Llamas de la dignidad (II)

Para la mayoría de los historiadores después del combate de El Saladillo, en la cuenca del río El Salado, el 8 de enero de 1869, se selló la suerte de los habitantes de Bayamo; y tal pareciera que las fuerzas cubanas no realizaron nuevos intentos bélicos para contener la agrupación colonialista comandada por el general de división Blas de Villate, conde de Valmaseda.
Pintura que recrea la quema de Bayamo y el éxodo de la población, exhibida en la sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular

Esta manera simple de mirar la ofensiva española sobre Bayamo en los comienzos de 1869 deja al margen las nuevas estrategias del alto mando cubano para subsanar los errores tácticos-operativos del general Donato del Mármol y otras páginas de heroísmo para salvar la ciudad de Bayamo de la reconquista hispana.

Ese mismo día, por la noche, el general Mármol dispuso obstaculizar el camino de La Caridad a Cauto del Paso, derribando árboles y construyendo trincheras y quemar las chalanas de Cauto Embarcadero.

Desde las 7:00 de la noche, partidas de insurrectos, a cargo del coronel Pío Rosado, no cesaban de hostigar el campamento enemigo en La Caridad.

Una vez conocido el desastre en El Saladillo, Céspedes decidió partir para el campo de batalla, percibiendo la importancia de levantar la moral combativa de las tropas.

De aquella defensa dependía el futuro de Bayamo y sus habitantes.

Ordenó a Perucho Figueredo poner en función de la derrota del adversario  todas las reservas de municiones.

LOS COMBATES EN CAUTO DEL PASO

En las primeras horas de la mañana del 9 de enero llegaba a la margen derecha del Cauto la vanguardia de la poderosa columna hispana.  

Desde la otra orilla, recibió las descargas de los fusileros del general Mármol.

El conde de Valmaseda tenía ante sí dos obstáculos: el natural del río Cauto y las fuerzas patrióticas aún dispuestas a no permitirle el paso bajo ninguna circunstancia. Entonces ordenó cañonear las posiciones contrarias para tratar de desalojarlos.

A la vez exigía a los ingenieros la construcción de seguros parapetos y desde estas defensas construir chalanas y balsas rústicas para pasar el río Cauto.

Pero el fuego contrario impedía toda actividad a orillas del río.

Los hombres que intentaban bajar eran blanco fácil de los disparos, por lo que pronto desistieron de esta maniobra.

En horas del mediodía llegó Céspedes,  acompañado de Perucho Figueredo y Francisco Vicente Aguilera, con algunas municiones.

De igual manera hizo acto de presencia el general Luis Marcano Álvarez, procedente de Holguín, el que fue recibido con aclamación general.

Céspedes y Figueredo arengaron a las fuerzas para resistir hasta el último aliento.

El número de hombres que Mármol y Céspedes lograron reunir en Cauto del Paso sobrepasaban los dos mil; sin embargo, para desinformar al enemigo, desde sus trincheras gritaban a los contrarios: “Acaben de pasar el río patones, que aquí los esperamos seis mil defensores de la libertad, dispuestos a no dejar uno vivo.”

EL COMBATE DE CAUTO EMBARCADERO Y OTROS

Durante casi tres días se peleó en Cauto del Paso, sin que el enemigo pudiera lograr sus propósitos de doblegar a los defensores. Pero el día 10, el conde de Valmaseda logró comprar con oro al catalán Idelfonso Manuel de la Presilla, vecino de la cercana hacienda Las Espinas, quien garantizó que podría traer a la orilla derecha las barcazas de Cauto Embarcadero, siete kilómetros río abajo.

Por eso, en horas de la noche la columna hispana marchó en esa dirección, por toda la orilla derecha del torrente.

El movimiento, realizado en el más absoluto silencio y en la oscuridad, pasó desapercibido para los patriotas. De esta forma atravesaron las haciendas Tiguabos, La Cartuja, Surí y La Loma.

Frente a Cauto Embarcadero, en la orilla opuesta, se encontraban amarradas dos chalanas. Entonces Presilla y varios soldados de los batallones Cazadores de San Quintín y Voluntarios de Matanzas nadaron cautelosamente en trayectoria a ellas y lograron desprender una barcaza.

