En la historia de la que nació el triunfo de enero de 1959, Celia Sánchez Manduley es brújula que orientó el protagonismo y la rebeldía de Manzanillo en apoyo a los insurgentes rebeldes. La combatiente organizó con visión estratégica el trabajo de respaldo a los barbudos de la Sierra Maestra. Más que el primer refuerzo al Ejército con hombres, armas, medicamentos, dinero, envió el aliento de quienes quedaron en la clandestinidad, en la retaguardia, para sostener a los valientes de la primera trinchera.
Manzanillo fue origen y refugio de hazañas ganadas con la táctica de su pensamiento, con el que acopió adeptos a la causa del Movimiento 26 de Julio. Así, campesinos, obreros, pueblo común de los llanos, fueron útiles a la gesta emancipadora previo y después al desembarco del Granma; y Esther de los Desamparados, nombre que le diera su padre, se transformó en Norma, Lilian, Aly, Carmen, Caridad, para ocultar el rastro ante el ejército batistiano.
Silencio, cautela, originalidad marcaron su accionar, provisto de una convicción casi innata, porque la bebió de las enseñanzas primeras del médico y padre, del mentor político que incentivó en ella las más genuinas ansias de justicia y equidad. Las travesuras de la infancia se convirtieron luego en artilugios para el combate, en la mejor estratagema para escabullirse en las narices de los guardias, y cumplir a cabalidad la misión que anidó en su conciencia cívica y afiliación martiana: la utilidad de la virtud al servicio de la Patria.
La niña que leía La Edad de Oro y junto a papá viajó a la raíz en visitas a escenarios como Dos Ríos y San Lorenzo; la joven que ascendió al pico más alto para llevar a la cúspide del Turquino la mirada guía del Apóstol de la independencia cubana, se tornó en la primera mujer en formar las filas combatientes del Ejército Rebelde, en la propulsora de la fibra más sensible de la Revolución.
Desde el triunfo y hasta el último aliento veló por la salvaguarda de la memoria histórica, a la par que cuidó de los más pobres con la sutileza y austeridad que le caracterizaron. Junto al hombre más sencillo acentuó su naturalidad, y ungió con el sentido del deber y amor único a la obra revolucionaria que precisará siempre de su entereza.
Honestidad, modestia, disciplina, responsabilidad, lealtad, son el legado y ejemplo para los manzanilleros y cubanos que hoy habitan la sociedad por la cual tuvo desvelos y consagración perpetua.
Los ideales, vocación de servicio y espíritu humanista de Celia constituyen la imagen a reflejar con exigencia en los servicios clínicos y sanitarios del hospital que en la ciudad del Golfo de Guacanayabo lleva su nombre. Son realzar sensibilidad versus indiferencia, respeto a la dignidad y la calidad de vida del paciente independientemente de las limitaciones materiales, acto de amor y compromiso con la vida versus profesión u oficio.
Formarse en las aulas que le honran ha de ser sentido de responsabilidad social, competencia profesional para aprender y enseñar con rigor, investigar, cuestionar, formular soluciones que desde el ejercicio clínico ayuden a manifestar la ética de Celia y de la Revolución cubana para encauzar alegrías, salubridad y decoro.
Ascender la escalinata que la reverencia en Manzanillo, es apreciar en sentido metafórico la fragilidad y firmeza de quien transitó caminos de sacrificios y entrega sin límites para alcanzar el alma de la nación y la libertad de su pueblo.
A 46 años de su muerte, pensar en Celia es recordar a la apasionada mujer que albergó en sí las cualidades de lo justo. Es enfatizar el compromiso de las presentes generaciones de cubanos de permanecer fieles a la esperanza y al deber, bajo el principio de ser creadores como Celia, como definiera Armando Hart Dávalos en las palabras de su sepelio: “para construir, para hacer una obra de beneficio colectivo, para dejar una huella duradera en la historia; para dar un paso de progreso y de felicidad para el pueblo”.




