Cuando en agosto de 1868 una reunión conspirativa entre cubanos ponía el climax en la decisión de guerra o sumisión, esclavitud o irredención, tocaba al de mayor edad decir la última palabra, y aquel hombre cincuentenario, parsimonioso y musical, de alta estatura física y moral, decide omitir su edad para que su amigo de infancia, el impetuoso e inquieto Carlos Manuel diga esa frase que sellará el pacto de iniciar, antes de que concluya el año que transcurre se hará la guerra contra el inaceptable poder colonial español que como fardo ajeno llevan los cubanos a la espalda.

Pedro Felipe Figueredo nace en Bayamo el 18 de febrero de 1818 y su vecino y amigo el 19 de abril del siguiente año. Juntos van a las primeras escuelas, a La Habana a estudiar bachillerato en leyes y finalmente a España, donde se graduarán ambos en la ciudad de Barcelona como abogados.

Fidelidad, profundo respeto y afecto, confianza mutua sostuvieron la amistad entre dos seres que más allá de sus heredades aristocráticas y abundancia en bienes y dinero, dirigieron sus vidas hacia el logro de la libertad de un pueblo, empresa en la que sacrificaron todo, y cuando digo todo no me refiero solo a lo material, sacrificaron sus condiciones de vida y expusieron a sus familiares, dando ejemplo sin igual.

Nombrar a Perucho es decir Cuba, identidad, nación, cubanía. Es evocado por la creación del Himno Nacional, hecho sublime y hermoso.

Sin embargo Perucho nos lega el ejemplo imperecedero de cubano, de padre intachable y amoroso, de esposo y jefe de familia preocupado por el espíritu de los suyos y la libertad, más que por el vestido y las joyas que pudieran lucir.

Quizá uno de los más coherentes actos de su vida, fue poner freno a las habladurías cuando en Demajagua, el amigo y compatriota Carlos Manuel de Céspedes se alza contra el colonialismo, sin esperar la fecha prevista. Muchos llamaron a Céspedes oportunista, Perucho selló el compromiso, más allá de la amistad, con Cuba, y manifestó que con el del primer amanecer independiente, iría a la Gloria o al cadalso.

De su propia mano prendió fuego a la elegante casona frente a la Plaza Isabel II, al fuego fueron las ricas telas, los hermosos muebles, el piano, tantas tardes de risas y juegos con sus once muchachos. Trocó la vida de dinero y posesiones, holgada y tranquila, por otra de inquietud como la cambian los que de los que buscan la verdad. Esa también es otra de sus grandes lecciones de vida.

Y ni siquiera eso escatimó, ! La vida! Lo dijo en La Bayamesa que entonamos con fuerza y orgullos cubanos, y lo cumplió: Morir por la patria es vivir.

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