Martí, grande en la vida y en la muerte

No hace falta pedir permiso a nadie para poner una flor en el busto del Apóstol, de preferencia blanca, para quien murió con su ilusión a cuestas.

No hace falta pedir permiso a nadie para poner una flor en el busto del Apóstol, de preferencia blanca, para quien murió con su ilusión a cuestas, como si arrastrara un ala.

Cuando la Educación se sumía en la escolástica, él enseñaba doctrinas de libertad, lecciones de concordia y ejemplos de dignidad moral.

Cuando muchos preferían asociarse con los ricos, Martí no solicitó en la casa de estos lo que estaba seguro de recibir en la de un pobre, porque era con estos, con los pobres de la tierra, con los que quería su suerte echar.

Cuando estaba entristecido por el peso del exilio y la distancia del hijo amado, escribió el Ismaelillo, cual rosas de su alma, libre de espinas, convirtiendo el dolor en flores.

Cuando muchos pensaban cruzarse de brazos y abandonar la Patria, ahí estaba él, con su inmensa capacidad de entrega, vistiendo harapos, calzando unos zapatos deprimentes y mal alimentado, con tal de recaudar fondos para la independencia.

Cuando la desunión cubría con su manto las huestes mambisas, él prendió una luz con su concepción de la guerra necesaria y como único haz, la fundación del Partido Revolucionario Cubano.

Cuando parecía que América no tenía voz propia, él ondeó la bandera del Modernismo y legó una obra prominente que le valió la admiración de los hombres más cultos de su tiempo, los que le sucedieron y los que están por venir.

Cuando lo burdo y lo feo pensaban apropiarse del lenguaje, ahí estaba él, con su fina sensibilidad, cantando a la belleza de la vida e incluso a las cosas feas, en forma bella.

Cuando muchos se erigían partidarios de la consigna divide y vencerás, Martí postulaba el principio de “ser culto es el único modo de ser libres”.

Cuando muchos siquiera pensaban en la independencia de su Patria, él pensaba en la de Cuba y en la de Puerto Rico, en esa Patria inmensa que se extiende del Río Bravo hasta la Patagonia.

Cuando las fuerzas parecían menguar en el año de su centenario, bastó erigir su busto en el Turquino e inspirar a aquellas generaciones con la magnitud de su talla.

Cuando los hombres se volvieron yoístas; él, artista exquisito, olvidó su arte; él, hombre apasionado, enterró sus afectos y se desposeyó de sí mismo para ser de Cuba, de América y Universal.

Que no falte una flor, para quien puso el pecho a la bala, para quien la osadía fue más grande que sus miedos, para quien fue, grande en la vida y en la muerte.

Anaisis Hidalgo

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