No hizo falta resurrección para quien no ha sido difunto, aunque en sus más recientes 54 años viva de otra manera, convertido, como advirtió Raúl Roa, «en símbolo actuante y dirigente»

Caracas, Venezuela.–De haber concretado sus intenciones la ráfaga a quemarropa que pretendió dejarlo sin vida en La Higuera, resucitarlo apenas habría demorado un segundo: el que sobrevino al asesinato execrable.

Si de veras estuvo muerto –posibilidad improbable–, solo una microfracción de tiempo hubo de permanecer el Che así. El oleaje de los días nos empapa de esa verdad que bulle, como océano inquieto, en este mundo dispar.

No hizo falta resurrección para quien no ha sido difunto, aunque en sus más recientes 54 años viva de otra manera, convertido, como advirtió Raúl Roa, «en símbolo actuante y dirigente».

Elaine Gómez ve su aporte como «una partícula» apenas. Su historia es la de cientos de miles de compatriotas que, en más de seis décadas, con la tiza y el borrador, el estetoscopio o la pinza quirúrgica, o con los fusiles cuando ha hecho falta, han dejado trazas de hermandad en disímiles latitudes.

De sillones móviles en cualquier rincón de una comunidad, de peripecias, mochila al hombro, con herramientas de estomatóloga, por los laberínticos cerros caraqueños, rememora sus travesías, riesgosas a veces. En alguna ocasión llegó a sentir miedo, dice; «pero no me detuve ni me detendré; se trata de la Salud y de alargar la vida de gente pobre, olvidadas antes de la Venezuela Bolivariana».

Al Che quieren matarlo por eso; porque él, parte y esencia de ese futuro, sobrevivió a la ráfaga asesina contra su pecho, en La Higuera.

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