“Es testarudo y arisco, pero comprensivo y estudioso”. Así escribiría el
director de una institución escolar en la cual estuvo un niño que, al crecer,
cambiaría la historia de Cuba: Carlos Manuel Perfecto del Carmen de
Céspedes y López del Castillo.

El propio directivo sentenciaría en esa caracterización que le pronosticaba,
por su inteligencia, un futuro brillante. La vida le daría la razón: el
adolescente se convertiría en escritor, traductor, actor, compositor,
abogado e iniciador de la independencia en Cuba.

Carlos Manuel creció sin miedo a los “más grandes” y una prueba de eso
es el relato de uno de sus biógrafos, Aldo Daniel Naranjo Tamayo, quien
cuenta que cierto día, cuando Céspedes salió de la escuela encontró a un
fornido coetáneo abusando de un compañero. “Ven, conmigo”, le gritó.

Así se fueron a los puños hasta que el retador terminó “amoratando” los
pómulos del supuesto fortachón.

Tal espíritu rebelde siempre estuvo presente en la vida del primogénito de
Jesús María y Francisca de Borja, quien había nacido casi a la media noche
del domingo 18 de abril de 1819, bajo torrencial aguacero.

“Su cómoda casa estaba en el número 4 de la calle Burruchaga, en el
centro de Bayamo. Allí vio la luz; sin embargo, buena parte de sus
primeros cinco años transcurrió en una propiedad de la familia, la
hacienda Buenavista, situada en la Sierra Maestra”, subraya Naranjo
Tamayo.

Ese temprano contacto con la naturaleza hizo del niño Céspedes un
amante del ejercicio físico, la natación en los ríos, las cabalgadas y las
travesuras.

“Crecí montando caballo al pelo a la manera de los tártaros y escalando
montañas”, confesaría al evocar aquellas épocas de sus inicios.

Isabel Cisneros, una anciana casi ciega, sería su primera maestra, a partir
de los cinco abriles. Ella le enseñó a leer, escribir y los preceptos más
elementales catolicismo. Antes, en las serranías, había escuchado
narraciones sobre jigües (o güijes), ondinas y hadas del monte, que a él le
encantaban.

Vivaracho y comunicativo, Carlos Manuel era, en contraste, algo huraño
con los desconocidos. Pronto se dio a querer por sus hermanos, Francisco
Javier (3 de diciembre de 1821) –quien llegó a ser también Presidente de
la República en Armas-, Pedro María (31 de enero de 1826) y Borja (10 de
octubre de 1826). Precisamente en el cumpleaños 42 de la única hermana
se alzaría en el ingenio Demajagua contra la metrópoli española.

Una de las anécdotas más llamativas de su infancia acaeció en el convento
de Santo Domingo, al que pasó a estudiar a los diez años. Allí se negó a
realizar un ejercicio de Aritmética que le había puesto el padre Serrano y
eso le costó un castigo en horas extraclases.

Pero no mucho tiempo después demostraría un gran apetito de
conocimientos, al extremo que se convirtió en un experto en latín. Pronto
tradujo, para asombro de muchos, pasajes de la obra de Virgilio y otros
grandes de Roma, gracias, en parte, al incentivo del regente José de la
Concepción Ramírez.

A los 13 escribió los primeros versos, cuando comenzó a ilustrarse a otro
recinto religioso. En ese momento, tal vez, empezaron las lecciones de
esgrima y su batallar en los tableros de ajedrez, un juego que le
acompañaría hasta el viernes fatal de su deceso, el 27 de febrero de 1874.

Para Aldo Daniel Naranjo debió ser en la mencionada etapa cuando “nació
otra arista poco mencionada: su afición por las cacerías de puercos
cimarrones y otros animales salvajes”.

Tenía más o menos 15 abriles cuando ya se consideraba un experto en “el
tirado de las armas de fuego”, como él mismo escribía.

De estas fechas “al finalizar sus tres cursos con los seráficos” es el primer
recital de versos ante la familia. Una noche, en la tertulia nocturna
celebrada en la morada de su tío Francisco José, Carlos Manuel declamó
con un tono de paz, la mirada relampagueante y el verbo solemne.

La actuación arrancó aplausos y elogios en la multitud y él buscó
furtivamente la mirada tierna de su prima María del Carmen (Carmela), en
quien empezaba a emanar un amor correspondido.

En otras veladas entonó ante el público “canciones populares”
acompañado al piano y rodeado de señoritas y amigos del barrio.

Comenzaba a sentirse adulto sin serlo todavía.

Hay un hecho que demuestra esa madurez que para él iniciaba: en 1834,
cuando su coterráneo José Antonio Saco Tampoco es desterrado de Cuba,
expresa: “Tacón (el Capitán General) es el azote más cruel que ha caído
sobre Cuba”, expresaría.

Andando el reloj el autor de esa frase desafiaría el gigantesco poder
colonial. Ya era diestro en la espada y el ajedrez, brillante en la cultura,
enamorado de Cuba. Tales virtudes le habían surgido desde los primeros
pasos, esos al que siempre tendremos que viajar para entender el héroe
de carne y hueso que ahora inspira a una nación entera.

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