Mucho debe haber sufrido el bayamés Francisco Vicente Aguilera y Tamayo en sus últimos días de vida en New York en medio de un crudo invierno, los dolores provocados por el cáncer de laringe y las ansias de regresar a Cuba con una expedición de apoyo a la gesta de la independencia. Esta última razón que como un aguijón punzaban su conciencia de patriota incondicional había sido el aliento de sus últimos años.

La muerte de uno de los Padres Fundadores de la nación ocurrió el 22 de febrero de 1877, era el tercero y último con vida de los fundadores del Comité Revolucionario de Bayamo, núcleo gestor de la guerra por la independencia que aunó a los cubanos en Oriente más allá de los límites de la Ciudad Antorcha.

El hecho conmovió a los que conocieron al hombre de personalidad bondadosa, de impresionante estatura y sencillez, a pesar de su inmensa fortuna en pesos, fincas, casas, comercios, instituciones, ganado, industrias y sus productos.

De incorruptible y profunda vocación independentista, Aguilera se desempeñaba en 1871 como vicepresidente de la República en Armas cuando Carlos Manuel de Céspedes le asigna la tarea de viajar a norteamérica para unir a los revolucionarios en el exilio y enviar expediciones con pertrechos de armas y municiones al Ejército Libertador.

Duros, muy duros y difíciles fueron esos seis años en norteamérica, los tres primeros lejos de su esposa Ana Kindelán y de sus hijos e hijas, que particularmente amaba.

Muchas puertas tocó y fue blanco de evasivas, intrigas, traiciones, burlas, pero nada hizo mellar sus principios ni labor titánica, aún en medio de privaciones y el enrarecimiento de la situación política dentro y fuera de Cuba que terminó con el Pacto del Zanjón un año más tarde.

Cubanos y norteamericanos rindieron honores a Aguilera en su muerte. El cadáver fue tendido en el Salón del Gobernador del Ayuntamiento de New York, mientras que las banderas de Estados Unidos, de la ciudad y la enseña cubana se izaron a media asta, en señal de respeto y duelo.

En Bayamo su muerte causó dolor, y en diversos lugares de Cuba donde era conocida su participación en la guerra por la independencia, se le recordó. Sus coterráneos albergaron la esperanza de traer hasta su tierra natal las cenizas.

No fue hasta septiembre de 1910 que fueron entregados los restos de Aguilera a los enviados cubanos en New York y el 10 de octubre de ese propio año llegaron a Bayamo. En el Ayuntamiento esperaba el pueblo, flores y banderas cubanas, consternación ante los restos de quién todo lo había dado por Cuba, sin quedarse nada para si. El día lluvioso presagia la siembra de alguien bueno, como dicen los abuelos.

En el cementerio de San Juan Evangelista reposaron por tres décadas los restos de Aguilera, hasta que descendientes manifestaron el deseo de trasladarlos a Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. El pueblo bayamés, devuelve afectos y devoción del patriota e impide ese traslado. En la década de 1950 se erige el monumento de granito negro con estatua de bronce, y allí están hasta hoy los restos sagrados del millonario heroico, el patriota intachable como le llamó José Martí, quién una década más tarde sufriera en carne propia los sinsabores que padeció Aguilera en busca de apoyo para reemprender la contienda, hechos que más allá del tiempo unen a
Aguilera y Martí, en el amor infinito por Cuba.

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