Hay acontecimientos que lejos de ser empequeñecidos o borrados por el tiempo, la historia los fija, los resalta y los reconoce en su justa dimensión. El 30 de noviembre de 1956 es un ejemplo elocuente.

Por su trascendencia, los sucesos de esa jornada han tenido prolijos acercamientos historiográficos, aunque en su mayor parte dispersos y con predominio del género testimonial. Sin embargo, varios aspectos relacionados con la planificación y ejecución de esa acción heroica deben seguir siendo estudiados y revisitados en nuevos empeños investigativos. Resulta necesario, por ejemplo, reevaluar el alcance de sus objetivos, que iban más allá del apoyo al desembarco del yate Granma.

La estrategia del Movimiento 26 de Julio, desde su fundación en junio de 1955, representaba una novedad con respecto a las conspiraciones castrenses, atentados y acciones putschistas en la capital que caracterizaban la actividad de otros sectores insurreccionales. El 26 de Julio centraba su política en la participación protagónica del pueblo, en el desarrollo de operaciones armadas que, junto al paro organizado de los trabajadores, propiciaran un levantamiento insurreccional popular.

Si “una revolución, a diferencia del putsch militar, es obra del pueblo”1,  la concepción de lucha de la organización le otorgaba un papel central a las masas populares en las tareas del estallido insurreccional que estaba fraguando:
[…] preparar al país para la Revolución en grande sin posibilidades de fracaso; dar las consignas que en todas partes deben seguir las masas, cuando estalle como una tempestad la rebeldía nacional, para que los destacamentos de combate, bien armados y bien dirigidos y los cuadros juveniles de acción y agitación puedan ser secundados por los trabajadores de todo el país organizados desde abajo en células revolucionarias capaces de desatar la huelga general.2

A finales de 1956 el MR-26-7 buscaba derrocar la dictadura con el esfuerzo de todos en una gran batalla, a través de una estrategia de insurrección y huelga general: “[…] todos tenemos algo que hacer en la gran batalla que se avecina, pues el esfuerzo de todos unidos liquidará a la tiranía. No haremos una insurrección de grupos como quisieran los agentes del gobierno, no; esto nuestro es una revolución de pueblo que convoca a la Insurrección y a la Huelga General”.3

Vista desde esta perspectiva, la consigna “en el año 1956 seremos libres o seremos mártires”4 era una expresión literal, no figurada. Quería decir exactamente lo que decía, esto es, que en 1956 se desembarcaría en Cuba para producir una explosión insurreccional que intentaría el derrocamiento de la dictadura, aún a costa de la propia vida. Por eso en la “Carta de México”, el pacto firmado el 29 de agosto de 1956, la Federación Estudiantil Universitaria y el MR-26-7 reiteraron como estrategia coincidente de lucha “la insurrección secundada por la huelga general en todo el país”, y consideraron “propicias las condiciones sociales y políticas del país, y los preparativos revolucionarios suficientemente adelantados para ofrecer al pueblo su liberación en 1956”5. O sea, creían que existían las condiciones en ese año, no para iniciar la batalla por la libertad, sino para obtenerla.

Antes de concluir 1956, Fidel debía desembarcar en Cuba al frente de una expedición armada, cuya intención primaria no era emprender una guerra de guerrillas rural de largo aliento, que fuera avanzando progresivamente desde el campo hacia las ciudades, sino desatar acciones violentas, sabotajes, disturbios y huelgas en todo el territorio nacional, hasta conseguir el colapso de la dictadura. Esta estrategia insurreccional buscaba paralizar el aparato represivo del régimen, y movilizar y armar al pueblo para la toma del poder.

