La alerta sobre las posibilidades de la selección de Cuba en la recién finalizada III Copa del Mundo sub-23 años, ya la habíamos dado antes de la salida del equipo hacia Sonora, México: traer una medalla será bien complicado por el escaso tiempo de preparación que han tenido sus jugadores bajo la égida del mánager espirituano Eriel Sánchez.

Además, pedíamos prudencia a la hora de dar un vaticinio porque ese adiestramiento estuvo vinculado con el necesario protocolo sanitario por la situación epidemiológica del país por el tema COVID-19. Y coincidentemente, el trabajo del colectivo se hizo en terrenos de dos de los territorios más afectados: primero en Sancti Spíritus (estadio José Antonio Huelga) y luego en La Habana (Parque Latinoamericano).

Pero hay más. Esos 24 jugadores que acudieron a la convocatoria no veían un terreno de pelota desde que finalizó la temporada beisbolera y, como el resto del mundo, tampoco había estado exento de tribulaciones en el tema de los viajes a otras naciones. Los cubanos no pudieron efectuar siquiera un tope de confrontación con otras escuadras foráneas.
A eso también le podríamos añadir que los restantes equipos, ya sean europeos, asiáticos o de nuestra propia área geográfica, sí tenían en activo a sus jugadores. Entonces, eran bien escasas las opciones para Cuba de meterse en el medallero.

En nuestro análisis antes de la partida también citamos que había calidad en ese grupo de atletas; pero explicamos que, realmente apenas había dos con el talento apropiado para, con su corta edad, incluirse en una selección cubana de adultos. Y nos referíamos a los ejemplos del jardinero espirituano Geysel Cepeda, y al lanzador capitalino Bryan Chi.

Por eso, considero que es plausible un cuarto lugar para un grupo que, con las incidencias antes citadas, también vio como 12 de sus compañeros, sin el menor decoro y en busca de los llamados «cantos de sirena», abandonaron la delegación. Al extremo de que en el juego por la disputa del bronce contra Colombia, el mentor cubano no pudo sacar a ningún emergente en busca de un batazo remolcador.

Más allá de las cinco victorias y tres derrotas de saldo, el evento fue propicio para que técnicos y directivos viesen cómo, torneo tras torneo, se repiten los mismos problemas en los equipos nacionales de béisbol: poca concentración en el cajón de bateo, pésima selección de lanzamientos por el apuro mostrado para pegarle a la pelota, demasiadas conexiones por el cuadro, entre otros.

No obstante, ese cuarto lugar alcanzado le tributó a Cuba 453 puntos para el ranking de la Confederación Mundial de Béisbol y Softbol. Así, los cubanos deben permanecer -o mejorar su ubicación-, en el lugar 11 cuando se conozca el nuevo listado del orbe, muy positivo para poder intervenir en el Torneo Súper 12 del próximo año.

Por José Luis López Sado

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