Combate de Llanos del Infierno: Moral agrandada

Bajo los resplandores del cuartel de La Plata, ocupado y quemado por la pequeña fuerza guerrillera, dirigida por el comandante Fidel Castro Ruz, los revolucionarios se alejaron en dirección al alto de Palma Mocha, a las 4: 30 de la madrugada, del 17 de enero de 1957.

Andaban fatigados y sobrecargados, pero los inspiraban la euforia del triunfo y la convicción de que por muchos reveses que pudiera haber en el camino, la victoria final se alcanzaría, anunciada por esas llamas precursoras que destruyen cuarteles de la opresión para levantar escuelas.

En el camino encontraban decenas de campesinos que bajaban hacia la costa, con todos sus familiares, porque la guardia rural y los mayorales del latifundista Delio Núñez Mesa informaban que iban a bombardear todo ese sector. Era el pretexto adecuado para desalojarlos de sus tierras y satisfacer las ambiciones geófagas del cacique de Media Luna.

Desde el inicio de la lucha mes y medio atrás, el grupo avanzaba sin preocuparse que los vieran dirigirse hacia Palma Mocha. Era una táctica  intencional, porque intuía que, después de la acción de La Plata, el enemigo se lanzaría a perseguir a la guerrilla.

Obviamente, dejaba un rastro bien claro como invitando esa persecución. Pero necesitaba el lugar adecuado donde medir las fuerzas con el enemigo en la situación más característica de la lucha guerrillera: la emboscada sobre una tropa en marcha.

En horas del mediodía hicieron un alto en El Jubal y en la casa de Emilio Cabrera descansaron un rato y almorzaron. Después bajaron hacia el río de Palma Mocha, donde establecieron el campamento.

Al otro día, siguieron loma arriba hasta llegar a una meseta descampada en la ladera de la montaña, a las a las 11:00 de la mañana. Era el paraje apropiado para realizar la emboscada. Era conocido como Infierno de Palma Mocha y que el Che Guevara rebautizó como Llanos del Infierno.

Desde aquella meseta de color gris y cubierta por una arboleda y yerba de guinea se observaba perfectamente un camino que conducía a la casa del campesino Delfín Torres, deshabitada, con forro de yagua solo hasta la mitad, y techo de guano. A la izquierda había otra casa de guano, separadas ambas por un sembrado de malanga. Y, más abajo, las aguas de un arroyo, como a 700 metros de distancia.

El entonces capitán Raúl Castro escribió en su diario:

“Ese día se dejó una escuadra de posta, las otras en posición de combate y el resto, el Estado Mayor, reconociendo el terreno para instalarnos allí hasta que el Ejército fuera a buscarnos, ya que Fidel tenía la seguridad de que iría”.

Decidida la emboscada, la fuerza se distribuyó en siete escuadras, al mando de los capitanes Raúl Castro y Juan Almeida y los tenientes Julio Díaz, Guillermo García, Daniel Motolá, Efigenio Ameijeiras y la escuadra de la comandancia, dirigida personalmente por Fidel.

La de Motolá debía atacar la vanguardia, la de Julio Díaz cortar en dos la columna enemiga, mientras la de Ameijeiras tenía la misión de cerrar por la retaguardia. Las restantes debían barrer con fuego rasante desde los laterales.

Para prever todos los detalles, Fidel, Raúl y el Che Guevara recorriendo las posiciones de las distintas escuadras, logrando cubrir todo la zona de la emboscada. El terreno lo prepararon con la inclusión de todos los elementos tácticos.

Raúl Castro resumió la inspección con cierta euforia: “Se les había formado una letra C y por el único boquete que tenían abierto, era un claro sobre el que pendían las mirillas telescópicas de tres escuadras”.

LA LIQUIDACIÓN DE LA VANGUARDIA

Para la tiranía, la derrota de La Plata representó la necesidad de reconocer públicamente la existencia de la fuerza guerrilla y tomar nuevas disposiciones tácticas para combatirla.

Las medidas inmediatas consistieron en el envío de una compañía de tropas élites en persecución desde la desembocada del río Palma Mocha, al mando del entonces teniente Ángel Sánchez Mosquera, mientras que por el norte y el oeste el batallón mandado por el comandante Joaquín Casillas comenzó a tender un amplio cerco.

Tras la huella de los rebeldes, el 22 de enero, al mediodía, llegó a Llanos del Infierno, la compañía de Sánchez Mosquera, formada por unos 45 efectivos.

Sin descuidar las medidas de precauciones, los militares del régimen avanzaban por el mismo camino que utilizó días antes la guerrilla. A la vanguardia marchaban seis soldados, en misión de exploración, los que llegaron a la casa con las armas en ristre.

El jefe ordenó detener la columna al borde de un claro, mientras la extrema vanguardia reconocía las casas. Desde su posición al fondo de la emboscada, junto a un trinco de almendro, Fidel observaba atentamente todos estos movimientos con la mirilla de su fusil. Esperaba a ver si un mayor número de soldados penetraban en el perímetro ocupado por los tiradores rebeldes.

Pero viendo que los exploradores se acercaban demasiado a su posición, abrió fuego con su fusil de mira telescópica, derribando a uno de los uniformados. De seguido varias decenas de fusiles disparaban sobre ellos, matando e hiriendo algunos.

En tanto, Sánchez Mosquera ordena ocupar posiciones en el alto con el grueso de la tropa. Pero su avance fue detenido por la escuadra de Julito Díaz.

Los batistianos emplazaron una ametralladora calibre 30, pero disparando sin precisión. Fidel ordenó recoger los fusiles de los soldados muertos. El Che Guevara se arrastró y quitó un fusil Granad y la canana de balas a uno de ellos. Julio Acosta (Zenón) y Francisco González (Pancho) intentaron hacer lo mismo, pero  debido al nutrido fuego de los contrarios tuvieron que retoñar a sus posiciones.

Después de media hora de pelea, Fidel consideró que se había logrado el objetivo de golpear al enemigo, destruir su vanguardia, causarle bajas y obtener algunas armas y parque.

Por tanto, dio la voz de retirada, con lo que evitaría un posible cerco. Esta vez tampoco hubo bajas rebeldes. El enemigo sufrió cinco muertos y un herido.

Los combatientes se desplazaron ordenadamente hacia el nordeste, por dentro del bosque hacia el firme de Palma Mocha. En los días siguientes estuvieron por la cuenca del río La Plata, Camaroncito y La Platica, burlando, una vez más, la persecución de numerosas fuerzas enemigas.

TRASCENDENCIA

El combate de Llanos del Infierno fue una típica emboscada guerrillera, brillantemente concebida y ejecutada por Fidel. En su desarrollo se cumplieron varios axiomas. En primer lugar, atacar al enemigo en movimiento y destruir su vanguardia. En segundo, causarle bajas sin sufrir bajas propias. Tercero, sostener el encuentro en el terreno escogido. Y, en cuarto lugar, desvincular rápidamente el contacto con el adversario mediante una retirada organizada.

En otros términos, inauguró la táctica guerrillea de “muerde y huye”, es decir, golpear y retirarse.

De nuevo los rebeldes habían medido fuerzas con la del Ejército batistiano y había salido vencedor. Por eso, después de esta acción, el Che Guevara hizo una anotación clave en su diario: “La moral de la gente se entona más”.

La Demajagua

Comparte si te ha gustado
Scroll al inicio