Todavía nos duele aquel domingo. Más debieron sufrirlo los hombres que, reunidos con inmenso entusiasmo en Vuelta Grande, habían visto discursar a Martí ese 19 de mayo, cuando se había producido el esperado encuentro entre tres grandes: Bartolomé Masó, Máximo Gómez y el Delegado.

Los tres arengaron a las tropas y provocaron la euforia colectiva, aunque casi todos los testigos aseguran que las palabras del Maestro fueron las que más calaron en los pechos de los independentistas. Muchos lamentaron, como Manuel Piedra Martel —uno de los presentes—, que dicha pieza oratoria no haya quedado escrita para la posteridad.

«Habló del espíritu de la Revolución: sus procedimientos —según él— debían ser humanos y generosa su finalidad (…) entró luego en consideraciones sobre lo que debía ser la República, poniendo de manifiesto sus geniales dotes de estadista», redactó Piedra en el libro Mis primeros 30 años.


Lo cierto es que era tal la exaltación entre los mambises que el Generalísimo, después de la alocución del Apóstol, decidió no esquivar la cercana hueste del coronel español José Ximénez de Sandoval y entablar desigual combate, en las cercanías del río Contramaestre.

Resulta comprensible entonces la actitud temeraria del Hombre de la Edad de Oro, quien desobedeció la orden de «Hágase usted atrás», dada por Gómez, y se lanzó a la batalla acompañado del joven Ángel de la Guardia. ¿Cómo quedarse en la retaguardia después de una arenga tan vehemente y solo 14 días después de los desacuerdos con Antonio Maceo en la reunión de La Mejorana? Su lugar, entendía, era el del peligro.

«A la Vuelta Grande, en donde encuentro al general Bartolomé Masó con más de 300 jinetes —y Martí y mis ayudantes. Pasamos un rato de verdadero entusiasmo. Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero amor y espíritu guerrero, ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro y que la desgracia preparaba a nosotros, y para Martí, la más grande. Dos horas después nos batíamos a la desesperada con una columna de más de 800 hombres, a una legua del campamento, en Dos Ríos», contó el Generalísimo en su Diario.

Nos falta el alma del levantamiento

En realidad la acción del 19 de mayo de 1895 fue una escaramuza militar, pero significó una inmensa tragedia para la nación cubana, pues el único caído en combate, abatido por tres disparos, fue precisamente el mayor general José Julián Martí Pérez, a quien muchos ya llamaban «Presidente».

Manuel Piedra Martel describió el desconcierto generado en la manigua después del intento infructuoso de rescatar el cuerpo del héroe de este modo: «Atardecía cuando llegamos a acampar otra vez, agobiados por el peso de aquel infortunio. Nadie ahora cantaba, nadie reía. Nuestras tropas, de sólito tan jacarandosas y dicharacheras, se mostraban entristecidas, y, formando aquí y allá distintos grupos, comentaban con dolorido acento la muerte del Presidente.

En tanto, el propio Gómez reconoció con pesar: «¡Qué guerra esta! Pensaba yo por la noche; que al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del levantamiento».

Muchos acababan de conocer a Martí y otros apenas llevaban días con él; y, sin embargo, todos sintieron aquella pérdida terrible.  No solo porque había muerto el organizador de la contienda sino, por encima de todo, el ser humano que seducía con su ejemplo.

Una muestra de que el Maestro despertaba simpatías de inmediato está en la frase de José Rosalío (también aparece Rosalía) Pacheco, el prefecto de Dos Ríos, quien después de llevarle «almuerzo cariñoso», con el fango a la rodilla, le dijo sincero: «Por usted doy mi vida».

Otro ejemplo de que lo querían con facilidad está en el propio Diario de Martí cuando para referirse al mencionado prefecto y al coronel Francisco Blanco (Bellito) expone: «Voy aquietando: a Bellito, a Pacheco, y a la vez impidiendo que me muestren demasiado cariño».

Mas no solo en la manigua la noticia de la caída de nuestro actual Héroe Nacional golpeó. El periódico Patria destilaba aflicción cuando en un cintillo destacó: «ÚLTIMA HORA. Al entrar en prensa el presente número recibimos la cruel certidumbre de que ya no existe el Apóstol ejemplar, el Maestro querido, el abnegado José Martí. Ha caído como un soldado».

