Este testimonio comienza en El Jobo, un rincón intrincado del Segundo Frente Oriental Frank País García, en los parajes indómitos de la Sierra Maestra. Año 1958. En un tiempo en que la historia recorría la montaña con botas llenas de polvo y trajes de verde olivo.
Entre aquellos parajes, se erigía una humilde casita que cobijaba a una familia. A menudo la casa se llenaba de miradas furtivas, hombres del Ejército Rebelde que hablaban durante horas con el padre de familia (Cándido Betancourt Amelo), un campesino que operaba de forma encubierta en el Servicio de Inteligencia de la Columna No. 6 del Ejército Rebelde, y tenía la tarea de organizar a los campesinos de la zona.
Las reuniones, despertaban la curiosidad de los niños de la casa, quienes merodeaban y escuchaban a escondidas. Entre ellos, Iris Betancourt Téllez, una niña abispada, delgada y servicial, aprovechaba cada ocasión para infiltrarse en las charlas, utilizando el pretexto de llevar café.
“Como parte de un juego, mis hermanos y yo nos asignamos cada uno de los rebeldes presentes en la sala. Raúl era uno de ellos. Me cayó bien, aunque no lo escogí; simpaticé más con su chofer y uno de sus guardaespaldas. En ese tiempo, Raúl tenía el cabello largo atado en una coleta y llevaba una boina de color verde olivo. Era delgado y muy joven”.
Para entonces, Iris todavía no tenía edad para medir la estatura histórica de aquel hombre. Solo veía en él al muchacho delgado, con el pelo recogido atrás y aquella cola que le daba un aire más rebelde.
Niña al fin, solo veía en él un rostro amable entre los muchos rostros de la clandestinidad, alguien que pasaba por la casa, conversaba con los mayores y hacía que la vida, aún en medio de la dureza de los tiempos, pareciera más habitada.
“Yo siempre le cogía las tazas de café a mi mamá… me escabullía y entraba a la reunión ”, rememora Iris.
Entonces no sabía que esos pequeños gestos domésticos se convertirían en las primeras hebras de una relación que el tiempo volvería memorable.
Con los años, la niña creció, y también su comprensión. Ya no veía a Raúl como “uno más”, sino como una figura cuya presencia imponía respeto y como consecuencia, se retraía.
El reencuentro se produciría años más tarde, en Bayamo. Cuando ya Iris era una mujer hecha y derecha, con responsabilidades científicas y políticas. En ese entonces, asumía las funciones de delegada del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) en Granma y debía exponer un informe sobre el Proyecto de la Cuenca del Cauto.
Nerviosa, subió al podio para presentarlo, sin imaginar que él la reconocería de inmediato. Raúl comenzó a hablar de su padre, de su familia, del aprecio y admiración que sentía por su padre.
“Descubrí aspectos de mi padre que desconocía: era un hombre valiente y relató un episodio de la lucha contra los bandidos en el que estuvo a punto de perder la vida. Mi padre nunca antes había compartido esas historias. Todos nos sentimos conmovidos.
Raúl comentó: ‘Desde que te vi, te reconocí, pero no te ubicaba en Granma. Me resulta muy emocionante que aquella niña pequeña y delgada que conocí ahora sea una científica. Para mí, eso representa un símbolo’.
Al finalizar la reunión, me dirigía por el pasillo cuando me llamó: ‘Iris, ¿te vas sin darme un abrazo?’ Salió, me dio un abrazo y nos tomamos una foto juntos. Rosa Elena tuvo que consolarme porque comencé a llorar.
Luego, él salió nuevamente, esta vez acompañado de Almeida. Traía un pequeño reloj de mujer y me dijo: ‘He traído algunos presentes para los colegas, pero no sabía que te encontraría. Esto ha sido una gran sorpresa para mí. Tengo este reloj, no tiene ninguna inscripción, y quiero que te lo pongas, que no te lo quites jamás, y que lo guardes como un recuerdo de este día’.
Desde entonces la relación se volvió más fluida. Siempre que coincidían se interesaba por el estado de la familia.
Tras asumir Iris sus roles como Diputada y miembro del Consejo de Estado, aprendió a verlo en una dimensión más completa, como líder y como ser humano:
“Raúl es muy exigente, pero es muy fraternal, muy amigo… y muy cariñoso. Es muy preciso, enemigo de la divagación y de la mentira, pero también tiene un modo suyo de desarmar tensiones, con una broma o una observación inesperada. “Es alguien que sabe escuchar, se interesa por la familia, es muy observador y comunicativo. Yo lo quiero muchísimo”.
Con estas palabras, Iris expresa el profundo aprecio que despertó en ella el líder que, en su infancia, veía como uno más entre las montañas y que a lo largo del tiempo, tras valorar su importancia histórica y liderazgo, empezó a ver al ser humano forjado en la esencia del rigor, el humanismo y la atención a los pequeños detalles.




