Este 11 de enero, al cumplirse 46 años de su partida física, Celia palpita tan tangible como la tierra húmeda de la Sierra Maestra. Nacida en Media Luna, Oriente, en 1920, hija de un médico con ideas liberales, Celia no fue una revolucionaria de salón. Cuando el golpe de Estado de Batista en 1952 cerró los caminos cívicos, ella ya había elegido el suyo: el de la acción clandestina.
Su leyenda, tejida de modestia y eficacia absoluta, comenzó a forjarse en los días más críticos. Tras el desembarco del Granma en 1956, cuando la revolución parecía un puñado de hombres exhaustos acorralados por el ejército, fue Celia, siguiendo las orientaciones de Frank País, quien tejió la red de campesinos que se convertiría en el sistema nervioso de la supervivencia. Ella era el enlace, la proveedora, la mensajera que conectaba la montaña con el llano.
En febrero de 1957, con la guerrilla al borde de la extinción y el régimen proclamando la muerte de Fidel Castro, Celia emprendió una misión que cambiaría el curso de la guerra: guiar al periodista del New York Times, Herbert Matthews, hasta la comandancia.
Aquella caminata no era solo un acto logístico; era un acto de fe estratégica. La entrevista que surgió de ese encuentro hizo trizas la propaganda batistiana y mostró al mundo que en las montañas de Cuba ardía una llama viva.
Celia no fue solo la mensajera. El 28 de mayo de 1957, integrando el pelotón de la Comandancia, empuñó un arma y combatió en la toma del cuartel de El Uvero. Con ese acto, se convirtió en la primera mujer soldado combatiente del Ejército Rebelde, desafiando todo prejuicio.
Su valentía no quedó ahí. Fue clave en la creación del Batallón Femenino “Mariana Grajales”, demostrando que la lucha por la liberación también se escribía en femenino.
En la Comandancia, su papel se volvió central. Por sus manos pasaba toda la comunicación, todas las órdenes de Fidel. Era la asistente, la organizadora, la confidente. Tan vital fue su labor que, en una carta de la Sierra a Frank País, se sentenció: “Cuando se escriba la historia de esta etapa revolucionaria, en la portada tendrán que aparecer dos nombres: David (Frank País) y Norma (Celia Sánchez)”.
Con el triunfo de 1959, cuando otros buscaban los reflectores, Celia siguió trabajando desde la esencialidad. Diputada, Secretaria del Consejo de Estado, miembro del Comité Central del Partido, su labor se multiplicó en obras concretas: el Parque Lenin, el apoyo a las familias serranas, la preservación meticulosa de la memoria histórica de la guerrilla. Se dedicó a construir, a sanar, a recordar.
Celia Sánchez no fue un adorno en la Revolución; fue su columna vertebral en los momentos más frágiles. La llamaron “La flor autóctona de la Revolución”, y la metáfora es perfecta: surgida de la tierra más profunda de Cuba, resistente, vital y necesaria. Hoy, su ejemplo inspira y nos recuerda, que las revoluciones las hacen aquellos que trabajan sin descanso para que la semilla germine, aun desde el silencio más fecundo.




