la villa nació en Yara o en Palmas Altas.

Porque lo cierto es que Bayamo, con todo su influjo, está aquí desde hace rato, a orillas del río que tanto la bañó de magia, y convertida en historia vivísima.

Lo cierto es que desde aquel 5 de noviembre de 1513 esta zona geográfica –que no solo la villa o la posterior ciudad, sino toda su área de influencia- se convirtió en matriz en muchos sentidos.

No olvidemos que por estos predios –en Yara específicamente- surgió el primer mártir rebelde; que la primera gran rebelión aborigen –la misma que apedreó a Pánfilo Narváez- fructificó por estos lares.

Ni pasemos por alto que gracias a los sucesos asombrosos de otro tiempo, acaecidos en esta región, se edificó la primera obra literaria, escrita por Silvestre de Balboa (aunque en las últimas épocas hayan surgido revisionistas a ultranza que digan lo contrario).

No dejemos a un lado que de las manos de un bayamés, Joaquín Infante, salió el primer proyecto de Constitución cubano; ni que un hijo de estas tierras, Manuel Cedeño, fue libertador y general al lado de Simón Bolívar.

Y nos despeñaríamos por la barranca del absurdo si margináramos el nacimiento de la primera canción trovadoresca de Cuba (1851), de la primera partida de ajedrez (mucho antes en el tiempo: 1518), de la primera ciudad libre, del primer Gobierno revolucionario… del Himno inicial.

Tampoco pasemos por alto que fue la primera con una plaza llamada “de la Revolución” (1868), la primera que ganó (1935) el nombramiento de Monumento Nacional, la que –junto a Santiago- fue motor de la epopeya emprendida por la Generación del Centenario.

Claro, bien poco valdrían las evocaciones si no las vinculamos con el presente, si no terminan pinchándonos el lado positivo de la cultura o el deseo de hacer más por Bayamo.

Porque a ratos todas esas leyendas ciertas parecen congelarse –o derretirse, que vale lo mismo- porque no concluyen cristalizadas en el ambiente cultural o social de la ciudad.

No se trata solo de poner el nombre de un patricio a una calle o colocar una ofrenda floral en la plaza de la Revolución cada cierto tiempo. Se trata de pensar la cultura en grande, como raíz de todo proyecto social o económico, como piedra primera para las generaciones que vienen empinándose o están por venir.

Y, por supuesto, tampoco es una tarea que le competa únicamente a las instituciones culturales pues esa “explotación” de la historia debe partir de un plan multifactorial, en el que estén implicados desde las autoridades políticas y gubernamentales hasta los llamados medios de comunicación masiva.

No se trata de festejar un cumpleaños o de pulir la ciudad cuando se esté acercando este. Hay que ir más allá.

La celebración de los 505 años de la ciudad puede servir como trampolín, como pocas veces,  para trazar ese proyecto que impulse a Bayamo al porvenir con aires de cultura y de mayor progreso.

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