Fidel Castro, héroe del Moncada, prisionero de Isla de Pinos, entrena a un grupo de expedicionarios que tiene como misión alcanzar las costas de Oriente, iniciar el incendio revolucionario de la provincia y separarla del resto de la Isla en un primer momento o avanzar inconteniblemente, de acuerdo con las condiciones objetivas, hasta la propia Habana, en una sucesión de victorias más o menos sangrientas.6

En un testimonio brindado en los primeros días de enero de 1959, Faustino Pérez explicaba el plan de Fidel al desembarcar el Granma:
Inicialmente pensó desembarcar en Niquero la madrugada del 30 de noviembre; Crescencio Pérez, con camiones y un centenar de hombres, esperaría por nosotros. Tomaríamos Niquero y saltaríamos sobre Manzanillo, a la par que en Santiago estallaba la rebelión. A partir de ese instante, comenzaría a funcionar un proyecto de agitación y sabotajes que culminaría en la huelga general.7

Otro expedicionario del Granma, Pedro Sotto Alba, reafirma en las notas de su diario que esa era la operación proyectada:

[…] el 30 oímos por radio que en Santiago se habían lanzado, y que gentes de nosotros estaban patrullando las calles […] El Comandante dijo que el plan de él era tomar Manzanillo, pero como estábamos nosotros no resistíamos un combate fuerte y decidió tomar Niquero.8
En líneas similares lo había expuesto el periodista Herbert Matthews, quien publicó la primera entrevista realizada a Fidel Castro en la Sierra Maestra: “El plan consistía en desembarcar por Niquero, reclutar hombres, y ensayar un ataque contra el gobierno”.9

Lo que debió ponerse en práctica el 30 de noviembre de 1956 era un plan de levantamiento nacional, con acciones insurreccionales en casi todo el país, acompañadas de una huelga general, cuya intención era no solo distraer fuerzas para facilitar y apoyar el desembarco del contingente expedicionario, sino producir un estallido popular que derrocara la dictadura: “Antes del desembarco del Granma predominaba una mentalidad que hasta cierto punto pudiera llamarse subjetivista; confianza ciega en una rápida explosión popular, entusiasmo y fe en poder liquidar el poderío batistiano por un rápido alzamiento combinado con huelgas revolucionarias espontáneas y la subsiguiente caída del dictador”.10

Todas las evidencias señalaban, tal como lo mostró luego la realidad, y tal como le advirtió Frank País a Fidel en su último viaje a México, que no estaban creadas las condiciones para coronar con éxito un plan tan ambicioso: “Cuando hablamos por última vez en México te dije que no creía en la organización existente en Cuba, en el trabajo obrero realizado para la Huelga General, ni en la eficacia de los cuadros de acción, pues estaban indefensos, impreparados y sin acoplar”.11 Aun así, el líder exiliado persistió en la idea de seguir adelante con la puesta en práctica de su proyecto, por el costo político que podía tener incumplir la promesa de ser libres o mártires en 1956.

Nuestra máxima figura a pesar de peticiones nuestras de que prolongara un poco más la fecha de su llegada porque no habíamos podido situar todo lo mínimo necesario a todo el mundo, estimó que era más importante aprovechar la conmoción de este año y que si lo prolongábamos, perderíamos esta conmoción y no lograríamos ganar en organización y equipos.12

De cualquier manera, frente al riesgo cierto de que no fuera posible el levantamiento insurreccional acompañado de huelga general en el resto del país, el grado de organización alcanzado en Oriente podía garantizar al menos allí un nivel indispensable de apoyo, y el material bélico llevado en la expedición podía multiplicar rápidamente la cantidad de hombres sobre las armas.13 Otra vez, como en los planes del 26 de julio de 1953, debió haber sido Santiago de Cuba el centro de un poder insurgente consolidado en la provincia oriental, para luego ir extendiéndose en dirección a occidente. Por eso, Armando Hart a inicios de 1957 se refería a una “Proclama revolucionaria” que habría servido de norma de conducta “al Gobierno Revolucionario de Oriente tras la toma de Santiago el 30 de Noviembre y la ocupación de Niquero y Manzanillo el 2 de Diciembre por el destacamento especial comandado directamente por Fidel Castro”.14

La relativa cercanía de la Sierra Maestra proveía, también como el 26 de julio de 1953, la alternativa segura en caso de fracaso del plan, para continuar desde allí el combate, ya con formato guerrillero. La subida a la Sierra Maestra y el inicio de la lucha guerrillera fue la respuesta prevista ante la eventualidad de un revés, no el propósito inicial de la expedición:

[…] lo nuestro no fue un desembarco, fue un naufragio. En cuanto a la táctica a seguir y al hecho de tener que subir a la Sierra, se fue improvisando sobre la marcha. Como es sabido, teníamos que desembarcar coincidiendo con la huelga de Santiago de Cuba, pero una traición en México, primero, y el mal tiempo, después, retrasaron nuestra llegada y desbarataron nuestros planes. Pero teníamos que llegar a Cuba y llegamos y lo que nunca falló fue nuestra decisión; el ánimo de los hombres del Granma estaba dispuesto y preparado para hacer frente a toda eventualidad. Dadas las condiciones que le señalé, teníamos que ganar la Sierra, dominarla a través de sendas escarpadas, picos abruptos, montañas, valles y vegetación, teníamos que vencerla y la vencimos.15

Aunque vistas en su conjunto las jornadas comprendidas entre el 30 de noviembre y el 5 de diciembre de 1956 pueden considerarse como una derrota, por no haberse conseguido los objetivos iniciales propuestos,16 los beneficios políticos obtenidos de ellas compensaron los costos del fracaso militar:
La falta de una verdadera unidad, de un verdadero y más acabado trabajo revolucionario, la falta de recursos y de medios bélicos, hizo que el brote insurreccional del 30 de Noviembre no tuviera el empuje necesario como para derrocar el régimen. Esta experiencia nos ha costado un saldo doloroso de mártires, pero ganamos en madurez, en conciencia revolucionaria y nos demostró lo ineficaz de muchos de nuestros procedimientos y de muchos de nuestros líderes.17

Si bien no se pudo obtener la libertad en ese momento, lo verdaderamente importante es que se cumplió la promesa de intentarlo en 1956, y Fidel y varios de sus compañeros pudieron continuar el combate desde las montañas orientales. Fue solo entonces cuando entendieron “[…] la falsedad del esquema imaginado en cuanto a los brotes espontáneos de toda la Isla” y “[…] que la lucha tendrá que ser larga y deberá contar con una gran participación campesina”.18 Si Fidel buscaba un triunfo rápido en los primeros días de diciembre de 1956, fue en el transcurso de la guerra misma cuando se fue percatando de las potencialidades de la lucha guerrillera para la causa revolucionaria. Así se lo hizo saber a Frank País en julio de 1957:

Tan claramente veo eso hoy, que si me dieran a escoger entre una victoria los días del 30 de noviembre y nuestro desembarco, o la victoria un año después, yo preferiría sin vacilar la victoria que se está gestando a través de este formidable despertar de la nación cubana. Más todavía: considero que la caída del régimen dentro de una semana, sería mucho menos fructífera que la caída dentro de cuatro meses. Aquí en son de broma, suelo afirmarles a los compañeros que no queremos una Revolución sietemesina. El espíritu renovador, el ansia de superación colectiva, la conciencia de un destino superior, están en pleno auge, y pueden llegar incomparablemente más lejos.19

El heroísmo desplegado por los combatientes clandestinos el 30 de noviembre de 1956 y por los expedicionarios del yate Granma agigantó la estatura del MR-26-7 y su líder ante los ojos del pueblo. Ya Fidel tenía a su favor haber dirigido, sorprendiendo a todos, el primer hecho armado contra la dictadura de Batista, y ahora cumplía, contra todas las probabilidades, la promesa pública de desembarcar en Cuba en 1956. Esa conducta firme y coherente en compromisos que se cumplían aun a riesgo de la vida, y en la cual los hechos acompañaban a las palabras, así como la capacidad de aportar la acción revolucionaria movilizadora, con oportunidad, le atrajeron la simpatía y la confianza del pueblo, sobre todo de los sectores juveniles que habían perdido la fe en los políticos tradicionales. El Movimiento demostró además una capacidad impresionante para reponerse y superar sus propios errores y fracasos en muy poco tiempo, a una velocidad impactante, y realizar los ajustes tácticos pertinentes. Tales elementos contribuirían, en lo adelante, a la hegemonía del 26 de Julio en el campo insurreccional antibatistiano, y a hacer realidad, en enero de 1959, el compromiso de libertad lanzado en 1955.