Pero sorprendidos  por los vigías del general Díaz sobrevino un tiroteo, que puso en alarma al resto de los patriotas.

Era una fuerza de unos 100 efectivos, que disparaban con precisión contra los españoles.

Entonces el Conde ordenó disparar con cuatro cañones desde La Loma.

Las explosiones de las  granadas incendiaron docenas de casas.

No obstante, los insurrectos resistieron con valor.

Los soldados españoles cruzaron a nado a la orilla izquierda y dominaron una gran franja ribereña, al tiempo que trasladaban las barcazas.

Las detonaciones de la artillería sorprendieron a Mármol en Cauto del Paso, perturbando el plan de defensa insurrecto. No era posible penetrar del todo la estratagema del enemigo.

De una parte, había que preservar Cauto del Paso y de la otra, acudir en ayuda del general Díaz.

La decisión fue que las fuerzas del coronel Pío Rosado fuesen a auxiliar Cauto Embarcadero, pero era muy difícil su organización.

Casi nadie quería vivir nuevamente el drama de El Saladillo, pelear frente a cañones vomitando metralla.

A la delantera marchó la caballería, con el capitán Antonio Maceo.

Poco después lo hicieron Mármol y Rosado con unos 150 infantes y 60 jinetes.

De aquellos hechos Carlos Manuel de Céspedes informaba unos días después a los agentes de la Revolución en el exterior: “… una traición inesperada, que aún no hemos podido averiguar, le facilitó el medio de pasar el río frente a Cauto Embarcadero.

Cuando nuestras fuerzas notaron sus movimientos, ya había pasado la mitad de la columna y no fue posible que pasase la otra porque el armamento de rifle que trae es superiorísimo al escaso que nuestro ejército tiene.”

El plan era evitar el cruce de toda la agrupación enemiga, por tanto, las acciones las dirigieron contra las que protegían el paso del río, es decir, contra los batallones Cazadores de Bailén y España.

La escasez de municiones obligó a algunos combatientes a establecer combate cuerpo a cuerpo. Pero en aquella zona de sabana, despejada, no se podía sostener un combate con ventajas, ante el predominio de la artillería enemiga.

El comandante Benjamín Ramírez Rondón escribió sobre esta última acción: “Tomando en cuenta nuestros jefes que era imposible detener el paso a Valmaseda, que mandaba una fuerte columna, provista de caballería y artillería, y que nuestras fuerzas habían concluido con todo el poco pertrecho que teníamos, nos retiramos hacia la ciudad de Bayamo una gran parte…”

A las 5:00 de la tarde, el conde de Valmaseda y su estado mayor cruzaron el río Cauto en una barcaza, seguidos de braceo por los voluntarios de España.

A los gritos de ¡Viva España! se adueñaron de Cauto Embarcadero.

En fin de cuentas se impuso la superioridad numérica y técnica de los colonialistas.

Asombrosamente, muchos hechos de estos cruciales días han sido tergiversados.

En primer lugar, toda la culpa se ha cargado contra el general Mármol, presentando su derrota en El Saladillo, como la total destrucción de sus tropas.

Se ha visto que no fue de esta manera y que hubo mucho derroche de bravura, de estoica resistencia en Cauto del Paso durante tres días, por donde nunca pudo pasar el enemigo.

Existe consenso de que Bayamo se defendió en los lugares que debía hacerse, en los caminos distantes, donde se pudieron preparar emboscadas y atrincheramientos.

Por eso, es justo reconocer que los patriotas pelearon con ardor entre el 8 y el 11 de enero de 1869.

TRIBULACIONES EN LOS POBLADORES DE BAYAMO

La condición abierta de la ciudad y sin fuertes fortificaciones, la ponía a merced de cualquier asedio con cañones.

Mantener y sostener una plaza sin sólidas defensas era difícil y riesgoso, y mucho más si se carecía de recursos bélicos.

