Era domingo, cuando se realizaría un homenaje a la escritora uruguaya Paulina Risi por el Club Femenino de la Habana, en la sede de la Academia de Ciencias de Cuba.
Encabezó la acción el poeta y futuro líder comunista Rubén Martínez Villena y en la denuncia tomaron parte 15 intelectuales, aunque a la jornada siguiente al ser convertida en Proclama fue firmada por 13.
A ese suceso de gran repercusión se le considera exponente del movimiento patriótico nacional visible en Cuba a partir de la década del 20 del pasado siglo, luego de la fundación en 1902 de una república cercenada por la intervención foránea que le impuso condiciones.
Se le mira todavía, luego de 103 años, como un hito vindicante sobre la importancia de la salvaguarda de la honradez y los principios, y la lucha contra la inmoralidad gubernamental como quiera que se manifieste. La libertad de Cuba era su eje principal.
La elección de ese escenario al parecer inadecuado obedecía a la oportunidad que daba sus ejecutores de tener en el centro de la diana al ministro de Justicia Erasmo Regüeiferos, quien sería el orador principal del homenaje y estaba implicado con beneficios en la compraventa del Convento de Santa Clara en un negocio fraudulento.
Por entonces, los denunciantes respondían a un grupo de avanzada, el Minorista, entre los que hubo tanto futuros destacados en el ámbito cultural como en el del compromiso político y militante con la patria.
Se dieron cita en el lugar y tras pedir perdón a la señora homenajeada, presentaron a viva voz su oposición y condena al acto de corrupción.
Allí también estaban revolucionarios e intelectuales como Juan Marinello, Emilio Roig de Leuchsenring, Alejo Carpentier y José Zacarías Tallet, con una labor creadora activa dentro de la narrativa, la poesía y la crítica y el ensayo en Cuba.
Solían encontrarse en un café y terminar sus reuniones de debate y crecimiento en la redacción de la revista El Fígaro. No se quedaban ahí, pues adquirieron la costumbre de cerrar cada semana con almuerzos a los que se sumaban otros amigos del gremio.
Eran militantes de una fuerza emergente, incisiva, muy inteligente y sobre todo preocupada por los rumbos que la fomentaban la condición pseudocolonial y el gobierno entreguista de Cuba.
Los participantes en la Protesta actuaron acicateados, porque el 10 de marzo de 1923 Zayas había rubricado el decreto que autorizaba la compra del antiguo Convento.
Con ese negocio el Estado pagaba dos millones 300 mil pesos por un inmueble vendido antes en plena “danza de los millones”, por sus dueños originales a una empresa particular en menos de un millón.
El día de la denuncia en el momento en que el orador pronunciaba sus primeras palabras, sufrió la súbita interrupción de Villena, quien cuestionó su altura moral para presentarse a hablar en aquel selecto ceremonial.
No se hizo esperar la reacción ante el texto del autor de “La pupila insomne”. En este se consignaban otra vez las acusaciones contra la deshonestidad estatal. La respuesta gubernamental fue inmediata; una causa por delito de injurias.
El grupo Minorista dirigió después una carta pública al Club Femenino para ofrecer disculpas por interrumpir una ceremonia de agasajo a una persona que lo merecía.
Rápida constituyó la respuesta de los intelectuales, debido a la conmoción que generó. Se creó la Falange de Acción Cubana, el 1 de abril de 1923. Encabezada también por Villena, significó la continuidad en la participación del gremio en la vida política nacional, en especial de sus más jóvenes representantes.
La Protesta de los Trece devino bautizo de fuego de Villena, aquel inolvidable poeta juvenil, cuya obra brillante en rimas y metáforas, se debatía muchas veces entre la desilusión, los anhelos inútiles, el dolor y los avatares de su vida personal.
Su aporte se ensanchó, se centró su creación en la crítica de lacras sociales, y pronto tomó el camino de la acción y el combate militante.
Algunos piensan que fue como si aquel 18 de marzo de 1923 Rubén hubiera venido al mundo por segunda vez, más osado. Hoy, La Protesta de los Trece, Villena y aquella pléyade, los versos y la obra creadora de ellos, siguen vigentes en Cuba.




