Pero la vida, sabia e impredecible, le tenía reservada otra historia: la de convertirse en ingeniera agrónoma e investigadora del Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov, justo a tiempo para demostrar, en este Día de la Mujer, que la ciencia cubana también se escribe en femenino y desde la tierra.
“Mi mamá y mi papá siempre quisieron que fuéramos profesionales, que tuviéramos un título”, recuerda Lisandra. Y vaya si lo ha cumplido. Con solo 27 años y cuatro de experiencia en el Instituto de Investigaciones Agropecuarias, esta joven nacida en Jiguaní, ha encontrado en el suelo —ese que muchos evitan por miedo al sol o a ensuciarse las manos— su verdadera vocación.
Desde entonces, no ha dejado de crecer. Comenzó como reserva científica y el año pasado dio un paso fundamental: alcanzó la categoría de aspirante a investigador, la primera en la carrera de un científico cubano. “Es un trabajo que nunca se termina —reflexiona—, porque todos los días hay que investigar, e investigar, e investigar. Todos los días aparece algo nuevo, como en la medicina”.
Hoy, Lisandra está vinculada a proyectos de gran importancia para el país: el cultivo de la papa y el programa de semillas. Su línea de investigación se centra en el mejoramiento fisiológico de las semillas de papa en zonas montañosas, utilizando bioproductos que permitan prácticas más sostenibles y menos dependientes de importaciones.
Hace aproximadamente un año, junto a su equipo, llegó a Victorino, en las montañas de Granma, para sembrar y experimentar.
Aunque los resultados aún están en proceso, Lisandra confía en que el conocimiento acumulado y la dedicación permitirán generalizar estas experiencias. “Ojalá y se pueda de alguna manera”, dice con la modestia de quien sabe que la ciencia avanza paso a paso, pero también con la certeza de quien no se rinde.
Para Lisandra, hay dos cualidades que definen a un trabajador de la ciencia: la responsabilidad y el compromiso.
“Todos los días la ciencia va avanzando, y todos los días van apareciendo nuevas investigaciones”, afirma convencida. Y esas cualidades las aplica tanto en el laboratorio como en la vida cotidiana.
En su barrio de Jiguaní, los vecinos la llaman “ingeniera” y la consultan sobre sus cultivos.
“Tengo un vecino que trabaja en una finquita y a cada rato me pregunta: ¿cómo puedo tratar el tomate?, ¿qué pasa con la yuca?” Y ella, que soñaba con ser periodista, hoy ejerce también como comunicadora de su ciencia, llevando el conocimiento a quienes más lo necesitan.
“Uno no aprende para el momento ni para el papel, sino para la vida”, sentencia. “Porque hoy estoy en el instituto, pero mañana uno no sabe dónde puede estar. El día de mañana, si tengo una finca, o un pedacito de suelo y quiero aprovecharlo, ya sé. Son conocimientos que uno va adquiriendo para la vida”.
Con 27 años, Lisandra enfrenta el desafío de engranar su vida profesional con la personal. “Uno tiene que saber llevar las dos cosas al mismo tiempo —explica—. Todo tiene su espacio”.
Sus planes son claros: seguir superándose, alcanzar la máxima categoría científica, pero sobre todo, “ganar el conocimiento”. No como un título colgado en la pared, sino como una herramienta para transformar la realidad. Y aunque las limitaciones existen —el combustible, el transporte, los recursos—, Lisandra no las ve como barreras infranqueables: “Todo es proponerse en la vida. Y tener responsabilidad ante el trabajo y amor por investigar”.
En este Día Internacional de la Mujer, la historia de Lisandra Rodríguez Vargas nos recuerda que la ciencia cubana tiene rostro de mujer joven, de mujer que supo reinventarse, que encontró en el suelo su pasión y en la investigación su camino.
Una mujer que, como tantas otras, demuestra que no hace falta un micrófono para contar historias importantes: a veces, basta con sembrar una semilla en la montaña y esperar, con paciencia, la cosecha llegará.