El primer correo portador de la noticia del cruce de las huestes del conde de Valmaseda por Cauto Embarcadero y la falta de pertrechos para combatirlos nuevamente, entró a caballo a la ciudad de Bayamo a las 4:00 de la tarde.

Sus autoridades y pobladores quedaron muy preocupados y ansiosos, toda vez que faltaban los pertrechos militares ni se sabía de las nuevas maniobras que organizaría el general en jefe Carlos Manuel de Céspedes.

El general Perucho Figueredo solo contaba con una compañía, pero prácticamente sin municiones. A sus más cercanos colaboradores comentaba: “No tenemos fusiles ni balas para enfrentar nuevamente al enemigo.

No queda otro recurso que destruirlo todo por el fuego antes que padecer de nuevo el yugo ibero.”

Ante la inminente caída en manos del enemigo de la ciudad del Cauto, muchos de sus habitantes desde esa hora comenzaron a salir en coches, carretas y a pie rumbo a Holguín, Manzanillo, Guisa y diversas fincas rústicas.

En la noche, una comisión formada por los generales Bartolomé Masó y Donato del Mármol llegó hasta la finca Santa María del Rosario, dos kilómetros al norte de Bayamo, donde Carlos Manuel de Céspedes escribía órdenes a los generales Máximo Gómez, Julio Grave de Peralta y Vicente García para que acudieran prontamente hacia Bayamo con numerosas fuerzas y los pertrechos militares que tuvieran.

El máximo líder revolucionario, después de meditar profundamente, ordenó con gravedad: “Consulten al pueblo todo reunido allá, y que sea el pueblo el que decida esa resolución tan violenta… Y si este, con abnegación sublime, lo aprueba, ejecútese esa obra gloriosa, que ha de dar impulso a la revolución y convencimiento a España de que estamos dispuestos a toda prueba por el triunfo de nuestro ideal.”

Quizás por ello es que algunas fuentes cubanas y españolas señalan a Céspedes como el artífice de la quema de Bayamo.

El general mambí Enrique Collazo Tejeda en su libro Desde Yara hasta el Zanjón (1893) fue tajante al respecto: “…determinó la destrucción ordenando a sus pobladores le dieran fuego.”

En honor a la verdad, Céspedes sólo dio su consentimiento a una iniciativa que venía de los fervorosos corazones de Perucho Figueredo y Joaquín Acosta.

El general Francisco Vicente Aguilera, consultado al respecto, durante el asedio a Manzanillo,  manifestó: “Si esa es la voluntad del pueblo de Bayamo, destrúyase todo por el fuego, porque yo no tengo nada mientras no tenga Patria.”

EL ESPÍRITU PATRIÓTICO DE TODO UN PUEBLO

Por eso, la idea tajante de los generales Perucho Figueredo y Joaquín Acosta fue destruirlo todo por el fuego. Perucho Figueredo  convocó  a una reunión  en el salón principal del ayuntamiento municipal, acudiendo Masó, Jorge Carlos Milanés, Joaquín Acosta y Luis Fernández de Castro y los regidores, entre otros.

La voz de Figueredo fue alta y transparente: “No tenemos fusiles ni balas para enfrentar nuevamente al enemigo.

No queda otro camino que inmolarlo todo, absolutamente todo.”

El debate duraba ya una hora, sin que pudiera llegarse a un acuerdo definitivo. Ante aquella situación, resonó la voz imperativa de Joaquín Acosta: “¡Bayameses! Ante la desgracia que palpamos y los horrores que se avecinan, sólo hay una resolución: ¡Prendámosle fuego al pueblo!

¡Que las cenizas de nuestros hogares le digan al mundo de la firmeza de nuestra resolución de libertarnos de la tiranía de España!

¡Que arda la ciudad antes de someterla de nuevo al yugo del tirano!”

Nadie osó discutir la enérgica resolución.

El espíritu patriótico se impuso, consciente de que aquella respuesta de Bayamo sería la más atrevida y corajuda, digna de sus hijos, al conde de Valmaseda y al gobierno español en general.

En el libro Bayamo (1936) de la autoría de José Maceo Verdecia  se recogía el sentir de toda aquella bravía generación: “Y a ella se acogieron los patriotas sin detenerse ante nada.

