
Tal vez sea esta la escultura más humana de un hombre cuya sensibilidad inmensa fue muchas veces escondida detrás de tantos años de lucha y tantísimas responsabilidades.
Tal vez porque fue concebida a la altura exacta de sus poco más de 170 cm de estatura, de un cuerpo castigado por el asma y las dificultades de la guerra, pero jamás doblegado.
Se trata de una obra cautivadora que llama mucho la atención a los visitantes nacionales y foráneos, sobre todo a los infantes, por eso también es llamada el Che de los niños.
Y son esos pequeñísimos y singulares detalles de esta obra del artista vasco Casto Solano Marroyo, los que hacen de este Che, no un monumento, sino, tal vez, la compañía ya acostumbrada desde 1998 para quienes transitan una de las principales arterias de Santa Clara, una ciudad en la cual el guerrillero argentino-cubano es presencia y fe.
Esculpida en bronce, la pieza, erigida en la entrada principal de la sede del Comité Provincial del Partido de Villa Clara, edificio donde Ernesto Guevara instaló su Comandancia durante la histórica Batalla de Santa Clara en diciembre de 1958, constituye sitio de parada recurrente para quienes buscan al Comandante rebelde en una ciudad en la cual su rostro es bienvenida orgullosa en escuelas, hospitales, parques y plazas.
Tal vez porque carga en sus brazos el futuro de una Latinoamérica aprendida de memoria desde una motocicleta y un fusil en donde, lo que el Che dejó sin hacer, sin hacer está todavía, es esta Estatua un símbolo de cuánto puede un hombre convertirse en leyenda y sobrevivir a la muerte.



