Con apenas 25 años de experiencia en el Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov—que se dice pronto, pero que representa toda una vida dedicada a la investigación—, esta bioquímica graduada de la Universidad de La Habana ha demostrado que la vocación científica no entiende de obstáculos.
En este Día Internacional de la Mujer, su historia merece ser contada, porque Licet no es solo una investigadora titular y profesora universitaria; es el reflejo de miles de mujeres cubanas que, desde la ciencia, construyen país mientras sostienen el hogar.
Desde pequeña, Licet no fue una niña saludable. Problemas serios de salud en la infancia limitaron su vida activa, pero también encendieron una llama que nunca se apagaría: el amor por el estudio.
Mientras otros niños corrían y jugaban, ella leía, se sumergía en la Química, la Biología, la Matemática. También le apasionaba el Español, como si presintiera que algún día necesitaría las palabras para explicar lo inexplicable: la belleza de la naturaleza, la complejidad de la vida.
Esa niña frágil se convirtió en una joven decidida que escogió estudiar Bioquímica en la Universidad de La Habana. En su segundo año, las prácticas laborales la trajeron al Dimitrov, donde tuvo su primer contacto con lo que sería su vida entera.
Su tesis de grado la desarrolló en el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, investigando el factor de transferencia, un medicamento cubano para incrementar la inmunidad en niños y personas inmunodeprimidas. Ya entonces, sin saberlo, estaba dando los primeros pasos en una carrera que la llevaría muy lejos.
En septiembre de 2001, Licet comenzó a trabajar en el Dimitrov. Pronto cumplirá 25 años en la institución, pero el camino no fue lineal. Llegaba con una formación sólida en bioquímica, pero las investigaciones del instituto estaban orientadas a lo agropecuario.
“Tuve que reorientarme desde el punto de vista profesional —recuerda—. Fue un reto bien complejo, porque había que traer la bioquímica y todas esas ideas de la investigación puramente de laboratorio hacia condiciones de campo”.
Pero la bioquímica, descubrió, es transversal a todos los seres vivos. Y ella, con su capacidad de adaptación, supo encontrar el puente. Hizo la maestría en Ciencias Agrícolas en 2013, y en 2020 defendió su tesis doctoral. Luego vino la categoría de investigadora titular, y más tarde, la de profesora titular. Hoy, forma parte del claustro de maestrías y doctorados en la Universidad de Granma, y enseña Bioquímica y Fisiología Vegetal a las nuevas generaciones.
LA INVESTIGACIÓN QUE LE ROBÓ EL CORAZÓN
Entre los muchos proyectos que ha desarrollado, hay uno que recuerda con especial cariño: un proyecto nacional de biodiversidad en el refugio de fauna Monte Palmarito. Allí evaluaron la flora, la vegetación, moluscos y otros grupos zoológicos. Pero lo que realmente la marcó fue el trabajo con los niños: “Enseñarles el amor a la naturaleza, eso para mí fue especial. Donde quiera que presentábamos los resultados, siempre llamaba la atención la belleza natural del área, pero sobre todo esas acciones de educación ambiental con los pequeños”.
Su investigación doctoral, sin embargo, fue otra historia. Durante tres años, Licet se dedicó a caracterizar la biota del suelo —todos los organismos que viven en él— y su relación con las propiedades físicas y químicas.
Los muestreos se hacían en zonas alejadas de la ciudad: Ojo de Agua, en Guisa, con una pequeña elevación que había que subir y bajar cargando mochilas llenas de muestras. “Menos mal que en ese tiempo la vista me acompañaba”, bromea ahora, aunque entonces pasó por muchos retos.
MADRE Y CIENTÍFICA
El momento más complejo de su carrera coincidió con la infancia de su hijo. Las muestras de suelo debían tomarse en las primeras horas de la mañana, antes de que el sol calentara.
Eso significaba dejar al niño en el círculo infantil o en el seminternado bien temprano, antes de salir hacia el campo. “Era bien complicado —admite—. Yo me iba cargada con mochilas, con todo el aditamento, y después de caminar horas bajo el sol, tenía que regresar a procesar las muestras”.
