
Lena Martínez Castillo, de 14 años, estudiante de nivel elemental, lo expresa así: “Lo más difícil no es el ejercicio en media punta, sino conseguir las zapatillas necesarias.
La escuela nos las garantizaba, pero son costosas y con muy poca vida útil. Con la situación actual ya no se pueden conseguir con facilidad”.
Con mis compañeros aprovechamos lo que nos dan hasta que no aguante más, afirma, con un realismo que revela madurez.

Para Jason Ernesto Baró Benavides, de 17 años, la carencia tiene otro matiz; este ganador del Grand Prix en el XII Concurso Internacional de Ballet de Sudáfrica guarda con orgullo su medalla, pero también el recuerdo de un veto: meses después de su triunfo, él y su maestra fueron impedidos de participar en un certamen en Estados Unidos.
Era nuestra oportunidad. No era solo el premio, era saber que puedes estar ahí, que tu esfuerzo vale tanto como el de cualquier otro bailarín del mundo, comparte.
Ahora, en su último año, Jason se levanta al amanecer, atraviesa La Habana en transporte público y a las 8:30 ya está en la barra, sin embargo, ensaya con la certeza de que, si hoy se le rompe la suela, no habrá reemplazo inmediato, y que accesorios protectores básicos para varones son casi un lujo.
La creatividad y la solidaridad se despliegan en los rincones de la escuela en el cuarto de vestuario; María Josefa Pérez cose a mano un tutú. Antes esto lo hacíamos con máquina, pero ahora hasta el hilo es un tesoro, cuenta, mientras recicla tela de trajes viejos.
Los padres y madres son fundamentales, a veces, con lo poco que tiene, una madre le hace un vestido nuevo a su hijo y luego lo dona, para que otros niños sigan soñando, añade.

Gina Vivian Morales Meireles, secretaria docente de nivel medio, describe que el impacto del bloqueo es tangible en cada detalle, desde las ventanas rotas que no se pueden reparar por falta de materiales especializados, hasta en el desgaste del vestuario.
Pero lo peor es ver cómo afecta a los cuerpos de estos niños, que bailan con zapatillas rotas, con elásticos remendados y trajes desgastados. Y aún así, cuando suben al escenario, son invencibles, afirma.

Según María Mercedes García Vega, vicerrectora de la institución, se buscan alternativas constantes para que la formación no se detenga, incluso trasladando clases a casas de cultura.
Aunque los profesores tengan que caminar horas para llegar y los niños ensayen en salones prestados, parar sería rendirnos, y los bailarines de ballet no saben hacer eso, asevera.
Destaca la inventiva de la comunidad: padres que carpintean barras improvisadas, madres que remiendan trajes, maestros que redoblan su entrega.
El bloqueo quería vernos de rodillas, señala García Vega, pero no contó con que bailaríamos en puntillas.
No hay luces especiales, ni vestuarios nuevos, ni zapatillas de marca siempre disponibles, pero en estos salones hay algo más poderoso: la determinación silenciosa de quienes han aprendido que el arte no se compra, se vive, y que ninguna medida coercitiva puede quitarles la punta de los sueños.
Mientras elevan los brazos en un port de bras perfecto, por un instante, todo lo que falta desaparece. Solo quedan ellos, la música y esa convicción hermosa de que la danza es también una forma de resistencia.




