Medallas en fuga: El podio por dentro

Cuando hablamos de podios por dentro, hay que referirnos con justicia a cuántas personas el deporte cubano sacó de un ambiente enrarecido, incluso delictivo; a cuántas les sembró valores más allá de un contrato profesional; a cuántas hizo símbolos y ejemplos de un país por su sacrificio, entrega y representación de la patria.

En menos de 15 días tres judocas abandonaron su equipo en el Panamericano efectuado en Canadá; cuatro beisbolistas hicieron lo mismo en México cuando regresaban del campeonato mundial; una luchadora abandonó a sus compañeros antes de iniciar la lid universal y un pelotero sacó pasaje adelantado con otro rumbo y no regresó a Cuba tras su contrato en la Liga Profesional Japonesa.

Sus nombres importan. Claro que sí, pues en algunos casos ya sumaban títulos centroamericanos y del Caribe, estaban clasificadas para los venideros Juegos Panamericanos, en tanto, como denominador común, no pasaban de 30 años.

De los tatamis, Zamarit Gregorio (48 kg), Yurisleidy Hernández (52 kg) y Arnaes Odelín (57 kg). Vestidas de peloteras, Glenda Camila Dunet, Yoannet Domínguez, Talía Velázquez, Yusvani Bonne. Desde un colchón de lucha, Hanheles Llanes (68 kg). Con bate incluido, Pedro Pablo Revilla.

Sin embargo, más allá de la particularidad de cada caso, lo cierto es que hoy son esos tres deportes la muestra más reciente, pero pudiéramos ampliarla entre el 2022 y 2023 al fútbol, boxeo, atletismo, hockey sobre césped, softbol, canotaje y otros más que siguen dejando puertas abiertas e interrogantes a un sistema deportivo que es resultado directamente de una sociedad que puso voluntad, alma, recursos y corazón para sostenerlo, pues la publicidad y el dinero nunca fueron sus estandartes. Por supuesto, eran otros tiempos.

Y eso no ha cambiado, lo que está cambiando es el modo de sostener el deporte, insertado en la dinámica económica donde a la voluntad política y gubernamental se suman otras variables nada despreciables.

Esos atletas son, en muchos casos, sostenes familiares, y no les alcanza, como no les alcanza a muchos cubanos, el salario para vivir. ¿Eso justifica el acto de quedarse en un país donde compiten o abandonar a sus compañeros antes o después de un certamen? Claro que no. Solo que tampoco podemos pedir peras al olmo.

Hoy los centros de entrenamiento no reúnen niveles aceptables de hospedaje y alimentación, no ya comparando con 20 o 30 años atrás, sino ni siquiera con una década anterior. Al entrenamiento propiamente de los músculos para ganar medallas le han salido agujeros de formación educacional y de valores, propios de todas las crisis económicas e ideológicas.

Y como si fuera poco, hay también errores internos dentro de cada equipo, que se visualizan menos y a veces determinan mucho, que se expresan en malas decisiones tomadas por cuerpos de entrenadores, directivos, federativos u otros.

Las preguntas claves, entonces: ¿brazos cruzados hasta esperar que la sociedad retome un rumbo efectivo en su economía? ¿Por qué hay algunos nombres que padecen eso mismo y siguen de este lado? ¿Cómo convivir con esta sangría constante y cada vez más amplia?

Sin tener una bola mágica, hay que apelar una vez más a lo que significa el deporte para un pueblo como este. Hay que seguir ampliando contratos profesionales en todos los deportes y, en aquellos que no se pueda, asumirlos con las mejores condiciones aquí, no con las que se viven actualmente.

Es urgente ponderar el ejemplo de las glorias pasadas para que vivan honrosamente con lo que el Gobierno les pueda dar como tributo a lo realizado. Hoy ellos sufren, más que los jóvenes deportistas en activo, los efectos de la inflación, y se puede repensar una remuneración superior a la que tienen.

Es cierto que hay mucho alcoholismo y conductas negativas en algunos, pero esas son debilidades nuestras también en la atención que les damos, maquillada muchas veces en diplomas y flores, y no en médicos, psicólogos, trabajadores sociales y hasta en invitaciones a incorporarse a la sociedad desde lo que mejor saben hacer.

Nada puede justificar el éxodo y la emigración. La hay en médicos, artistas, científicos, maestros, constructores y un sinnúmero de profesiones. Y fíjense que no he hablado del componente espiritual y de arraigo que cada quien tenga con su familia y terruño.

Se van no solo los que se inician; se van campeones y medallistas olímpicos y mundiales. Y luego, para ser sinceros, la mayoría no termina representando a la nación escogida en citas deportivas, sino que se lanzan a trabajar en lo que aparezca.

Extendamos desde el deporte también la mano a quien se haya ido y quiera volver a representarnos (siempre que no sea terrorista o pida invasión a Cuba), viva en la Luna o en Marte. Al final, esa es la normalidad de la actividad deportiva en el mundo: formarse en su país, luego acceder a un contrato profesional en un club y siempre representar en los eventos oficiales a la tierra que nos vio nacer.

El tema es inagotable. Esto es apenas un post para pensar entre todos. Duele a muchos. Duele al pasado y al presente. Pero más dolerá hacia el futuro. Y no es por el número de medallas o el lugar que alcancemos en unos Juegos, sino por el ser humano que está detrás de esos podios. No esperemos la próxima estampida para reflexionar y hacer.

Cubadebate

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