El fin de una era

La muerte de Matthew Perry nos despierta ese pesar que vivimos como impropio; a fin de cuentas, no lo conocimos, pero sí
Quizá también uno se hace adulto cuando comprende que la risa y el llanto nunca pueden separarse por una línea recta y sólida Foto: Tomada de Pinterest

¿Cuándo te haces adulto? Tengo ciertas pistas: te haces verdaderamente adulto cuando en las noches empiezas a disfrutar las películas como si fueran series, porque no aguantas despierto una hora entera.

También consumes las series con disciplina estoica, un capitulito al día, nada de maratones ni adicciones; sencillamente no puedes. No te dejan el cansancio, las responsabilidades, los niños…

Así, cuando comenzamos a vivir juntos, mi esposo y yo decidimos ver la serie estadounidense Friends.

Completa, sin los saltos de cuando la pasaban por televisión, las diez temporadas.

Con Friends entrenamos la lealtad, no había mayor afrenta que seguir viendo el capítulo cuando alguno de los dos se dormía; como castigo, al día siguiente el insomne debía volver sobre lo visto.

Con Friends nos conocimos mejor: quién tiene la risa fácil, y quién  necesita todo el histrionismo y más para que se le escape una carcajada; de qué lado estamos en la ruptura de Rachel y Ross cuando supuestamente se habían dado un tiempo (no niego ni afirmo nada); cuál de los personajes nos enamoraba…

Conversamos de todo en esos más de diez meses de fidelidad absoluta con esa serie y ninguna otra.

Mi hija de cuatro años ya pedía que la pusiéramos y se molestaba mucho si cometíamos el sacrilegio de pasar la canción de inicio.

Con Friends creamos nuestro propio código de frases y situaciones, que siguen ahí, y conforman para siempre el universo particular de complicidades que toda pareja construye.

Friends nos marcó, pues aunque éramos niños en los noventa y esa sociedad tiene poco que ver con la nuestra, los valores universales que presenta y la comicidad que los sostiene son imperecederos.

Por eso la muerte de Matthew Perry, aún joven, nos despierta un pesar que vivimos como impropio; a fin de cuentas, no lo conocimos, pero sí.

Fue su arte y su talento lo que nos regaló un patrimonio que nada nos puede arrebatar mientras vivamos, ni siquiera el fin de su existencia física.

Chandler Bing, el personaje más simpático y adorable de la serie, es eterno.

Y, no obstante, no podemos dejar de pensar que las drogas y la fama aplastaron a su artífice; que durante aquellas maravillosas diez temporadas que los hicieron mujeres y hombres exitosos y muy ricos, y todavía después, él luchaba con la soledad de hacer reír desde el desasosiego y la soledad.

Quizá también uno se hace adulto cuando comprende que la risa y el llanto nunca pueden separarse por una línea recta y sólida, que todo es mucho más enmarañado.

La muerte de Matthew es el fin de una era para quienes vimos Friends sabiendo vivos a sus protagonistas e incluso sintiéndonos sus contemporáneos sin serlo estrictamente.

El camino del mito y del culto se abre, Chandler hace un chiste malo; y atesoramos más, con avaricia y ferocidad, a esa gente a la que podemos decir sin duda: estaré ahí para ti.

Eso también es hacerse adulto.

Periódico Granma

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