Hoy se cumplen 11 años del terremoto que se registró en la nación caribeña a las 16:53:09 hora local del martes 12 de enero de 2010, con epicentro a 15 km de Puerto Príncipe, la capital haitiana. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, el sismo tuvo una magnitud de 7,0 Mw y se generó a una profundidad de 10 km.
Cualquiera puede hablar de Haití, en bien o en mal.
No pasa nada.
Es como una sentencia, como algo sabido, como algo que dejó de ser noticia….Fue sólo el susto de aquella tarde fatídica cuando el terremoto se llevó la vida de 360.000 personas y dejó más de 350 mil heridos y 1 millón 500 mil refugiados…enero tenebroso en que cada cual pensó….¿ y si aquí pasara?…todavía olía a muerto y ya la mayoría se había olvidado no sólo de los miles que quedaron a mitad de la vida, sino, aún peor, de los que seguían viviendo a pesar de la muerte.
Parece como si nada alcanzara, ni el dinero, ni el agua, ni la vergüenza, ni siquiera la suerte, ni siquiera el amor.
Conozco a los haitianos conozco a las madres haitianas, madres como cualquiera, en extremo protectoras de su prole a la que cuidan y alimentan aún cuando las condiciones se tornen más difíciles que de costumbre.
Pero “mamita” como ellos acostumbran a decir en señal de cariño, ya no está, y sus hijos, los niños y las niñas que vivieron a pesar de la muerte, fueron refugiados en diferentes campos creados al efecto, y también fueron víctimas del acoso sexual que alguien llama prostitución a cambio de agua.
Palabras suaves si no llevaran en su entraña una carga insoportable de horror y espanto, de humillación, degradación y vergüenza no sólo para las víctimas sino para toda la humanidad.
Un informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) , reveló un año después de la catástrofe que de cada 60 víctimas que atendieron en esta nación afectadas por la violencia sexual el 97 por ciento eran mujeres jóvenes y niñas.
Cierto que no fueron pocos los esfuerzos de la solidaridad humana, UNASUR y los cubanos han dejado para siempre su impronta en apoyo al pueblo haitiano, vale reconocer otros países e instituciones, organizaciones no gubernamentales que extendieron y aún extienden la mano…
Mirar a Haití resulta incómodo, no es una simple isla absurdamente dividida, es el dolor de la violencia desatada por Henry Christopher , aquel esclavo que se declaró rey en la temprana fecha de 1811 con su mezcla de admiración y odio a partes iguales por el francés opresor…. Es el orgullo de haber sido la primera República Negra de este hemisferio y la impotente contradicción de ceder sin resistencia al saqueo imperialista durante siglos, para ser hoy el país más pobre de occidente.
Todo tiene que ver, todo encaja en el oropel importado y el hierro de las cadenas, la prepotencia de las tropas de la ONU, la dictadura sangrienta de los Duvalier, los golpes de estado amparados por el imperio y las vueltas intermitentes a la democracia.
No basta entonces. A 11 largos años del terremoto, aún se arrastran las secuelas del desamparo. Cuando hay otros que también en el Caribe sufren iguales desgracias,la mirada ha de ser acción, acción desde la raíz y el dolor de un pueblo, la mano extendida también debe ser para ayudar a levantar al caído, devolverle su dignidad porque son heridas para las que nada alcanza, miserias ancestrales, vergüenzas milenarias para las que casi, casi nada alcanza.

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