Era el sacrificio, pero los que hacen pacto con la Muerte o con la Libertad, no le temen al sacrificio ni le huyen; lo provocan y a él van con los brazos abiertos.

Y al sacrificio fueron…”

LA AUDAZ DECISIÓN

A las 6:00 de la mañana del 12 de enero, la Plaza de la Revolución de Bayamo, la primera de Cuba, hervía de pueblo como en los días de su ocupación por los sublevados.

Enardecidos hablaron Perucho Figueredo,Joaquín Acosta, Ramón de Céspedes, entre otros.

Ellos ilustraron a los presentes la inminente llegada del enemigo a la ciudad y la necesidad de destruirla para evitar los saqueos, los atropellos y vejámenes, así como para que no la convirtiera en una plaza de operaciones.

Además, expusieron la urgencia de poner al resguardo del monte a las mujeres, los ancianos y los niños, posibles víctimas del reconocido asesino con galones.

El sacrificio fue aceptado por la mayoría de los bayameses.

En otros, por supuesto, se escucharon lamentaciones.

Las esposas de oficiales españoles quisieron comprar en oro el desistir de la idea. Iba a perderse una ciudad preciosa, en crecimiento, de unos diez mil habitantes y unos mil 200 hogares.

Todo sería cambiado de un pestañazo por el hambre y la intemperie.

En su Autobiografía (1914) Candelaria Figueredo Vázquez expuso algunas de las causas principales del incendio:  “…viendo los bayameses que les era imposible defenderla, tanto por falta de armas y pertrechos, como por la posición de la ciudad, abierta a todos los ataques, determinaron quemarla antes de entregarla a los tiranos y tuvimos todas las familias que irnos al campo.”

En medio de la algarabía general, el brigadier Pedro Manuel Maceo Infante,  padre de Francisco Maceo Osorio y Pedro Maceo Chamorro, vibrante de patriotismo, prendió fuego a su casa y botica, situadas en el lateral norte de la Plaza de la Revolución.

El general Figueredo prendió fuego a su mansión, a la vista de la Iglesia Parroquial Mayor.

El general Donato del Mármol azuzó los tizones contra su antigua casa, la de su madre.

Para que prendiera bien en las maderas quitaba las tejas criollas.

Los enfermos y los inválidos fueron montados a caballo y cargados en hamacas.

El dramatismo y las escenas pasmosas del incendio las narró el patriota y poeta José María Izaguirre: “¡Oh, de cuántas y cuán dolorosas escenas fuimos testigos en aquellas de suprema desesperación, y de cuánta fortaleza de espíritu fue necesario revestirse, para hacerle frente sin conmoverse!

Mujeres corriendo en todas direcciones, con el cabello suelto y el terror pintado en el semblante, el aire resonando con el agudo grito de los niños, que seguían a sus madres, agarradas de las faldas de sus vestidos…”

“Los hombres llevaban  en una mano lo que a toda prisa habían logrado reunir de lo más valioso y ayudando con la otra  en su fuga a su esposa e hijos”.

Izaguirre pintó cuadros muy punzantes: “Por todas partes gritos y lamentaciones, una maldiciendo a los españoles, otra censurando a los patriotas porque no impidieron la aproximación del enemigo…”

El comandante Benjamín Ramírez describía tiempo después las principales preocupaciones de los insurrectos en esos trágicos instantes: “En virtud del incendio y de la aproximación de las fuerzas de Valmaseda fue evacuada la ciudad por todos sus habitantes, resultando de esto un gran desconcierto, pues todo lo que atendimos, en primer lugar, fue a salvar nuestras familias, escondiéndolas en las montañas, a fin de que no fuesen presas de las tropas enemigas.”

El conde de Valmaseda, aún con parte de las fuerzas en Cauto Embarcadero, no creía las noticias de que Bayamo ardía por los cuatros costados. Iba en pos de una decisiva victoria política y militar y el deseo de descansar en una de las acogedoras mansiones bayamesas. Pero sus sueños fueron devorados por las llamas del patriotismo, la intransigencia y la dignidad de los bayameses.

La Demajagua

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