Cuentan que fue obra del azar el descubrimiento de Cuba por el almirante Cristóbal Colón, el 27 de octubre de 1492. Meses antes el experimentado navegante genovés había salido de España con la idea de encontrar un camino más corto y menos arriesgado hacia la India, importantísimo mercado de especias y otros productos muy apreciados por los países de Europa Occidental.

En esa ruta podía encontrar, desde luego, tierras no ocupadas aún por las potencias europeas. Por esa razón, cuando los Reyes Católicos de España, Fernando e Isabel, aceptaron el proyecto de Colón, no sólo se comprometían a compartir con éste los beneficios comerciales derivados de la gran empresa, sino que lo nombraban Almirante, Virrey y Gobernador General de las tierras que descubriese.

En esa aventura marítima Cristóbal Colón jamás imaginó que al viajar hacia el oeste a través del Atlántico, descubriría lo que para los europeos fue llamado el Nuevo Mundo.

A bordo de sus tres naves (La Niña, La Pinta y La Santa María) llega al actual continente americano el 12 de octubre de 1492, y 15 después arriba a Cuba, Isla que bautizó inicialmente como Juana, en honor a la hija de los Reyes Católicos, aunque finalmente adoptó el nombre actual, aludiendo a su origen indígena.

Aunque existen teorías diversas del lugar exacto donde desembarcó el genovés, una de las más aceptadas es que lo hizo por Bariay, sitio perteneciente a la actual provincia de Holguín, en el oriente cubano. Fue tan impactante e impresionante su arribo a nuestras costas, que al pisar este suelo lo besó y expresó una famosa frase que denotaba la belleza que desde entonces caracteriza a Cuba: “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hubieran visto”.

Inevitablemente, al llegar a un Nuevo Mundo hizo contacto con sus nativos, quienes dieron una cálida y amorosa acogida a los hispanos que terminaron luego convirtiéndose en sus conquistadores.

Sobre los aborígenes Colón escribiría: “Son tan ingenuos y tan generosos con lo que tienen, que nadie lo creería de no haberlo visto. Si alguien quiere algo de lo que poseen, nunca dicen que no; al contrario, invitan a compartirlo y demuestran tanto cariño como si toda su alma fuera en ello…”.

Desafortunadamente la población de esta Isla, luego reconocida como archipiélago, comenzó a sufrir las agresiones y violencias devenidas de la ambición por el poco oro existente en estos lares, que conllevaron progresivamente a su total aniquilación.

Aquel 27 de octubre de 1492 los indígenas no sospecharon que con la llegada del hombre blanco, vendrían también enfermedades desconocidas para ellos, frente a las cuales su sistema inmunológico no tenía fuerzas para oponer resistencia, porque estaban acostumbrados a una vida y cuerpo sanos.

El trabajo forzado, la esclavitud, la mezcla de razas, las matanzas colectivas y los suicidios en masa como repuesta ante tanta barbarie cometida contra los primeros habitantes de este archipiélago, fueron factores decisivos para que una raza preponderante, se convirtiera en una tez prácticamente extinta. Era, ese día de encuentro entre dos culturas, el principio del fin de los aborígenes.

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