Aprender a leer y a escribir fue un acontecimiento mágico. Leer me proporcionó vivir múltiples vidas, disfrutar experiencias únicas, pero escribir fue la fascinación. Cada letra un universo, cada palabra miles de palabras.

Mi madre fue una mujer excepcional y muy inteligente que facilitó cauce a mi vocación. Un día me regaló su mesa de noche para que guardara en ella mis escritos y otro, más inolvidable, fuimos a la librería  a comprar una preciosa libreta encuadernada en amarillo, sacapuntas y lápices para que copiara en ella los poemas. De eso hace más de treinta años, y ya no caben las libretas escritas en mi mesa.

También por su iniciativa recibí clases de tejido, bordado, mecanografía, piano y guitarra. Aprendí todas las labores, pero las clases de guitarra solo las soporté un año y luego abandoné el piano porque me fatigaban tantas horas de estudio. Recuerdo que muchas veces puse sobre el teclado mi libreta para escribir una idea llegada repentinamente, o tocaba una nota y me quedaba escuchando cómo el sonido se perdía en la inmensidad de la casa desierta o dejaba de tocar un vals para aspirar el perfume de las madreselvas del patio.

Desde pequeña quise ser escritora. Comencé escribiendo cuentos y leyendas acompañados por dibujos con lápices de colores a modo de ilustraciones. Ese fue mi bestseller, no hubo un niño en el aula que no lo leyera. Eran varias libretas escolares pegadas y muy bien forradas. No sé qué fue de ellas, se perdieron en los avatares de mi ingenuidad.

Luego llegó la poesía. Mi madre cultivaba rosas en un pequeño jardín. En las tardes le ayudaba a regarlas. Siempre acudían mariposas. Me gustaban las grandes, amarillas y negras. A través del tiempo era como si volvieran las mismas. Un atardecer encontré muerta junto al rosal una de aquellas preferidas. Fue como un flechazo, no pude evitar las lágrimas. Días después escribí el poema “La niña y la Mariposa” donde narro esa historia. Escribir ha sido como una ventana o una puerta que me da a la esperanza y la posibilidad de algo mejor.

Muchos escritores, artistas, críticos, han tratado sobre la creación poética y así de disímiles han sido las opiniones. He decidido redactar las mías, pues imagino que cuanto diga tendrá puntos coincidentes y divergentes con esas opiniones.

El acto creador es único e irrepetible. Cada obra de arte es resumen y punto de partida de futuras obras e interpretaciones. En mi caso no preciso condiciones  “especiales” para escribir pero si de cierto equilibrio. Es como si tuviera en el cuerpo una balanza, un extremo en mí y el otro en la naturaleza, en el medio, en el universo. Si el medio es agresivo se pierde el equilibrio y sucumbe el acto creador. Caigo entonces en una especie de abulia y rechazo a cuanto me rodea. No puedo tener discusiones, conversaciones desagradables ni análisis improductivos, cosas difíciles de evitar en esta etapa.

ALGUNOS DE MIS LIBROS
Amarte sin saber el día. Editorial El Arte, Manzanillo, 1984.
Siguen el vuelo del ave. Colección La Barca de Papel. Ministerio de Cultura, La Habana, 1990.
Pongo de este lado los sueños. Ediciones Caserón, 1990.
Unicos paraísos. Colección La Rueda Dentada. Editorial Unión. La Habana, 1996.
Los más bellos bisontes de la tierra. Colección La Tinta del Alcatraz. Toluca, México, 1997.
“Amargo ejercicio”, Ediciones Bayamo. Selección de poemas de amor, 2000.
“Los cuentos de la tía Altica”, cuentos para niños, Ediciones Bayamo, 2000.
“Mágico acertijo”, poesías para niños. Editorial Oriente, 2000.
Piel de Flamboyanes, Ediciones Las Tunas, 2003.
Libro de Isabeat, Ediciones Las Tunas, 2003.
Arena del Tiempo, Ediciones Bayamo, 2003.
El Llanto de Dios. Editorial Oriente, 2005.
Un Abanico es la noche. Ediciones Bayamo, 2005.
Trébol de la suerte. Diputación de Córdoba, España, 2006.
Una mujer puede andar. Antología trilingüe Ediciones ambos mundos, Murcia, España, 2006.

Para escribir debo de tener equilibrada la balanza y sentir una sensación de armonía. Entonces es como si en todo hubiera música. Percibo la ternura de las hojas, los cambios de la luz en las diferentes horas, el intenso azul del cielo de mi país, el rumor de agua, ese sonido que se pierde en mi noción de la memoria. Yo que nací a la orilla del Bayamo, ¿acaso no fue rumor de agua lo que oí? Contemplo árboles en sus mínimos detalles y los comparo con el mar, ¿no son acaso ellos también una profundidad?

Me agrada tener hojas o flores naturales en la mesa donde escribo, piedras de río, caracoles, algunas hojas secas, y hacerlo sobre papel blanco, pues mientras más lo sea mayor será la tentación de escribir sobre él. Puedo crear a cualquier hora, pero si pudiera escoger me quedaría con las mañanas. Empezar siempre amaneciendo e ir avanzando hacia la luz del mediodía y extender bajo ellas las hojas manuscritas. Generalmente escribo con tinta, pero a veces la idea es caprichosa y me llaga a lápiz; directamente  a máquina me resulta imposible.

Escribir versos me hace feliz y generalmente el poema llega completo, como si lo viera. A veces no tengo idea de lo que hago hasta que pongo el punto final y leo lo escrito. Puedo pasar días y hasta meses sin hacerlo, pero de pronto una oleada me hace escribir hasta varios en un día.

Debo tener también una dosis de nostalgia o de tristeza y escribo más a gusto en días nublados o fríos que en los calurosos, pero siempre lo hago para salvarme, por humana urgencia, jamás por encargo. No se puede hablar de lo que no se vive, de lo que no lacera la carne o el espíritu.

(Tomada del sitio Claustrofobias)

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