Si no estuvieras presente en cada acto y tu pensamiento no acompañara la vida cotidiana de este país ―colmado de alegrías y tristezas, pero siempre resiliente y victorioso ante las adversidades―, tal vez aceptara, después de cinco años, que has muerto.

Desde aquella noche del 25 de noviembre de 2016 en que desperté sobresaltado ante el anuncio de tu partida, me formé conciencia sobre tu paso a la inmortalidad. Y ahí estás, con esa luz distintiva, guiando el destino de tu pueblo, contemplando con orgullo la continuidad que formaste.

No acepto tu partida, aunque una instantánea me recuerde el momento en que, vestido de correcto uniforme militar, te rendí honores durante 15 minutos en el Comité Provincial del Partido en Ciego de Ávila y, desde la tristeza y el silencio sepulcral, ratifiqué el compromiso de homenajearte todos los días, con hechos, palabras y el ejemplo personal.

Recuerdo la desolación de mi pueblo ―tu pueblo― cuando agrupado a un lado de la Carretera Central aguardaba tu retorno a Santiago de Cuba, la tierra desde donde una vez partiste hacia la capital junto a los otros barbudos, con la victoria prometida y conquistada, con sobrado ímpetu para cumplir el programa del Moncada.

Yo estaba allí, tratando de abrirme paso entre las personas congregadas para decirte: “¡Hasta siempre!”. Vi pasar la caravana que transitaba en sentido inverso a la que condujiste al triunfar la Revolución; vi llorar a mucha gente, incluso a quienes, aferrados a estereotipos, aseguraban que los hombres no lloraban.

Vi pasar la caravana, sentí angustia, dolor ¡y lloré!; sin embargo, al ver aquel pequeño ataúd me resistí a creer que tú, con tu inmensidad (en el sentido más amplio de la palabra), ibas en un espacio tan reducido.

Ni siquiera me convencieron las cinco letras consignadas a un lado, porque no había, ni hay, forma de comprender que un hombre con tu altitud, física y de carácter, viajara allí.

Y reviví esa sensación en el Cementerio de Santa Ifigenia, frente a la gigantesca roca donde dicen que descansas (y lo expreso así porque tampoco creo que los hombres como tú descansen). La detallé, una y otra vez, con paciencia y sin pensar en la fila que aguardaba detrás para ocupar mi posición, pero tampoco entendí que allí había lugar para ti.

Los hombres de tu tamaño no mueren ni hay sitio limitado para ellos. Confirmo a diario que tu espacio sigue siendo el de todos y ocupas la inmensidad de un país y un mundo en el que no has dejado de obrar en honor al compromiso que contrajiste con tu pueblo, con la humanidad toda. (Por Román Romero López, ACN)

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