Fidel, perpetuidad de un ejemplo: El Granma, travesía por la patria

Dos meses después de recuperar la libertad, Fidel Castro salió de Cuba. Pasó en prisión casi dos años de los 15 a que fue condenado por el asalto al cuartel Moncada.

Sin duda, Fulgencio Batista lo prefiere en la calle haciendo oposición, a alimentar su leyenda de héroe. Era hora de parecer generoso, y decreta una amnistía.

El 15 de mayo de 1955, un grupo de moncadistas son liberados, entre ellos, Fidel.

Sin embargo, la “bondad” del tirano solo era cosmética y desde su salida del presidio se vio acosado por los esbirros, incluso, se supo que en secreto se planeaba su eliminación.

Comprendió que la única salida era viajar a México, organizar una expedición y regresar a luchar.

El pequeño apartamento de la cubana María Antonia González y de su marido el mexicano Avelino Palomo acoge a los jóvenes combatientes que comienzan a aterrizar en México.

El número 49 de la calle Emparán en el Distrito Federal entra en la historia de Cuba una noche de julio de 1955.

El plan está trazado por Fidel, quien comienza los preparativos para la organización de una expedición hacia Cuba y continuar la lucha.

Escasea el dinero y ante la falta de fondos, decide viajar a Estados Unidos.

Entre octubre y diciembre visita las comunidades cubanas de San Antonio, Filadelfia, Nueva York y Miami, donde se suceden fundaciones de clubes patrióticos y discursos.

En el de Nueva York promete: “En 1956 seremos libres o mártires”.

Habían pasado algunos meses de preparación de los expedicionarios. La embarcación se alistaba, en tanto se organizaban los abastecimientos de armas y demás suministros; todo se gestaba en silencio.

La salida no estaba aún prevista cuando Fidel recibe un informe del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, oficial de la Dirección Federal de Seguridad, donde le comunica que debe abandonar el país en 72 horas a lo sumo porque la policía mexicana estaba pisándole los talones, a partir de la ocupación de las armas que se encontraron en la casa de la calle Sierra Nevada, en Lomas de Chapultepec, ocupada por Pedro Miret, su esposa Melba Ortega y Enio Leyva.

Ante tal situación, provocada por la delación de un traidor, Fidel resuelve marcharse cuanto antes, es decir, en dos días porque es muy alto el riesgo que se corre permaneciendo más tiempo en México.

Comienzan a desalojarse las casas campamentos donde estaban los expedicionarios. Pero faltaba un documento muy importante: el permiso de navegación del barco, que debía ser expedido por la Capitanía del puerto.

De esa gestión se encarga a Antonio del Conde, el Cuate, quien esa tarde solicita un permiso de salida para la madrugada con destino a la Isla de Lobos, distante a unas 32 millas al norte de allí, para trasladar a unos amigos en un viaje de pesquería y paseo.

Con las luces apagadas, en silencio y con la prohibición de fumar, 82 hombres en una pequeña embarcación, dispuesta para menos de 20, se apretujan a bordo y zarpan a conquistar una esperanza, cada uno sumido en sus pensamientos.

El yate navega cerca de media hora para cubrir una singladura de aproximadamente 11 kilómetros hasta la desembocadura del río. Poco después se encienden las luces y los expedicionarios se abrazan jubilosos, cantan el Himno Nacional y la Marcha del 26 de Julio. Gritan ¡Viva la Revolución!, ¡Abajo la dictadura!

Fidel lo había dicho apenas unos días atrás: “Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo”.

Así sucedió.

La lluvia, el viento y el fuerte oleaje hacen mella. Los problemas se suceden. La sobrecarga abre una vía de agua en el yate que parece condenarlo a la zozobra.

Se consigue reparar, pero el exceso de peso también impide alcanzar la velocidad deseada. El lastre que se lanza por la borda es parte de las provisiones.

El agua escasea y se impone el racionamiento.

El 30 de noviembre no puede llegar el Granma a Cuba, como estaba dispuesto.

A través de la radio conocen la noticia del alzamiento en Santiago de Cuba.

También escuchan acerca de la organización de patrullas aéreas y marítimas para detectar la expedición.

