José Antonio Saco, el ilustre patriota bayamés

Saco es un germen vital en el “embarazo” forjador de la nación. El recorrido de su vida nos permite desentrañar las contradicciones cargadas de dramáticas encrucijadas, presentes en la gestación de la nación y extraer lecciones para entender la historia de las ideas cubanas y asumir los retos de hoy.

Nuestra cultura no puede comprenderse en sus esencias más profundas sin estudiar su pensamiento. En el ilustre y culto patriota bayamés estuvieron presentes, acaso más que en nadie, los fundamentos de un hecho esencial: nunca pudo cristalizar en Cuba una burguesía capaz de representar el ideal cubano de Patria y, sin embargo, emergió diáfanamente una nación. Ahí está la raíz de la tragedia presente en este eminente discípulo del Padre Varela. Quedó como parte de nuestra gran historia y sagrada memoria; su limitación de fondo fue carecer de la visión ecuménica de su maestro. La única validez de un pensamiento liberal-burgués cubano concluyó con él.

Por su formación y lealtad a la cultura hispánica, fue un decidido enemigo de la anexión de Cuba por los Estados Unidos. Por eso propuso soluciones que se movieron en un plano exclusivamente político, expresando de esta forma en sus ideas el reformismo liberal. Su pensar conservador no encontró más remedio que promover un proceso gradual en favor de la libertad y la independencia bajo la tutela de Iberia. Pero ni España la quería, ni Estados Unidos la admitía, ni los esclavistas la hubieran permitido y esa era, sin embargo, la única solución que la inteligencia y la cultura del buen Saco podían concebir como la mejor solución.

Hay en él un pensamiento racional y científico elevado a las más altas escalas de la cultura occidental que la historia mostró como irrealizable, porque no logró salir del círculo vicioso que significaban los gigantescos problemas, al parecer insalvables, que tenía ante sí la nación. La esclavitud necesitaba ser abolida para garantizar la soberanía y producir, como en efecto ocurrió, la integración nacional; pero existía el temor justificado de que ello pudiera provocar revueltas y luchas cruentas que le abrieran a Estados Unidos el camino para intervenir y apoderarse del país, de sus riquezas y frustrar así el ideal de nación. Estos temores estaban, pues, justificados, porque la única solución posible y verdadera, era realizar una revolución independentista y abolicionista.

Se deberán estudiar asimismo, la dialéctica de las contradicciones entre las tendencias anexionistas, reformistas e independentistas. Las primeras acabaron naufragando históricamente ya que, por definición, negaban la posibilidad de que Cuba fuera una nación y proyectaron su suerte a la incorporación del país a la unión norteamericana. Las segundas, trataron de promover una evolución política que nos trajera gradualmente la independencia y el sistema dominante en la metrópoli, no poseía la cultura necesaria para entender, ni mucho menos asumir, a los reformistas cubanos. En España no había tenido lugar una profunda revolución burguesa ni un ascenso del capitalismo que le permitiera comprender el significado de las ideas reformistas e insertarlas en su propio desarrollo. Un país que no gozaba de libertad no podía brindársela a otro. Los reformistas con sus sentimientos patrióticos y su enorme erudición no pudieron asumir la transformación que estaba por gestarse.

El análisis de tales contradicciones nos evoca el opúsculo que José Martí publicó con solo veinte años, titulado: “La república española ante la revolución cubana”. No aprendió la España del siglo xix las lecciones de los reveses que tuvo en Hispanoamérica, por el contrario, recrudeció en Cuba y Puerto Rico la ferocidad de su dominación colonial hasta que ocurrió lo que había advertido con gran sabiduría José Antonio Saco en 1852; o España concede a Cuba derechos políticos o Cuba se pierde para España y agregaba, que Dios nunca permita que cuando se quiera aplicar remedio a los graves males de Cuba, sea demasiado tarde; esta expresión es estremecedora si se tiene en cuenta que a última hora la metrópoli proclamó el régimen de autonomía.

En 1857, Saco continúa en Europa, ha estado enfermo varias veces y trabaja en la preparación de su famosa Colección de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos.

A su regreso a La Habana en 1860, se aloja en la casa de Miguel Aldama, donde le ofrecen un banquete al que asistió el propio Capitán General de la Isla, Francisco Serrano. En el 1861 regreso a París, después de más de siete meses de estancia en Cuba. Para 1864 José Luis Alfonso, le ofrece nuevamente el regreso a Cuba y un cargo de Consejero de Administración en La Habana; pero no lo acepta a pesar de sus penurias económicas.

En 1865, Eugenio María de Hostos, que se encuentra en Madrid, le pide consejos y su colaboración para fundar una revista.

Saco, asimismo, rechazó la petición del general Francisco Serrano, de que participara en la Junta de Información convocada para 1865; pero salió electo por 27 votos contra 18, por Santiago de Cuba, y finalmente decidió participar en la Junta después de las insistentes cartas que le enviaron los reformistas más destacados.

