Hace falta el amor

ESTE 3 DE DICIEMBRE SE CELEBRA EL DÍA DE LA MEDICINA LATINOAMERICANA, COMO HOMENAJE AL RECONOCIDO MÉDICO Y CIENTÍFICO CUBANO CARLOS JUAN FINLAY, NACIDO EN 1833

María Cristina Cedeño Esturo, especialista de primer grado en Neonatología, es una galena bayamesa graduada en 1982, en Nicaragua, donde inició su vida laboral en el servicio de Pediatría, como parte de la misión médica cubana en ese país.

Encantada por el trabajo con los recién nacidos, su trayectoria en la especialidad le ha deparado la felicidad de recibir cientos de infantes, y experiencias difíciles, porque da mucha satisfacción reanimar y salvar a un neonato en muy malas condiciones, pero es tristísimo ver cómo se apaga una vida que apenas comienza.

“Son momentos inevitables, cuando se ha hecho todo por salvar a una criaturita y no ha sido posible, no hay manera de calificar ese tipo de situación, que se torna peor a la hora de comunicárselo a la madre”, expresa.

FOTO: María Cristina Cedeño Esturo, especialista de primer grado en Neonatología

A ella le correspondió cumplir misiones en otras tierras, como Cabo Verde y el Amazonas en la República Bolivariana de Venezuela, lugares donde la impactaron, sobre todo, las notables diferencias sociales, y más cuando procedes de un país donde la salud es un derecho del pueblo.

“Mi especialidad me ha aportado mucho en mi vida personal; el trabajo con los pequeños te conduce por un camino más humano, más dulce y mucho más enriquecedor; desde esa mira logras descubrir los matices del amor por la existencia.

“La familia, sin lugar a duda, ha sido un enorme contrafuerte en el desarrollo de mi faena, sin ellos no hubiera sido posible el avance en un campo tan sensible de la medicina; incontables han sido las ocasiones en que se deja la familia de lado para acompañar a los pacientes.

“A las nuevas generaciones en formación como médicos generales o residentes en la especialidad, les sugiero que lleven de la mano el amor al prójimo como máxima fundamental, que traten a los demás como queremos ser tratados; para sanar a un paciente hace mucha falta el amor.

“A pesar de los sinsabores, volvería a escoger el mismo perfil, no me imagino jamás, lejos de mis niños, ni de mis compañeros de batalla, son mi segunda familia. Son muchas más las alegrías”, afirmó.

En ese amplio colectivo de neonatólogos, ginecólogos y obstetras, hay otra fémina que integró por años esas filas.

La doctora María Margarita Millán Vega, especialista en primer y segundo grado de Ginecología y Obstetricia, Máster en Atención integral a la mujer, profesora auxiliar e investigadora agregada, trabajó 46 años en el hospital provincial universitario Carlos Manuel de Céspedes.

Esa inmensa mujer guarda en la memoria un arsenal de recuerdos relacionados con su vida laboral activa. Fueron muchos los nacimientos que le tocó asistir. La tarea de ayudar a los bebés para la llegada al mundo es un quehacer que demanda amor, entrega, empatía y fuerza.

“A lo largo de esas más de cuatro décadas, tengo la satisfacción de haber conducido numerosos partos a buen término, es gratificante impulsar la llegada de un pequeño. Aunque no todas las experiencias han sido acompañadas de alegrías. La ginecología y obstetricia está ligada al logro de la vida”.

FOTO: María Margarita Millán Vega, especialista en primer y segundo grado de Ginecología y Obstetricia

Millán Vega fue colaboradora docente en el continente africano y cumplió misión médica en Bolivia. “En África sentí el fuerte impacto de la diferencia de razas, la extrema pobreza y el constante asecho de la muerte. En Bolivia, la situación era diferente, me encantó la riqueza de su cultura y su empeño por el adelanto de la mujer.

“Mi profesión me ha provisto de las herramientas para entender la preocupación, el dolor y la alegría de múltiples familias; me aportó mucho en la formación de mis hijos y nieto, y otro elemento que no puedo dejar de mencionar es mi contribución en la formación de nuevas generaciones.

“La juventud es un baluarte de valor incalculable, en ella descansa el futuro del país, por tanto, tiene la responsabilidad y el deber de tomar todas las experiencias en aras de lograr un mundo mejor”.

A ambas doctoras las une, más allá de la carrera, una entrañable amistad. El amor por lo que hacen les permitió estrechar vínculos, no solo entre ellas sino entre sus familias, sin dejar de mencionar que las dos confesaron con infinito gozo que nacieron para esa profesión.

La Demajagua

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