El 1 de diciembre, el yate orienta la proa hacia Cuba en su tramo final. Durante el día se reparten las armas y uniformes.

En la madrugada del 2, la línea difusa del horizonte adquiere el verde de la pared vegetal que se extiende frente al barco.

En ese momento, un golpe sordo frena la nave.

Ha encallado a un kilómetro de la costa.

Tras navegar durante siete días y cuatro horas por las encrespadas aguas del Caribe, que en ocasiones alcanzaron fuerza 6, el 2 de diciembre de 1956, con las primeras luces del amanecer el yate Granma quedó encallado en un sitio conocido por Los Cayuelos, a casi dos kilómetros del lugar que tenían previsto para desembarcar.

Atrás quedaron los mareos y el peligro de ser interceptados a bordo del pequeño yate. Se escucha la voz de Fidel: “¡No podemos perder un hombre así, de ninguna manera!”.

Se desata una encarnizada lucha contra la noche y las aguas para rescatar a Roberto Roque, el expedicionario que cayó al mar desde el techo del puente, en estribor, y que fuera rescatado.

Como clarea y pronto comenzará el patrullaje aéreo, el jefe ordena abandonar el barco y ocultarse en la espesura de la selva.

Los expedicionarios ignoran que están en un manglar.

Atraviesan 60 metros de pantano, con el agua a la cintura por la intricada maraña que formaban las raíces de los mangles.

Emplean cuatro horas en llegar a la orilla.

Cuando alcanzan tierra firme, la aviación sobrevuela la zona y ametralla el Granma, donde queda el armamento pesado.

Después de una larga caminata, el 5 de diciembre de 1956, extenuados y hambrientos, los expedicionarios llegan a un pequeño cayo de monte muy cercano a la colonia cañera de Alegría de Pío.

Confiados, en la aparente tranquilidad del lugar, la mayoría de los combatientes se quita las botas en un intento de sanar sus lacerados pies.

Unos descansan mientras mitigan el hambre en el campo de caña de azúcar próximo al montecito.

A media tarde, inesperadamente, los sorprende una compañía reforzada con más de 100 soldados del ejército batistiano.

Se inicia el combate.

En el fragor de la lucha, se esfuerzan en cumplir las órdenes de hacer una retirada organizada, pero las condiciones del terreno conspiran contra ello.

La tiranía prende fuego al cañaveral para forzarlos a salir al descubierto.

Los expedicionarios comienzan a retirarse en pequeños grupos hacia las montañas de la Sierra Maestra.

El combate de Alegría de Pío cobra la vida de tres expedicionarios: Humberto Lamothe, Israel Cabrera y Oscar Rodríguez Delgado.

DEFENDER UNA CAUSA

Perseguidos con saña por las tropas del dictador, los expedicionarios intentan romper el cerco enemigo, cada vez más estrecho, y esquivar el asedio de la aviación.

El viernes 7 de diciembre asesinan a Miguel Saavedra Pérez. Al día siguiente, en un verdadero baño de sangre, son vilmente asesinados Antonio (Ñico) López; Armando Mestre; José Ramón Martínez, René Bedia, Santiago Hirsel, José Smith Comas, Miguel Cabañas, Tomás David Royo, Cándido González Morales, René Reiné García, Raúl Suárez Martínez, Noelio Capote, Andrés Luján, Félix Elmusa, Luis Antonio Arcos y Eduardo Reyes Canto.

Juan Manuel Márquez Rodríguez, el segundo jefe de la expedición, es capturado el 15 de diciembre de 1956 cuando, acosado por el hambre y la sed, deambula por inhóspitos parajes en busca de un camino que lo llevara a la Sierra Maestra.

A pesar de su ropa hecha jirones, del cuerpo debilitado y los labios agrietados, Juan Manuel Márquez conserva toda su dignidad y entereza.

Así se evidencia en el testimonio de Lorenzo Matamoros, hijo de los dueños de la casa donde fue llevado:

Entre el guardia y el delator lo trajeron aquí detenido (…) Tenía diez días sin comer y nueve sin tomar agua.

Tomaba agua del rocío de las hojas de caña y de algunas matas de cupey.

Lo sentaron aquí en este portal. La vieja mía lo llevó adentro para que se lavara y comiera algo.