Llegó a Madrid cuando ya habían comenzado las deliberaciones de la Junta de Información, pero una vez allí tampoco asistió a las sesiones de la Junta, y le explico en una carta a Manuel Solórzano la razón por la que no se incorporó a esta: la inversión que el Gobierno español había hecho en el orden de los puntos a discutir, relegando el primer punto –el referente a la cuestión política– para el último. Formuló un voto particular contra las representaciones de las “provincias de ultramar” en las Cortes españolas y sostuvo la tesis de los Consejos Coloniales para que las cuestiones que atañen a Cuba sean reguladas por sus naturales. En el mes de abril de 1867 quedaba disuelta la Junta de Información. Expresó sus criterios contrarios a las concepciones autonomistas, en una carta que dirigió a La Época de Madrid.

Saco que todo lo sacrificó, y vivió en perpetuo destierro hasta el punto de considerarse sin patria, murió el 26 de septiembre de 1879, en una modesta casa en Barcelona, España.

El 23 de julio de 1880, se hizo la exhumación de su cadáver y se trajeron sus restos mortales para La Habana, en el vapor Ciudad de Cádiz, con el objetivo de dar cumplimiento a su disposición testamentaria en la que expresaba el deseo de tener su última morada en su patria.

El 20 de agosto se efectúo el entierro de sus restos en el Cementerio de Colón. El gobierno colonial y en particular el alcalde habanero, prohibieron los discursos de duelo. En su tumba estuvo ausente entonces el epitafio que había pedido: “Aquí yace José Antonio Saco, que no fue anexionista, porque fue más cubano que todos los anexionistas.”

Saco llevó a sus extremos el sentido realista de nuestro saber. Lo hizo con pasión, amor a Cuba y aunque estaba poseído por la noble aspiración patriótica, no pudo rebasar ni alcanzar el sueño utópico universal de la liberación del hombre. Recomiendo leer sus notas autobiográficas y la historia de su vida que hace Don Fernando Ortiz, para que se comprenda que la sabiduría de la mejor intelectualidad cubana está insertada en el drama social, económico y político que presidió el alzamiento de la nación el 10 de octubre de 1868. Su realismo se observa a lo largo de toda su obra, lo que viene a confirmar que la profunda cultura en el ilustre bayamés siempre se orienta en función de la economía y las necesidades materiales y sociales del país, vinculadas a las contingencias de la vida real. Quizás sea en Saco, por la forma en que adoptaron la contradicción entre lo social y lo cultural, donde con mayores matices se puede apreciar esta relación intelectual entre cubanía, cultura y política.

Hay otra clave en él que merece subrayarse, y fue su profundo sentido de lo jurídico que debió influir en su formación intelectual sin que este factor lo llevara a enredarse en criterios formalistas y legalistas sobre el Derecho. Siempre en esta materia hay que tomar en cuenta dos ángulos: lo formal y lo esencial, lo uno no existe sin lo otro. Lo esencial es el ideal de justicia. Él no se perdió en legalismos y se apoyo en la inmensa cultura de derecho de la modernidad de los siglos XVIII y XIX, pero esto no era suficiente para abarcar la aspiración del ideal de justicia.

Fue un cáustico analista de la realidad socioeconómica cubana. Pero para entender el problema clave de la esclavitud y en especial extraer consecuencias útiles al país, había que asumir una cosmovisión de la cultura y de la ética que no quedara limitada a objetivos o intereses exclusivos de la nación, pues ella tenía comprometido su destino en la lucha en favor de la liberación radical del hombre. Solo considerando que “patria es humanidad” y disponiéndonos a echar la suerte con los pobres de la tierra, se podía llegar a una conclusión adecuada con respecto al problema de la esclavitud en Cuba. Un problema universal como el sistema esclavista estaba planteado “en el crucero del mundo” donde las ambiciones de las poderosas potencias mundiales estaban al acecho con la intención de apoderarse de la Llave del Golfo. Este país, y Saco lo vio con claridad, se había convertido en un elemento de importancia singular en el entrelazamiento de los poderes de Occidente.

Antinegrero, rechazaba la esclavitud por su temperamento y cultura abolicionista. Opuesto a que se continuase con la trata; pensaba que el modo de superarla era ir imponiendo la emigración de blancos en calidad de asalariados o colonos, y de esta forma extinguirla gradualmente.

La fácil extracción de la riqueza producida por la mano de obra esclava, no permitió a España entender la modernidad europea, y se creó un vacío de gravísimas consecuencias para la Madre Patria; en la que no pudo forjarse un sistema liberal burgués hasta la segunda mitad del siglo XX. Desde la generación de 1898 hasta la república de la década del treinta estuvo vivo ese sueño en el seno de lo más alerta del pueblo español. La historia, traviesa, lo haría cuajar bajo la dirección de los sectores más conservadores, es decir, el caudillismo militar de tan larga tradición ibérica; parece que solo este podría lograrlo, al menos así sucedió. En Cuba, la cuestión resultó bien diferente porque nunca nació aquí una burguesía nacional debido a que:

  1. El sistema prevaleciente en España nunca pudo entender, dada su rancia política y cultura monárquica –que no se había liberado de la ideología más atrasada del Medioevo– a los reformistas cubanos, quienes, hipotéticamente, hubieran podido generar el núcleo portador de esa cultura burguesa nacional.
  2. Los sectores burgueses menos comprometidos con los intereses económicos españoles, menos dependientes de ellos y más ahogados económicamente, aislados e instalados sobre todo en la región oriental del país, optaron, a partir de 1868, por la solución radical de la contradicción social generada por la colonia y la esclavitud. Estos sectores –los más avanzados, en tanto herederos de la tradición abolicionista e independentista de Varela– se unieron a las masas oprimidas, por intermedio de un largo proceso que incluyó treinta años de guerras de liberación, para generar una cultura de carácter radicalmente popular.
  3. La intervención militar y política de Estados Unidos, y el posterior apoderamiento de Cuba por esta emergente potencia mundial, impidieron, para siempre, la posibilidad de que, con la independencia, naciera y se desarrollara una burguesía nacional capaz de expresar el auténtico ideal cubano.

José Antonio Saco representa el drama de las relaciones entrañables y a la vez antagónicas entre Cuba y España. Para él la solución política consistía en establecer un régimen liberal con la tutela de la metrópoli, pero esto nunca lo entendieron los gobernantes ibéricos. Las ideas liberales de Saco eran mucho más claras que las prevalecientes en la península ahogada como estaba por los intereses de su sistema despótico de dominación política, cuyo fundamento económico-social era la esclavitud de las colonias. Por todas estas razones dice Fernando Ortiz:

“Y llegó el siglo XX sin haberse formado ni en Cuba ni en España una fuerte burguesía propia y ambas naciones han seguido una paralela historia. Igualmente vacilantes en la ingenua puericia de sus democracias, pasa Cuba del imperio de la Esterlina al del Dólar y España sigue su debate contra las injerencias que en sus destinos quieren seguir imponiendo los intereses forasteros. Por todo esto, el tema de la esclavitud siempre mereció reflexión a los pensadores de Cuba y seguirá siendo indispensable estudio para conocer objetivamente nuestro desenvolvimiento histórico.”

Al leer las páginas autobiográficas que logró escribir y algunos de los textos de la Historia de la esclavitud, se me estruja el corazón porque se trata, como él mismo señaló, de un “patriota sin patria”. Paradójicamente el pueblo en armas le obsequió para la historia, una patria cuya naturaleza y forma de ser no pudo imaginar ni creer José Antonio Saco. Hoy lo tenemos con todo honor, como uno de nuestros grandes antecesores y podemos valorar mejor las consecuencias del hecho de no ser comprendido por los sectores políticos y sociales a los que quería servir de un modo honesto, sincero y patriótico.

Saco en su exaltación racional llegó a afirmar que dados los peligros que amenazaban a Cuba, una revolución solo podría ser útil si se garantizaba su victoria con la exactitud de una conclusión matemática; es decir aspiraba a una independencia tan gradualmente segura que solo podía concebirse en un laboratorio. Es difícil encontrar una expresión más exagerada del pensamiento racional; ninguna revolución se ha movido solo por conclusiones de este carácter. Los saltos en la historia se presentan con otra lógica. Las conclusiones que se derivan de los avances de las ciencias naturales y sociales confirman que tal racionalidad es rebasada por una “lógica” mucho más profunda. Sobre estas premisas no pudo creer en la nación que surgió en La Demajagua y Guáimaro. Él deseó una patria sin esclavitud, pero no llegó a comprender que la clave de la historia cubana del siglo xix, estaba dada por la articulación de dos grandes necesidades: la abolición radical de la esclavitud y la independencia del país, que solo era posible con la Revolución.

Los gérmenes burgueses que surgieron en el seno de una economía esclavista y de propiedad latifundaria no poseían fuerza para emerger como núcleo promotor y sostenedor de la nación, especialmente, por la resistencia feroz del sistema esclavista, la incultura de la metrópoli a que hemos hecho referencia, y la oposición de los enemigos externos que tenía la independencia del país. Nadie como José Antonio Saco representó esta tragedia que marcó el hilo y destino de sus ideas y de su vida cargada de cultura cubana y aspiración redentora, pero sin poder visualizar y asumir por las apuntadas limitaciones, la utopía universal del hombre que está en el núcleo central de la cubanía.

Ante tanta frustraciones, agotado en sus afanes de hallar vías de reformas que le abrieran paso a la libertad en el país y caminos estratégicos a favor de la independencia, tal como él las concebía y encontrando en el sistema esclavista la clave de las angustias de la patria, que eran las suyas, dedicó los últimos años de su vida a completar el estudio erudito de ese colosal fenómeno tal como nació y se desarrolló en la historia de diversas civilizaciones. En su saber profundo halló refugio y empleo útil a su inteligencia en La historia de la esclavitud, que resultó una obra con derecho a considerarse clásica en la materia y que no ha sido suficientemente conocida.

José Antonio Saco tiene nuestro reconocimiento porque es una de las piedras angulares de la cultura nacional cubana.

Cubadebate

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