Las últimas horas y un homenaje

Los últimos diez días de Martí transcurrieron en Dos Ríos y sus alrededores, con campamentos en Travesía 1, Travesía 2, Vuelta Grande o La Jatía, en los que redactó circulares y varias cartas, entre las que se cuenta la inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado. Ese corto tiempo bastó para que se ganara el afecto de los moradores de la comarca —no tantos entonces— y el de los soldados insurrectos de la tropa de Jiguaní.

Por eso, su temprano deceso hizo nacer versos de indignación en la zona, como los recogidos en 1983 por el prestigioso historiador Hugo Armas Pérez de boca del mambí Jesús Pérez Maldonado, quien vivió más de 100 años.

«¡A esgrimir el machete insurrecto/ ¡Guerra muerte a la pérfida España!/cuya inmensa ambición, cuya saña/nuestro edén en brutal convirtió/ No haya tregua… luchad con denuedo/en maniguas, ciudades y llanos…/ ya no pueden caber los tiranos/ donde el noble Martí sucumbió», dice la composición, a todas luces imperfecta.

«En esta región se quedaron en la tradición oral varios versos sin mucho lirismo, pero que hablaban de la inmensa admiración por Martí. Incluso, los pobladores de Dos Ríos conservan distintas versiones sobre las últimas horas del Apóstol», comenta el investigador.

Entre esas leyendas con visos de realidad está la de «la botella con sangre», que presuntamente enterró Emilia Sánchez —esposa de José Rosalío Pacheco— en el lugar exacto de la muerte del autor de Nuestra América y  que luego serviría para levantar el monumento de Dos Ríos.

Enrique Loynaz del Castillo en su Memorias de la guerra relató que el 10 de octubre de 1895 llegó a este lugar con la misión del presidente de la República en Armas, Salvador Cisneros Betancourt, de determinar con información local dónde había caído el Apóstol. Fue Pacheco quien lo llevó al sitio fatal diciéndole: «Vea todavía la huella del cuchillo por donde arranqué a la tierra el charco de sangre coagulada para guardarla en un pomo».

En ese espacio, entre un dagame seco y un inmenso fustete, a unos 150 metros de la casa de los Pacheco-Sánchez, se levantó una cruz de caguairán y se enterró una botella con un acta.

Y en el verano de 1896 ocurriría uno de los más hermosos homenajes a Martí en toda nuestra historia. Máximo Gómez, al frente de más de 300 hombres, entre ellos Calixto García, pasó por ese lugar señalado de Dos Ríos.  Después de mandar a chapear la yerba que tapaba la cruz ordenó que cada mambí tomara al menos una piedra del río Contramaestre y la depositara solemnemente donde ofrendó su vida el Maestro.

Fermín Valdés Domínguez, el amigo de Martí desde la adolescencia, estaba allí. Qué hermosa coincidencia. Él nos dejó unas estremecedoras líneas sobre esa jornada de tributo, que hablan del amor al Maestro. «Al pasar el río Contramaestre nuestro querido general Gómez echó pie a tierra y cogió unas piedras de su margen, todos lo imitaron y conmovidos cargaron las suyas. Pronto llegamos al lugar a donde nos congregaba el heroísmo. Allí había una cruz de madera y en la tierra una excavación en donde se colocaría un madero que serviría de señal para el monumento que con las piedras que habíamos traído debía patentizar el recuerdo y el amor al soldado mártir, de los compañeros y discípulos allí presentes», narró.

Y más adelante apuntaría: «Momento solemne fue entonces aquel en que el anciano ilustre, el bravo general se descubrió y con frase enérgica, con acento sereno y lágrimas de amor en sus ojos relampagueantes habló a los cubanos, sus compañeros en la lucha tenaz y vencedora por la independencia».

El actual obelisco de 16 metros cuadrados, que recuerda al Héroe Nacional, tiene fundidas a la base esas piedras gloriosas colocadas por Gómez, Calixto, Fermín y todos aquellos patriotas estremecidos. Desde las rocas, rodeadas de rosas, desde el viento y las palmas, Martí nos sigue recordando que su caída, de cara al sol, no fue el final.

Fuentes: Dos Ríos a caballo y con el sol en la frente, de Rolando Rodríguez (2002); Mis primeros 30 años, de Manuel Piedra Martel (2001); Memorias de la guerra, de Enrique Loynaz del Castillo (1989); Diario de campaña 1868-1898 (1940); La última semana de Martí, de Grabriel Cartaya López (en revista La Plata, enero-marzo, 1989); José Martí: De Travesía a Dos Ríos, de Hugo Armas Pérez (en periódico La Demajagua, 19 de mayo de 2018).

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