
Un año antes en 1952, un corrupto gobierno caracterizado por el latrocinio, presidido por Carlos Prío Socarrás utilizó demagógicamente las consignas de la revolución traicionada de 1933, mientras garantizó durante su mandato los intereses del imperialismo.
Ese régimen levantó un rechazo popular que auguraba el triunfo en las cercanas elecciones del Partido Ortodoxo integrado por las fuerzas progresistas que tenía en sus filas a amplios sectores populares y figuras de la política tradicional opuestos a los desmanes del gobierno.
En esos sufragios el general Fulgencio Batista, el hombre fuerte y de confianza de EE.UU., no tenía posibilidades de alcanzar el éxito, de ahí que organizó y realizó un golpe de estado el 10 de marzo de 1952 con apoyo de las fuerzas armadas, supuestamente para adecentar la administración pública.
Desde la propia planificación del golpe, el abogado de 25 años Fidel Castro se enfrentó a ese hecho cuando conoció indicios de la conspiración y se lo informó a la dirección del Partido Ortodoxo que desestimó su alerta, e inclusive posteriormente del hecho condenó ante los tribunales y la prensa el régimen golpista, y a Batista sin resultado alguno.
Pero esas experiencias influyeron en el líder revolucionario en la concepción de otra estrategia, la lucha armada y la insurrección popular contra la dictadura batistiana.
Hasta en los sectores revolucionarios y progresistas prevalecían dogmas paralizantes sobre la imposibilidad de que la revolución no se podía hacer contra el ejército y fue precisamente ese desmoralizador augurio, el que se dispuso desafiar Fidel el 26 de julio con los ataques a los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo.
El movimiento insurreccional se construyó desde la base con jóvenes humildes, desligados de los partidos tradicionales y la politiquería imperante, que constituyeron la Juventud del Centenario del nacimiento del Apóstol en 1953 y dentro de sus filas y bajo estrictas medidas de compartimentación Fidel estudió y escogió personalmente a los más de 100 combatientes que voluntariamente aceptaron participar en acciones armadas.
Las armas, las municiones y los uniformes del ejército que utilizaron los atacantes para incrementar la sorpresa los sufragaron o consiguieron los mismos revolucionarios mediante el aporte de sus modestos sueldos o la venta de bienes personales.
Antes de partir al combate en la Granjita Siboney, en las afueras de Santiago de Cuba, Fidel en breves palabras sintetizó la esencia del movimiento revolucionario que había formado y su decisión de lucha.
“Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero, de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras, el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. (…)
Tras el fracaso militar de los ataques siguió una cruenta represión, bajo la orden del dictador de asesinar a 10 revolucionarios por cada soldado muerto en combate, cuota sanguinaria sobrecumplida por la soldadesca que ultimó a más de 50 asaltantes.
El terrible revés no derrotó el espíritu revolucionario y el pueblo reconoció a un indiscutible guía y se identificó con su estrategia victoriosa continuada con la llegada del Granma y sus 82 expedicionarios, embrión del Ejército Rebelde, para iniciar la etapa definitiva de la lucha armada que llevaría a la victoria del primero de enero de 1959 y que hoy como legado del Comandante en Jefe, inspiran a las nuevas generaciones para continuar la obra iniciada en la alborada del 26 de julio de 1953.