Las condiciones eran extremas. Los pastizales donde trabajaba estaban prácticamente deforestados, a pleno sol. “Me compraba pamelas con el ala bien ancha, sombreros, y botas de trabajo. Con las botas era difícil; llegué a mudar las uñas de los dedos pequeños de los pies”.
Los muestreos se hacían por campañas: una en período seco y otra en lluvioso, en cinco lugares diferentes de la provincia. Dos meses seguidos de evaluaciones intensas.
Mientras tanto, en casa, su tía la ayudaba a cuidar a su abuela, una persona mayor. Licet llegaba del campo con sus botas puestas, su mochila, su pamela gigante, y la gente en la calle la miraba extrañada. “Mi tía decía que la gente pensaría que me había vuelto loca, tan joven y con esa pinta”, ríe.
EL DOCTORADO: LA PRUEBA DE FUEGO
El reto más grande, sin embargo, fue el doctorado. En aquel entonces no se podía defender en Granma; había que hacerlo en Mayabeque, en el Instituto de Ciencia Animal.
Su tutora residía allí, y Licet tenía que viajar constantemente. “Me atrevería a decir que recorría más de 50 kilómetros diarios, y caminaba mucho porque el transporte no me dejaba en la puerta”.
En 2018 y 2019, la situación se volvió insostenible.
La contingencia energética de 2019 paralizó el país, y ella pasó más de dos días en la terminal de La Habana esperando por una guagua para regresar a casa. “Quitaron todas las guaguas, y yo ahí, en lista de espera, dos días. Fue bien duro, ese sacrificio de estar lejos de mi hijo, de mi hogar”.
Las condiciones de vida en Mayabeque también eran complejas. El Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas está en Tapaste, una llanura donde se registran las temperaturas más bajas.
“Salía a las seis de la mañana para San José, a coger transporte, y los frentes fríos en esa llanura eran terribles”. Pero resistió. Defendió su tesis. Y al regresar, supo que nada volvería a ser igual.
LA DOCENCIA COMO LEGADO
Hoy, con el doctorado vencido y las categorías científicas y docentes alcanzadas, Licet no se conforma. “Siempre hay que proponerse metas nuevas —afirma—. En el momento que te sientes realizada, empiezas a dejar de aprender, a no sentirte motivada”.
Ahora dirige el programa de Producción Sostenible de Alimentos, un reto enorme en las condiciones actuales del país. Quiere avanzar en el uso de la inteligencia artificial aplicada a la investigación, mejorar su inglés comunicacional y seguir generalizando los resultados de su doctorado.
Pero quizás su mayor satisfacción hoy es ver crecer a quienes la rodean. “Quiero ayudar a los jóvenes, porque sus logros ahora también van a ser míos. Que se hagan máster, que se hagan doctores, que cambien de categoría”.
Y recuerda con gratitud a quienes la ayudaron cuando llegó al Dimitrov: “Conté con mucha ayuda de personas que me apoyaron muchísimo. Yo creo que eso hay que devolverlo, hay que retroalimentarse”.
SER MUJER EN LA CIENCIA CUBANA
Para Licet Chávez, la ciencia no es un trabajo, es una forma de estar en el mundo. “No me imagino la vida sin investigación —confiesa—. Porque las necesidades cambian, y eso es lo hermoso de mi trabajo”.
En sus 25 años de carrera, ha visto transformarse los temas, las metodologías, los desafíos. Pero hay algo que no ha cambiado: la pasión por descubrir, por enseñar, por dejar una huella.
Este 8 de marzo, mientras el mundo reflexiona sobre el papel de la mujer, Licet encarna a esa científica cubana que no se rinde, que madruga para enfrentarse a los avatares de la vida de un cubano de a pie, y que a pesar de todo, sigue soñando con nuevas metas, porque como ella misma dice: “Siempre hay que proponerse metas nuevas”. Y vaya si las ha cumplido.




