Hace dos siglos, el 23 de junio de 1821 en Bayamo nació Francisco Vicente Aguilera y Tamayo, quien junto a Carlos Manuel de Céspedes conforman la pléyade de seres extraordinarios de opulenta cuna que lo sacrificaron todo por ver independiente y convertida en Patria la tierra que por derecho de patrimonio podían hacer suya.

Ese día, en la casona del centro de la ciudad celebraba el padre, Antonio María Aguilera, rico hacendado, el nacimiento de su hijo y el buen estado de salud de la madre, su esposa Juana Tamayo Infante , también proveniente de una familia acaudalada y de una belleza proverbial .

No podía esperar mejor destino a la familia Aguilera Tamayo que daba la bienvenida al vástago en una época de prosperidad, en la que se acrecentaba su patrimonio a la par de los mejores tiempos que disfrutaba la villa señorial de Bayamo, en la cual se erigían palacios con que los ricos de la zona emulaban con la capital de la colonia.

Aunque el destino no fue tan benigno con la familia y en 1834 murió repentinamente Antonio María Aguilera y su hijo, con solo 13 años, tuvo que enfrentar la atención de los negocios de la familia junto con su progenitora, de quien se dice tenía un carácter muy fuerte.

El joven Francisco Vicente demostró un extraordinario talento para los negocios y multiplicó la riqueza heredada, por lo que se convirtió en uno de los más exitosos hacendados de la región oriental en la segunda mitad de siglo.

Contrajo matrimonio con Ana de Quindelán, hija de un brigadier español, lo cual favoreció el incremento de la fortuna y su ascendencia en la sociedad colonial y sus intereses se extendieron a las actuales provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo; y hasta tuvo que rechazar la pretensión familiar de comprar en la corte española un título de Conde.

Un ideal muy diferente al de aspirar a un fatuo título nobiliario tomaba forma en el pensamiento del joven: la independencia de su Patria, no como salida a una supuesta quiebra, en momentos en que sus ingenios comenzaban a producir con innovaciones modernas del vapor y sus haciendas rendían al máximo.

Integró como dirigente el Comité Revolucionario de Bayamo y el Oriente en 1867 y en su residencia y la de Perucho Figueredo se reunieron y compusieron la marcha guerrera La Bayamesa, junto a Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Maceo Osorio, entre otros integrantes del futuro alzamiento del 10 de octubre de 1868, al que se sumó entre los primeros.

No aspiró al poder y rechazó la división de las filas revolucionarias y expresó ante los dudosos la frase de “Acatemos a Céspedes si queremos que la Revolución no fracase”.

Manuel Sanguily escribió sobre él: “No sé que haya una vida superior a la suya, ni hombre alguno que haya depositado en los cimientos de su país más energía moral, más sustancia propia, más privaciones a su familia adorada, ni más afanes ni tormentos del alma”.

Fue nombrado Mayor General, Secretario de la Guerra, General en Jefe del Ejército de Oriente y vicepresidente de la República de Cuba en Armas hasta que en 1871, cuando ocupaba esa última responsabilidad, se trasladó a Estados Unidos con el encargo de unir a los emigrados y aumentar el envío de recursos.

Esa misión se haría casi imposible de cumplir por la acción del gobierno norteamericano, aliado a España en la coincidencia de intereses temporales que los unía en mantener el dominio colonial sobre Cuba, lo que consideraba Washington como más beneficioso hasta poder anexarse la Isla en un futuro.

A pesar del cáncer en la garganta que padecía y casi sin recursos para subsistir, Francisco Vicente Aguilera fue fiel a los ideales de su juventud hasta su muerte ocurrida un crudo día invernal, el 22 de febrero de 1877 en Nueva York , cuando dejó de existir el patriota de quien José Martí dijo era “el millonario heroico, el caballero intachable”. (Por Jorge Wejebe Cobo, ACN)

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