El doctor Arnaldo Cedeño Núñez nació en el serrano municipio de Bartolomé Masó en la oriental provincia de Granma.   La comunidad de Mompié, ubicada en el corazón de Sierra Maestra, a unos 30 kilómetros de la cabecera municipal,  fue el sitio de su niñez.

Cuenta el galeno que su nacimiento se produjo “en medio del camino”.  Era la mañana del 10 de octubre de 1980 cuando su mamá Ernestina comenzó a presentar los dolores de parto, pero estando tan distantes del hospital municipal y con un camino apenas transitable, tuvo que parar en la comunidad de Polo Norte y en la casa del campesino Lérido Medina tener a su primogénito. Por  manos de una partera vino entonces Arnaldito al mundo.

Su infancia transcurrió entre cafetales y guayabos, respirando el puro aire de las montañas y con las travesuras propias de quien soñaba con operar animales. Su familia, de humilde procedencia, le enseñaba a amar la Revolución, porque como decía su abuelo, “es una Revolución de oportunidades”.

Y bien que su supo luego el niño lo que aseguraba el más longevo de la casa.  Arnaldo pudo estudiar gracias a la gratuidad del sistema educacional en Cuba, en otro país tal vez su madre cocinera y su padre arriero no hubieran podido pagar los estudios.

Hizo la escuela primaria en la propia comunidad de su infancia, luego se trasladó a la cabecera para estudiar el nivel secundario y finalmente se fue a la ciudad escolar Camilo Cienfuegos para hacer el técnico medio en  agronomía.

Habiéndose apropiado de conocimientos agrónomos, trabajó por un tiempo como tal en la localidad donde vivía.  Pero siempre quiso tener bisturí y estetos en la mano, por eso  cuando Fidel Castro inauguró en Manzanillo el curso de superación integral para jóvenes, él se integró al programa con el  sueño de alcanzar la carrera de medicina y, después de tres años, logró lo soñado.

Como médico trabajó primero en la comunidad de La Sal, municipio de Yara, y por sus resultados de trabajo, su responsabilidad, su  entrega en la asistencia médica pronto salió del país a prestar ayuda solidaria en otras naciones.

Inicialmente  estuvo en los cerros caraqueños, permitiendo a miles de venezolanos acceder a la salud de manera gratuita, justo como le habían enseñado en Cuba. De aquella primera misión recuerda imágenes desgarradoras:   el haber asistido por ejemplo a una gestante de unos siete meses de embarazo baleada en medio de un tiroteo entre malandros. Ver la pérdida de un niño casi al punto de nacer producto  de una  violencia   que no era usual en Cuba, le hizo amar más a la tierra de sus esencias.

Alega el galeno que otro de los momentos más tristes en aquella nación, en la cual estuvo desde 2012 hasta 2015, fue el día de  la muerte de Hugo Rafael Chávez Frías, Comandante presidente iconográfico no solo para Venezuela sino para toda Latinoamérica.

Ese día no sólo prestó asistencia médica a los venezolanos, también les acompañó en el dolor.  No solo curó heridas, sino también el alma de los que habían aprendido a respetar y amar a un hombre cristiano que pensaba en el pueblo, en los más desfavorecidos.

Después de aquella experiencia vino otra más compleja.  En 2016 fue a Brasil y allí asumió el reto de asistir a los habitantes de una comunidad indígena ubicada en la reserva ecológica Parque Nacional Montañas de Tumukumaki.

Llegar al sitio fue la primera dificultad.  Al lugar  se accede por aire o por agua, pero el segundo de los casos es una aventura de frente a la muerte. Luego le fue chocante la cultura, no sólo por las comidas típicas de aquel lugar que nada tenían que ver con las tradiciones culinarias de su Cuba amada, sino también por las prácticas y rituales espirituales, algunas de las cuales daban al traste con la calidad de vida y salud de sus pacientes.

Recuerda la cantidad de niños que tuvo que atender por causa de una enfermedad respiratoria a veces grave.  “Ellos tienen un ritual por medio del cual le dan un baño de madrugada a los niños recién nacidos.  El primer baño es en la casa, pero ya al amanecer los sumergen en el río provocando, con el cambio de temperatura, una afección a su sistema respiratorio.”

Le costó adaptarse a aquella rutina, pero se sabía indispensable para cambiar modos de actuar y pensamientos en función de la salud de los niños, de los ancianos y las embarazadas que muchas veces estaban trabajando en labores forzosas hasta los últimos días gestación o en el período del puerperio.

Logró mucho en aquella comunidad.  El enseñarles buenas prácticas para prevenir enfermedades trasmisibles, hablarles del valor de la mujer como procreadora y de su hijo como futuro habitante de la comunidad, guiarles para el tratamiento sistemático y consecuente de   padecimientos crónicos como hipertensión, fueron algunas de sus metas en charlas diarias y visitas de terreno.

Así se dio a querer y todos reconocieron la valía de su presencia.  Por eso cuando el presidente Jair Bolsonaro arremetió con mentiras y ofensas contra la misión Más médicos para Brasil, lo que condicionó la decisión de  Cuba de retirarse del programa, los habitantes de aquella comunidad indígena sufrieron la partida.

Hoy Arnaldo recuerda aquella gente con el  cariño propio de quien se hace al prójimo, esa persona necesitada que acude a los demás con ansias de respuestas.  Ahora les quedó la pregunta “¿Por qué nos privaron de la salud?”  Pero Arnaldo les enseñó antes de la salida final que tienen que seguir luchando por sus derechos porque no son menos que los citadinos, sólo son diferentes.

Este hombre que nació el día en que se cumplía el aniversario 112 del inicio de las luchas por la independencia en Cuba  y que vivió en la Sierra Maestra sitio que fue  escenario de la guerra de guerrillas comandada por Fidel Castro, vive el orgullo de haber hecho tanto por los más pobres.  Siente que eso es esencia viva de una  Revolución que lo formó como médico.

 

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