El quinto mes se asoma en el horizonte y para algunos, que a inicios del año hablaban de días contados y cuentas sin retorno, no se explican la persistencia que mantiene el caimán firme y, aún con dificultad, respirando.

Hoy es 1ro de mayo y los festejos por el Día Internacional de los trabajadores en la nación caribeña moviliza desde diferentes direcciones a ese mismo pueblo que, sin distinguir de procedencias, es capaz de la gesta cotidiana.
Esa misma Isla, que aún en medio de los pesares es capaz de mantener en alto las banderas de la lucha proletaria y mantener así vivas las utopías de esta humanidad en su anhelo de nuevas conquistas que reafirmen la solidaridad y el humanismo como credo de lucha opuesto al egoísmo del pirómano que tributa sus loas a la destrucción y la desesperanza.

El mismo pueblo que la semana última acudió a lo largo y ancho de la geografía insular a estampar con sus firmas la vocación de paz del archipiélago y sus habitantes, en el llamado del sentido común de alejar la confrontación pero que no dudarán en defender al precio supremo cada palmo de la soberanía ganada en los campos del honor. Ese mismo que hoy acude con pancartas y banderas, no ajenas de las contradicciones, las decepciones y las inconformidades legítimas de la realidad que impone en gran parte el cerco imperial y también los propios problemas, pero unidos en esa convicción común de que no es necesario profesar una ideología u otra para cumplir el deber con la Patria en la salvaguarda de su integridad.

Aquel que puede ser borrado del mapa en la agresión brutal pero que perseguirá por siempre como fantasma al agresor para recordarle que solo así pudo apagar la resistencia, pero nunca someterlo.
La gesta que se escribe en lo cotidiano y que viene a recordar que cuando todo se pone en contra, la vida sigue siendo la mayor victoria.





