Severo pero justo, parco pero tierno, recio pero amante de la libertad y con ojo alerto para descubrir el talento y la fidelidad a la causa independentista cubana, entra el dominicano Máximo Gómez Báez en la Historia de Cuba, para quedarse como uno de los más queridos, respetados, admirados y valiosos héroes del panteón nacional.

Su muerte, el 17 de junio de 1905 en La Habana, víctima se septisemia, es una paradoja, una burla del destino a quién esquivó tanta bala y peligro en medio de cruentos e incontables combates y batallas a lo largo de tres décadas de conflagración independentista.

Bien ganado el lugar del Viejo, o Chino Viejo, como lo llamaron los más cercanos, a quién se dió a conocer tempranamente como jefe militar e implacable con la indisciplina. En sus tropas, tanto soldados, como los prefectos mambises serían condenados a duras penas y castigos por delitos como el robo y abusos a campesinos y traición. Para las llamadas indisciplinas menores, no relacionadas con cobardía, les deparaba el cepo mambí o el paso a la impedimenta. Los cobardes debían avanzar solos hacia las filas enemigas y procurarse armas, un uniforme y parque.

No llegó viejo de su natal Baní. La de barba y bigote plateado es la imagen más popularizada y conocida. Sin embargo llegó a Cuba cercano a los treinta años, viril y elegante, seguro y decidido a emprender una nueva vida como agricultor y tratante de maderas, pero su instinto de justicia le hizo ponerse al lado de cubanos para pelear por la libertad.

Es uno de los mambises que más anécdotas tiene, algunas se transmiten de forma oral, otras en su diario de campaña donde no se permite largas explicaciones, sin embargo hay espacio para todo lo trascendente y detalles que van haciendo la vida y descubren, además del gran estratega militar y político, a un gran hombre de sentimientos y padre de familia excepcional.

Mucho hay por descubrir aún de Gómez, mucho por honrar su memoria y hablar de su proverbial carácter y su sentido de pertenencia a Cuba.

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