
La historiadora Hedy Hermina Águila Zamora explicó a la Agencia Cubana de Noticias que, como parte de las acciones previstas para acelerar el derrumbe del régimen, se decidió paralizar el país mediante un paro armado; la señal de inicio se transmitió por emisoras de radio nacionales asaltadas por los combatientes clandestinos.
En Villa Clara, la respuesta fue contundente; Sagua la Grande llegó a ser dominada por completo por los rebeldes; en Santa Clara, el epicentro de la lucha se concentró en el barrio El Condado, una zona obrera de hombres humildes dispuestos a jugarse la vida.
Allí, al mando de Orestes de la Torre Morgado, conocido como Niñolo, un grupo de jóvenes trabajadores se lanzó a las calles con el propósito de paralizar la ciudad; Niñolo, vecino de la calle Nazareno, era trabajador del expreso de carga por carretera, tenía 27 años; no cayó aquel día, pero moriría poco después, el 26 de julio de 1959, en un accidente automovilístico, apenas siete meses después del triunfo.
Los que sí cayeron en los enfrentamientos directos fueron otros: Antonio Julián Aúcar Jiménez, de 27 años, mensajero de farmacia, fue abatido a tiros en la esquina de Pastora y Virtudes, murió desangrado; a su lado, o casi al mismo tiempo, cayó Héctor Tomás Martínez Valladares, tenía solo 17 años, era estudiante y trabajaba en oficios varios; ambos fueron alcanzados por las balas en esa misma intersección.
David Orestes Díaz Guadarrama, de 20 años, vendedor de boletines de los ómnibus Playa Azul, también perdió la vida combatiendo, vivía en Libertadores entre Real y A.
Pero la represión no se detuvo con los caídos en combate; esa misma tarde, la dictadura desató una ola de asesinatos por represalia; los hermanos Eneldo y Fabio Fuentes Moreira —de 32 y 21 años, respectivamente, estudiantes de la Escuela de Comercio de Santa Clara— fueron ejecutados; Eneldo era contador y trabajaba como almacenero en SC Motor, Fabio era radiotécnico.
Pedro Huergo Román, de 23 años, comerciante y dueño de un puesto de fritas en la esquina de Toscano y Central, también fue víctima de aquellas horas de terror; Juan Arcia Artiles, de 24 años, zapatero remendón, vecino de Nazareno 365, corrió la misma suerte; Mario Hurtado Rodríguez, apodado Mantecadito, de 29 años, jornalero, fue asesinado solo por tener amistad con algunos de los participantes en la huelga; y Eduardo García Hernández, Bayoya, boxeador de 27 años, vecino de la calle Zayas, fue encontrado días después, carbonizado, en la loma de los Guiros.
“Por primera vez los jóvenes salieron con el uniforme verde olivo a luchar en las calles”, recuerda Águila Zamora, “aunque la huelga no tuvo éxito en los objetivos propuestos, constituyó una gesta de imborrable heroísmo, en la que la población jugó un papel muy importante”.
Los vecinos del barrio El Condado no se quedaron de brazos cruzados; bloquearon las calles, esparcieron puntillas, vidrios y grampas para impedir el paso de los vehículos represores; cuando la huelga fue aplastada, muchos de ellos huyeron al Escambray para seguir combatiendo y no regresaron hasta el primero de enero de 1959.
La huelga, sin embargo, fue un fracaso táctico; las faltas de coordinación impidieron que el paro del transporte fuera unánime; al mediodía, la movilización comenzó a desinflarse.
En La Habana, Marcelo Salado, dirigente del Movimiento 26 de Julio, fue interceptado y masacrado en plena calle G y 25, ante los clientes de un garaje, pero la derrota, dijo Fidel Castro un año después, fue la más dura de todas porque nunca antes el pueblo había concebido tanta esperanza.
Cinco días después de la acción, el 14 de abril, Fidel habló a través de Radio Rebelde; aseguró que la sangre derramada no debilitaba a la Revolución, sino que la hacía más fuerte, más necesaria, más invencible.
“Cada compañero caído —expresó— despierta en sus hermanos de ideal un deseo irrepetible de dar también la vida”; dijo que la Sierra Maestra sería una fortaleza invencible y que los rebeldes mantenían el juramento de que la patria sería libre o morirían hasta el último combatiente.
El 3 de mayo de 1958, en la Sierra Maestra, Fidel convocó a los dirigentes del Movimiento 26 de Julio para analizar la huelga y coordinar los pasos siguientes; de aquella reunión surgió la estrategia que meses después daría al traste con la dictadura: la ofensiva final, la invasión de las columnas de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara hacia el centro del país, y la intensificación de la lucha clandestina.
Un año después, el 9 de abril de 1959, en el primer aniversario de la huelga, Fidel habló en La Habana, en La Alameda de Paula; recordó aquellas calles bajo el terror, los carros repletos de cadáveres, el minuto de escepticismo que sigue a las grandes derrotas; pero también recordó cómo el pueblo se sobrepuso.
“Hay dos clases de hombres”, dijo entonces, “los que permanecen firmes en las horas difíciles y los que se acobardan; dos clases de pueblos: los que creen en las horas difíciles y los que pierden la fe”.
Hoy, al cumplirse 68 años de aquella gesta, los nombres de aquellos nueve mártires —Antonio, Héctor, David, Eneldo, Fabio, Pedro, Juan, Mario, Eduardo— siguen vivos en la memoria del barrio El Condado y de toda Santa Clara. No lograron la huelga, pero ayudaron a hacer la Revolución, porque, como dijo Fidel, las victorias se logran a base de los hombres que caen para garantizar el porvenir de la patria.