Se le dieron boniatos hervidos y carne.

No podía comer porque tenía toda la boca cuarteada por la sed (…) El sargento Moreno le preguntó: “¿A qué tú viniste aquí?”.

Él respondió: “Nosotros vinimos a defender una causa”.

Pedro Álvarez: Diario de la Guerra I,

Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2010, p. 118)

Luego del interrogatorio, Juan Manuel es montado en un vehículo y, en una guardarraya de la finca La Norma, cerca del central San Ramón, Campechuela, brutalmente golpeado y dejado por muerto.

En horas de la noche, los soldados vienen a enterrarlo, mas al encontrar su cuerpo aún con vida, uno de ellos lo remata con dos disparos.

En aquellos dramáticos días, de los 82 hombres del Granma, 21 pierden la vida, Juan Manuel Márquez es el último de ellos; otros 21 caen presos y son condenados. Por azares de la existencia, 13 logran evadir el cerco y escapan de las garras del ejército batistiano.

Durante el transcurso de la lucha, 27 expedicionarios logran alcanzar las estribaciones de la Sierra Maestra e incorporarse al Ejército Rebelde comandado por Fidel Castro Ruz.

CINCO PALMAS, REENCUENTRO DE LOS HERMANOS

Tras el combate de Alegría de Pío los guerrilleros se dispersaron divididos en grupos por toda aquella zona cañera sur oriental, aún bastante lejana de la Sierra Maestra.

Entre esos grupos se encontraban los de Fidel, Raúl y Almeida, que durante varios días caminaron errantes, hasta que lograron encontrarse con los campesinos que Celia Sánchez (1) había dispuesto para recibirlos y conducirlos a las montañas.

El primero en contactar con uno de esos campesinos fue el grupo de Fidel, conformado por Universo Sánchez y Faustino Pérez.

Fueron trasladados hasta la finca de Mongo Pérez (2), en Purial de Vicana, un intrincado paraje cañero de la zona de Media Luna a donde llegaron la noche del 16 de diciembre de 1956.

Por su parte, el grupo de Raúl, Ciro Redondo, René Rodríguez, Efigenio Ameijeiras y Armando Rodríguez, también fue auxiliado por familias campesinas que lo trasladaron hasta Cinco Palmas, en Purial de Vicana.

En ese lugar, la noche del 18 de diciembre de 1956, se suscitó el reencuentro entre los hermanos de sangre y de lucha; cuando Fidel le preguntó a su hermano Raúl que cuántos fusiles traía y al contestarle este que cinco, el líder de la Revolución expresó: “¡Y dos que tengo yo, siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!”.

Esta histórica frase ha trascendido en el tiempo como premisa insoslayable del pensamiento de Fidel, quien nos enseñó a no aceptar jamás la rendición, aún ante las más adversas condiciones.

A convertir los reveses en victoria y a mantener la fe en el triunfo.

Cuando el 25 de noviembre de 2016 Fidel pasó a la eternidad, justamente a 60 años de la salida del Granma desde Tuxpan, nos dejó un infinito legado: la perpetuidad de un ejemplo.

Citas:

(1) Fidel afirmó: “Celia Sánchez, la primera en establecer el contacto entre nosotros y el Movimiento, la primera en hacernos llegar los primeros recursos, el primer dinero que nos llegó a la Sierra”. Después de haber cumplido con esas y otras misiones, Celia regresó a la Sierra Maestra en octubre de 1957, y se mantuvo en la Comandancia rebelde hasta el triunfo de la Revolución.

(2) En la finca de Ramón Mongo Pérez, hermano de Crescencio Pérez, se fueron reagrupando varios de los expedicionarios del Granma, auxiliados por colaboradores vinculados al Movimiento Revolucionario 26 de Julio.

Guillermo García y Crescencio Pérez formaban parte de los campesinos que organizara Celia Sánchez Manduley para apoyar el desembarco del Granma.

Bibliografía:

La epopeya del Granma, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2016; La palabra empeñada, Heberto Norman Acosta, tomo II, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2016; Discurso de Fidel Castro Ruz, Santiago de Cuba, 3 de diciembre del 2016.

La Demajagua

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