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    1- Fidel Castro: “Carta a la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio”, 2 de agosto de 1955, en Oficina de Asuntos Históricos (OAH): Fondo Fidel Castro Ruz.
 
    2- “Manifiesto no. 2 del 26 de Julio al pueblo de Cuba”, 10 de diciembre de 1955, OAH: Fondo Fidel Castro Ruz.
 
    3- “Año de Libertad: 1956”, en Aldabonazo, 25 de agosto de 1956, no. 2, p. 1.
 
    4-  Pronunciada por primera vez por Fidel Castro en el acto de la emigración cubana celebrado en el hotel Palm Garden, de Nueva York, el 30 de octubre de 1955. Heberto Norman Acosta: La palabra empeñada, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, t. 1, p. 317.
 
    5- “Alianza de Fidel Castro y la FEU, en México”, en Información, La Habana, 2 de septiembre de 1956, p. A-22.
    6-  Ernesto Guevara de la Serna: “El partido marxista-leninista”, en Orlando Borrego Díaz (comp.): Che en la Revolución Cubana, Editorial José Martí, La Habana, 2013, t. I, p. 311.
 
    7-  Faustino Pérez: “Yo vine en el Granma”, en Bohemia, Edición de la Libertad, 11 de enero de 1959, p. 38.
 
    8-  Pedro Sotto Alba: Diario, Copia en archivo del autor.
 
    9-  “Famoso corresponsal americano entrevista a Fidel Castro”, en Bohemia, 3 de marzo de 1957, no. 9, año 49, Sup. 2.
 
    10- Ernesto Guevara de la Serna: “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana”, en Orlando Borrego Díaz (comp.): Ob. cit., t. I, p. 293.
 
    11- Frank País: “Carta a Fidel Castro”, 7 de julio de 1957, en José Bell Lara: Fase insurreccional de la Revolución Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, 2006, p. 117.
 
    12-___________: Circular interna dirigida a los responsables del Movimiento 26 de Julio, diciembre de 1956, en William Gálvez: Frank entre el sol y la montaña, 2da ed., Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2006, p. 321.
 
    13- Katiuska Blanco Castiñeira: Fidel Castro Ruz: guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, Ediciones Abril,  Ciudad de La Habana, 2011, primera parte, t. II, p. 417.
 
    14-  Borrador de un artículo escrito por Armando Hart en los primeros meses de 1957, en OAH: Fondo Armando Hart Dávalos.
 
    15-  “Ahora empieza, dice Raúl Castro, la Revolución”, en Información, La Habana, 17 de enero de 1959, p. A-15.7
 
    16-  “Los hechos del 30 en que palpamos la realidad de las circunstancias temidas, dejaron muy maltrecha nuestra organización, desorientada y casi fuera de combate”. Frank País: “Carta a Fidel Castro”, 7 de julio de 1957, en José Bell Lara: Ob. cit., p. 117. “Después del desembarco viene la derrota, la destrucción casi total de las fuerzas, su reagrupamiento e integración como guerrilla”. Ernesto Guevara de la Serna: “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana”, en Orlando Borrego Díaz (comp.): Ob. cit., t. I, p. 293. “La realidad golpeó sobre nosotros; no estaban dadas todas las condiciones subjetivas necesarias para que aquel intento cristalizara, no se habían seguido todas las reglas de la guerra revolucionaria que después aprenderíamos con nuestra sangre y la sangre de nuestros hermanos en dos años de dura lucha”. Ernesto Guevara de la Serna: “El partido marxista-leninista”, en Orlando Borrego Díaz (comp.): Ob. cit., t. I, p. 311.
 
    17-  Frank País: Circular interna dirigida a los compañeros responsables del Movimiento 26 de Julio, 17 de mayo de 1957, en William Gálvez Rodríguez: Ob. cit., p. 386.
 
    18-  Ernesto Guevara de la Serna: “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana”, en Orlando Borrego Díaz (comp.): Ob. cit., t. I, p. 293.
 
    19-  Fidel Castro: “Carta a Frank País”, 21 de julio de 1957, en OAH: Fondo Fidel Castro Ruz.

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