UN LECTOR nos pregunta sobre la posibilidad de que los Juegos de la XXXII Olimpiada quedaran cancelados definitivamente.

Lo hace preocupado por la situación actual, en que comienzan a saltar casos positivos de atletas, oficiales y periodistas a poco de arribar a la sede o una vez acá.

Hay una historia romántica al respecto, y no la deslegitimo para nada, en que se narra cómo Tokio, Japón y el Comité Olímpico Internacional (COI) acordaron en la primavera de 2020 que la cita sería pospuesta y no cancelada.

Poco después Thomas Bach, titular del COI, aseguró que Tokio 2020 se convertiría en una luz al final del túnel, inspirado en el anhelo de que a estas alturas la pandemia estuviera derrotada o casi.

Seamos sinceros y reconozcamos que todos creímos lo mismo, aunque nada más lejos de la verdad a juzgar por los acontecimientos.

Hoy, en la primera jornada de la 138 Sesión del COI, en esta urbe, Bach ha revelado algo más: «Hubo dudas cada día y muchas noches en vela. Como el resto de la gente en el mundo, no sabíamos lo que iba a deparar el mañana».

También abordó su estrategia de silencio: «decidimos no expresar esas dudas porque habrían contribuido al ambiente de incertidumbre; las dudas se habrían terminado por convertir en una profecía autocumplida y los Juegos de Tokio habrían saltado por los aires».

Tales declaraciones del líder alemán suman emociones al debate sobre si Tokio 2020 era y todavía es pertinente, partiendo de cuestiones más que objetivas.

De un lado, la complejidad de los procesos clasificatorios, algunos de los cuales se “bailaron” los sueños de muchos atletas, sobre todo provenientes del llamado Tercer Mundo. Por otro, la definitiva cancelación del público en las instalaciones, que dejará a los organizadores sin importantes ingresos financieros y a la fiesta sin fiesta.

Finalmente está el ambiente que se vive acá en este momento, asunto que resumo (queriendo equivocarme) como los “juegos ajenos”. Es decir, Tokio no parece enterarse de un suceso como este, salvo cuando arribas a las áreas en que sucederán las competencias.

El COI habla del Modelo Tokio y no dudo que sea práctico, eficiente y necesario, pues frente a la postura de cancelar y cancelar hasta que la covid se marche debe existir un modo en que la humanidad pueda seguir adelante y no se cobre los sueños de generaciones enteras.

Ahora bien, todo lo anterior explica una parte de las razones por las cuales los Juegos de Tokio serán una realidad. La otra es más difícil de manejar públicamente para el COI, para Tokio y para Japón.

Sepamos que la cadena estadounidense NBC Universal ya ha pagado más de 12 mil millones de dólares por la emisión de los juegos olímpicos de invierno y verano entre 2014 y 2032, cuya sede conoceremos este martes y todo apunta a Brisbane.

Esa cifra representa el 70 por ciento de los ingresos del COI y el negocio está asegurado, pues estudios de audiencia hablan –por ejemplo- de que en los venideros 19 días se transmitirán unas 7 mil horas de televisión hacia un público cercano a los 4 mil millones de personas. La pandemia, en ese punto, incluso ayuda y bien lo saben el COI y la NBC.

Adicionalmente, el COI tiene en sus manos el negocio del patrocinio, que reporta sumas considerables.

Entiéndase que no la emprendo contra el modelo financiero del COI, que desde la década de 1980 comprendió que su gestión debía ser rentable para salvar las citas bajo los cinco aros y poder ayudar a los comités olímpicos nacionales.

Sin embargo, la historia resulta diferente para las ciudades anfitrionas, pues han de construir sedes de ensueño y asegurar una logística colosal, al tiempo que establecer vías eficientes para la monetización del evento y el legado social.

Sin tener confirmación, solo referencias, cabe pensar que Tokio 2020 no dejará las ganancias esperadas a la sede, incluso que no le dejará ganancias. Y tampoco se recordará con orgullo o nostalgia por parte de sus habitantes. Ya sabremos…

Ahora bien… ¿Por qué seguir adelante? Por compromiso, por no renunciar a un proyecto casi consumado, pero sobre todo por el peso del contrato entre la ciudad anfitriona y el COI.

Ese documento legal, técnico y minucioso al límite, tiene por base la libre y espontánea candidatura, y establece las mayores responsabilidades para las urbes anfitrionas. Como detalle puede comentarse ahora que la figura de la posposición del evento no existía en su letra, y debió acordarse entre las partes como la mejor salida al problema.

Lo que sí existía era la cancelación, que dejaría a Tokio ante un cúmulo de indemnizaciones y litigios que mejor ni hablar.

Entonces, la solución ideal eran los Juegos, son los Juegos, lo más seguros y eficientes posibles. Aunque le cueste creerlo, encender el pebetero se antoja la mejor opción para atletas, federaciones y organizadores. No hay magia, ni romanticismo.

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