Será la última página de un cuaderno que ha tenido trazos intensos. El primer duelo dejó tablas en la pizarra y certezas en ambos banquillos; el segundo inclinó la balanza hacia los antillanos con victoria de 3-1; el tercero, sin embargo, devolvió el golpe con un 6-1 favorable a los pinoleros en el estadio Yamil Ríos Ugarte, de Rivas.
En ese más reciente capítulo, la tropa dirigida por el legendario Dusty Baker golpeó temprano al abridor Yoennis Yera y, con paciencia de orfebre, fue tallando la ventaja hasta convertirla en sentencia. Cuba, pese al esfuerzo de sus relevistas y al doble impulsor de Ángel Alfredo Hechavarría, no logró descifrar del todo el acertijo de los serpentineros rivales.
Ahora el telón se levanta en la capital, donde cada lanzamiento tendrá resonancias de examen final. Allí, la pelota no solo cruzará el plato: también atravesará la memoria y el orgullo.
Sobre el montículo se erguirá Moinelo, el zurdo que llega envuelto en una temporada de leyenda en la Liga Profesional de Japón. Campeón con los Halcones de SoftBank, Jugador Más Valioso de la Liga del Pacífico y miembro del equipo ideal, el pinareño firmó una campaña de 12 victorias y apenas tres derrotas en 24 presentaciones, con microscópica efectividad de 1.46 y 155 rivales rendidos por la vía del ponche. Números que no solo impresionan: anuncian tormenta.
Su brazo, afinado en la disciplina nipona, despierta expectativas que se palpan como electricidad en el aire. Cada curva suya parece dibujar un ideograma; cada recta, un relámpago que corta la noche. Cuba deposita en él la responsabilidad de marcar el ritmo, de imponer silencio en los maderos locales y de enviar un mensaje claro antes de cruzar fronteras.
Porque tras este compromiso, la selección viajará a Phoenix para medirse en juegos de exhibición ante los Reales de Kansas City y los Rojos Cincinnati, escalas mayores en el camino hacia un certamen donde la Isla fue finalista en 2006 y cuarta en 2023. El Clásico asoma como horizonte y desafío, como mar abierto que exige velas firmes.
El duelo será la forja definitiva antes del viaje, la oportunidad de ajustar engranajes, de templar nervios y de confirmar que la derrota del miércoles fue apenas un tropiezo en la senda.
Cuando el árbitro cante el “play ball”, comenzará el último ensayo en Nicaragua de una nación beisbolera que, fiel a su historia, pretende convertir cada lanzamiento en promesa y cada victoria en destino.




